Era otoño. Las hojas caían una a una, rendidas e inertes. Las que tocaban el pavimento eran levantadas alegremente por el viento con cada pisada. Era una de las razones por las que Betsy amaba el otoño. El hospital se cubría de hojas, y siempre le había parecido gracioso que los árboles quedaran desnudos. No podía evitar imaginarlos completamente avergonzados, intentando cubrirse con sus propias ramas. Sonrió ante aquel pensamiento.
Entró al hospital, marcó su ingreso y saludó a Rita, la recepcionista de turno.
—¿Qué tal estuvo el yoga ayer, Rita? —inquirió sonriente—. ¿Tu hijo ya ha dejado de gruñir cada vez que van?
—Por lo visto ya se está acostumbrando a las posturas y se ha resignado a que lo obligaré a seguir yendo. Esa panza cervecera no va a esfumarse sola.
Betsy negó, divertida. Rita era una mujer de unos cincuenta años que tenía mucha más energía que dos muchachitas en plena flor de la juventud. Iba al gimnasio, hacía yoga, baile, recorría triatlones y aún seguía velando por sus tres hijos, a pesar de que ellos ya eran adultos e independientes. El mayor de todos era con el que más dificultades tenía, pero él siempre cedía a los pedidos —a veces caprichos— de su madre.
—Dale un poco de aire, Rita.
—Lo haré cuando deje de holgazanear y baje aunque sea dos kilos. Que tenga un buen trabajo en el que solo tenga que estar en la computadora, no significa que tenga que ser un sedentario —se quejó.
Betsy prefirió dejar la conversación hasta allí cuando notó que la recepcionista comenzaba a exaltarse por la furia que le provocaba su hijo.
Se dirigió a los vestidores, abrió su casillero y se puso su uniforme. Después de mirarse al espejo y sonreír satisfecha, salió hacia el pasillo.
El día estaba hermoso. Se habría atrevido a decir que era el mejor que había visto en mucho tiempo. Un cielo despejado, sol radiante y una brisa que hacía que las hojas cálidas bailaran en el aire. Estaba tan ensimismada en el paisaje, que tropezó accidentalmente con alguien.
—Oh, disculpe, estaba distraída —se excusó, apenada.
Algo resbaló de las manos de la persona con la que había chocado, pero Betsy lo sujetó antes de que cayera. Al alzar la mirada, se dio cuenta de que se trataba de una mujer embarazada, con un enorme vientre abultado. Miró lo que había atajado y lo levantó al notar que era un pequeño abrigo tan azul como el cielo que había estado admirando. Las pequeñas agujas de tejer y la enorme bola de hilo aún estaban prendidas al suéter. Observó el tejido y quedó maravillada, pues era tan diminuto que le resultaba adorable.
—¡Oh! ¡Qué ternurita! —exclamó, mirando a la madre.
La mujer, de cabello castaño y sonrisa cálida, sonrió avergonzada.
—¿Eso cree? He estado tan preocupada porque se vea terrible —rascó su cabeza, nerviosa.
—Está precioso. Se nota que ha puesto todo su corazón en él —dijo, mirando el pequeño abrigo, conmovida—. ¡Es una completa belleza!
—Quería terminarlo antes del parto, pero no sabía si podría estar listo para entonces. Siento que mi vientre explotará en cualquier momento —bromeó.
—¿Tiene fecha programada?
—Treinta de junio.
—Eso será en una semana.
—¡Así es! Esperaba poder haber terminado el suéter para ese entonces… —murmuró, viendo con pesar lo que tenía tejido hasta el momento.
Betsy sonrió.
—Entonces tiene mucho trabajo que hacer.
—O mi esposo podría seguirlo —repuso la mujer—. Ambos hemos estado tejiéndolo.
—¡Awww! ¡Eso es encantador!
—¡Lo es! Por eso, si ve estas franjas torcidas…
—Ajá…
—Notará que esas son las mías. Las bien hechas, son las de mi esposo —señaló.Betsy soltó una carcajada y la mujer sonrió con ella, con los ojos brillando de emoción—. Estoy intentando mejorar porque quiero ser quien termine el suéter.
—Estoy segura de que a su hijo le encantará cuando crezca.
—¿Usted cree? —inquirió la mujer. Sus ojos parecían destellar de ilusión contenida—. Me gustaría que también lo use mi primer nieto…, el que le siga y el que siga después de ese —dijo, acariciando las costuras, ensimismada.
Betsy sonrió, conmovida ante aquella mirada llena de amor profundo.
—¿Tiene usted hijos, señorita?
La sonrisa de Betsy se desvaneció ante la pregunta, pero logró recomponerse y se mostró gentil.
—Bueno…
—Oh, comprendo. Creo que hice una pregunta bastante íntima —comentó la mujer, avergonzada.
—No, no. Nada de eso —la enfermera sacudió sus manos, nerviosa—. Es un tema que mi esposo y yo aún no hemos tocado.
—¿Entonces sí está casada? —preguntó la mujer.Betsy asintió, sonriente—. Entiendo que sea un tema tan difícil. Mi esposo y yo… también tenemos nuestros desacuerdos —agachó la mirada, sonriendo con cierta inquietud—. Él… no ha estado bien esos días. Es paciente aquí.
A Betsy se le oprimió el corazón.
Sonrió a boca cerrada, en un gesto de compañía y apoyo.
—Comprendo.
Ser familiar de alguien que ya no tenía esperanza era desolador, pero lo era aún más cuando esa persona era con quien se había decidido compartir toda una vida… y con quien también se había creado otra.
Aquel bebé.
Dueño de ese pequeño abrigo.
Sin embargo, la mujer no parecía devastada y mucho menos desesperanzada. Sus ojos seguían brillando con amor, dulzura y confianza, como si aquel lugar fuese pediatría y no la zona de cuidados paliativos.
—A veces es difícil lidiar con ellos —dijo, relajada—. Pero supongo que el amor todo lo puede al final del día.
—Eres bastante romántica —comentó Betsy, con una sonrisa cálida.
—Porque mi esposo no lo es en absoluto, debe haber un equilibrio en la relación —repuso, haciéndola reír—. Me llamo Dorothy, por cierto.
—Un gusto, Dorothy. Soy Betsabé. Pero puedes decirme Betsy —sonrió—. Cualquier cosa que necesites, no dudes en decírmelo.
—¿Un curso de tejer? —inquirió, se carcajeó al ver el rostro estupefacto de Betsy—. Es una broma. Bueno, debo irme. Le dije que iba al baño, así que debe estar preocupado.
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Editado: 15.04.2026