Atada al magnate Cruel

Capítulo 02

“Mi hijo en sus manos”

Clavé las uñas en las palmas de las manos, intentando contener todo lo que estaba sintiendo. Por más que me esforzaba en aparentar fortaleza, Elián siempre encontraba la manera de derribar mis defensas y hacerme sentir vulnerable.

—Eso no te da derecho a apartarme de él. Soy su madre, me necesita.

—Eso lo decido yo.

Cerré los ojos un instante y llevé una mano al vientre. El dolor era insoportable. Creí que la hemorragia había cesado, pero de pronto la sangre volvió a brotar, mezclándose con el agua que empapaba mi bata hasta teñirla de rojo. Las gotas cayeron sobre el mármol, formando un charco a mis pies.

Elián bajó la vista. Durante un segundo contempló la sangre que se extendía por el suelo, pero su expresión no cambió.

Mis piernas cedieron antes de que pudiera sostenerme y caí.

—¡Joder! Que alguien se encargue de ella. Está ensuciando el mármol.

Su voz llegó hasta mí como un eco distante. Escuché sus pasos alejándose, indiferentes a mi estado, mientras yo luchaba por mantener los ojos abiertos.

Después, todo se volvió oscuridad.

Cuando volví a despertar, reconocí el lugar de inmediato. Conocía cada grieta de las paredes, la hora en que la luz del sol se filtraba por la pequeña ventana y hasta los agujeros del suelo. Había pasado allí la mayor parte de mi embarazo, encerrada como un animal, en el sótano de la mansión Kiróv.

Intenté incorporarme, pero un mareo me obligó a recostarme de nuevo. Estaba acostada en la pequeña cama, con un suero conectado a una vena del brazo y una cadena asegurada alrededor de uno de mis tobillos.

—Señorita Ziare, ¡qué bueno que ya despertó! —exclamó Any, acercándose a la cama con una expresión de alivio—. Estaba ardiendo en fiebre. Por suerte, el doctor logró bajársela un poco, pero todavía se encuentra delicada. Voy a avisarle al señor.

Any era una jovencita de dieciséis años, nieta del ama de llaves. Se encargaba de traerme la comida y los medicamentos que el doctor me recetaba durante el embarazo. Era la única que me regalaba una sonrisa.

—Espera, Any —le pedí, sujetándola suavemente de la muñeca—. ¿Cómo está mi bebé? ¿Quién lo cuida? ¿Está sano?

La preocupación me apretó el pecho. Necesitaba saber que estaba bien. Ni siquiera había tenido la oportunidad de sostenerlo entre mis brazos.

Any abrió la boca para responder, pero una voz masculina la interrumpió desde la entrada.

—Vuelve a la cocina.

Ella se sobresaltó y bajó la cabeza de inmediato.

—Sí, señor.

Me quedé observándola mientras abandonaba la habitación con pasos apresurados. Elián entró y cerró la puerta tras él.

Su presencia bastó para que me tensara. Sentí un nudo en el estómago y apreté los dedos contra la sábana. Odiaba que pudiera hacerme sentir así, pero lo peor era saber que él lo notaba.

Se detuvo junto a la cama.

—No estás en condiciones de ver a Liam.

Fruncí el ceño, confundida. Mi hijo iba a llevar otro nombre, pero no tenía sentido discutir por eso en aquel momento.

—Elián, mi bebé acaba de nacer. Ni siquiera he podido cargarlo. Lo vi durante unos segundos y después… —La voz se me quebró al recordar aquel instante—. Necesito tenerlo entre mis brazos. Por favor.

—Estoy evitando que lo contagies de alguna enfermedad.

Me recorrió de arriba abajo con una expresión de repugnancia. No necesitaba un espejo para saber el aspecto que tenía. Mi cuerpo estaba cubierto de picaduras y cortaduras, y la fiebre me había dejado debilitada.

—Pero es mi hijo —murmuré, aferrándome a la sábana—. No puedes mantenerme alejada de él.

Elián no respondió. Se acercó hasta quedar junto a mí y tuve que contener el impulso de apartarme.

—Déjame verlo, por favor. No te estoy pidiendo nada más.

Su mandíbula se endureció.

—No lo voy a traer a este lugar.

—Entonces llévame con él. Puedo…

—He dicho que no.

Me callé de golpe. Elián tenía la capacidad de hacerme sentir que cualquier palabra podía volverse en mi contra.

Se inclinó. Su rostro quedó tan cerca que pude sentir su respiración antes de escuchar el susurro áspero que me heló la sangre.

—Te lo advierto, Ziare. Si no me obedeces, no volverás a ver a mi hijo.

Sentí que el corazón me daba un vuelco.

Quise responderle, gritarle que Liam también era mío, que no tenía derecho a utilizarlo para someterme. Sin embargo, el miedo me cerró la garganta.

Él se alejó sin esperar una respuesta. Lo vi dirigirse hacia la puerta con la misma indiferencia de siempre.

—Elián… —lo llamé, casi en un susurro.

Se detuvo, pero no se volvió.

Tragué saliva. Tenía tantas cosas que decirle, tantas preguntas que hacerle, pero solo una consiguió abrirse paso entre el miedo y la desesperación.

—¿Puedo saber al menos si está bien?

Elián guardó silencio durante unos segundos.

—Mientras hagas lo que te digo, no tendrás que preocuparte por él.

La puerta se cerró con un golpe seco.

Bajé la vista hacia la cadena que sujetaba mi tobillo.

Había sobrevivido al encierro, al miedo y a un parto que casi me costó la vida. Sin embargo, ahora Elián tenía algo mucho más valioso que mi libertad entre sus manos.

Tenía a mi hijo.

Y yo no sabía hasta dónde sería capaz de llegar para recuperarlo.

No habían pasado ni cinco minutos cuando Elián volvió a entrar acompañado del doctor.

Esta vez su expresión era distinta. Había una preocupación que nunca antes había visto en él, y eso me desconcertó.

—¿Puede dejarme ver sus pechos? —me preguntó el doctor.

Sentí que el calor me subía hasta las mejillas.

—Haga lo que tenga que hacer, doctor —respondió Elián con impaciencia.

Me sentí avergonzada, pero accedí y dejé mis pechos al descubierto.

El doctor me examinó con suma delicadeza, palpando con cuidado mientras yo permanecía rígida, aferrada a la sábana.




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