Atada al magnate Cruel

Capítulo 01

“Tambien es mío”

Ziare

Abrí los ojos con dificultad.

Durante unos segundos no pude distinguir dónde me encontraba. Tenía la vista borrosa y la cabeza aturdida. Intenté moverme, pero un fuerte dolor me atravesó el vientre.

El lamento que escapó de mis labios apenas fue audible mientras llevaba una mano al abdomen, tratando de recuperar el aire.

El sol me quemaba la piel. Las moscas revoloteaban sobre mí, los insectos me picaban y el olor a basura podrida era tan intenso que la bilis me subía a la garganta.

Con la respiración entrecortada, giré lentamente el rostro y miré a mi alrededor.

Montañas de desperdicios competían en altura y podredumbre. Bolsas rotas, cartones húmedos, vidrios y restos de comida cubrían el suelo. A pocos metros, un perro muerto era devorado por los buitres.

Las aves negras percibieron mi movimiento y volvieron sus cabezas hacia mí. Por un instante, sentí que me advertían que yo sería la próxima.

No había casas, ni personas, ni una sola señal de que alguien pudiera ayudarme.

Estaba tirada en medio de un basurero, vestida con una bata blanca llena de sangre, descalza y con los labios secos.

El corazón comenzó a golpearme el pecho con fuerza. No sabía cómo había llegado allí. No recordaba nada. Solo tenía imágenes confusas que aparecían y desaparecían en mi memoria: dolor, gritos, una habitación y, después, oscuridad.

Intenté incorporarme apoyándome en los codos, pero una nueva oleada de dolor me obligó a detenerme. Apreté los dientes y cerré los ojos, esperando que pasara.

Entonces, el recuerdo apareció de golpe y todo el miedo que había sentido hasta Muriel ese momento quedó reducido a una sola cosa.

Mi bebé.

Mis ojos se abrieron con desconcierto. Llevé una mano temblorosa al vientre y sentí el vacío que había quedado después del parto.

Bajé la mirada hacia mis piernas. La sangre seca sobre mi piel confirmó aquello que mi mente todavía se resistía a aceptar.

Había dado a luz.

Había tenido a mi hijo. Pero no estaba conmigo.

—Mi bebé... —susurré.

Las lágrimas comenzaron a deslizarse por mis mejillas mientras buscaba desesperadamente a mi alrededor. No veía nada, solo basura.

Volví a intentar levantarme, pero mis piernas temblaron bajo mi peso. Caí de rodillas y tuve que apoyarme en un hierro para no desplomarme.

Ni siquiera sentí el corte que me provocó un pedazo de metal oxidado en la palma de la mano.

Sintiendo el dolor en cada centímetro de mi piel, aparté bolsas, cartones y desperdicios con desesperación.

Grité. Un grito desesperado de una madre que sabe que trajo a un bebé al mundo, pero que no sabe dónde está.

—¿Dónde está mi hijo? —pregunté, aunque no había nadie allí para responderme.

El silencio fue la única respuesta.

Sentí que algo se rompía dentro de mí.

No entendía cómo había terminado en aquel lugar, pero tenía la certeza de que las personas que me habían arrojado allí lo hicieron para que muriera.

Y lo peor era que sabía quién era el responsable de mi desgracia: Elian Kiróv, el padre de mi hijo.

Conseguí avanzar unos pasos antes de sentir cómo la sangre bajaba por mi entrepierna. Los vidrios me cortaban los pies y el chillido áspero de los buitres me recordaba que sería su siguiente comida. Pero nada se comparaba con el dolor que sentía en el alma.

Quería seguir avanzando, salir de allí, pero mi cuerpo cedió. Mi mente cedió antes que mi cuerpo y todo volvió a la oscuridad.

——

Cuando volví a abrir los ojos, fue diferente, pero igual de aterrador. Estaba tirada en la parte trasera de un camión que transportaba cerdos. No sabía qué olor era más desagradable.

Dos hombres discutían sobre qué iban a hacer conmigo.

—¿Por qué no la dejaste en el basurero? Si se muere aquí, iremos a la cárcel.

—Esa mujer necesita ayuda. Parece que dio a luz o tuvo un aborto.

—No es asunto nuestro. Tenemos que deshacernos de ella. Lo antes posible.

El más gordo de los dos se frotó la frente. Era evidente que se debatía entre ayudarme o dejarme tirada. Y yo, en ese momento, lo único que quería era llegar a la ciudad para poder ir a buscar a mi hijo.

—La voy a dejar cerca del hospital más cercano.

—Haz lo que quieras, pero te lo advierto: no iré a prisión por tu culpa.

¡Dios, gracias!

El camión se puso en marcha. Aunque los cerdos me apretujaban y algunos apoyaban sus patas sobre mí, tenía esperanza.

Después de un trayecto que pareció una eternidad, llegamos a la ciudad.

Cuando iba a bajarme, reaccioné.

—Gracias.

Vi sorpresa en sus ojos, pero también había algo más: conmoción.

—Lo siento, no puedo hacer más por usted —dijo, inclinando la cabeza—. La ayudo a bajar.

—Sí, sí puedes.

Me miró con cautela.

—¿Me puedes dejar más adelante? Por favor —supliqué, y las lágrimas mojaron mis mejillas.

Muy a su pesar y con temor, aceptó llevarme. No me dejó donde le había pedido, pero al menos me dejó más cerca.

Me obligué a seguir adelante, aunque cada paso me provocaba un dolor insoportable. Aun así, no desistí.

El cielo se tiñó de negro y las primeras gotas de agua empezaron a caer. La lluvia me empapó en cuestión de segundos. La brisa soplaba con fuerza y los relámpagos iluminaban el camino de vez en cuando. Nadie me ofreció ayuda. No me importó.

Hasta que, al fin, llegué a la mansión Kiróv. Me acerqué al enorme portal y comencé a tocar el timbre con insistencia.

El personal de seguridad se negó a abrir. Sabían quién era yo y tenían órdenes de no dejarme entrar.

—¡Abran! —grité con el poco aliento que me quedaba.

Agarré los barrotes y comencé a sacudirlos con fuerza.

—¡Quiero ver a mi hijo!

Nadie respondió.

—¡Por favor! ¡Solo déjenme entrar!

Mi voz se quebró. Grité, supliqué y volví a golpear los barrotes, sin importarme la lluvia que corría por mi rostro ni el dolor que se extendía por todo mi cuerpo.




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