Atado a ti

Capítulo 16: Rosas del pasado, sombras del presente

Iván

Los encontré sentados en recepción y los invité a seguirme. El pequeño se acercó a mí y tomó mi mano de camino al estacionamiento, en un gesto espontáneo. No podría describir con las palabras correctas lo que sentí. Una mezcla de calidez y familiaridad que no sabía que necesitaba. Esa simple acción no solo me tomó por sorpresa a mí, sino también a su nana. Cuando llegamos al coche, lo senté en uno de los asientos traseros, quedándome embobado, admirando sus ojos iluminados por una sonrisa. Sonreí como idiota mientras le abrochaba el cinturón de seguridad y revolqué un poco su cabello negro y lacio.

Momentos con mi padre inundaron mi mente, tiempos en los que era feliz y los tenía a los dos. No me agradaba volver allí, volver siempre era sinónimo de dolor. Carraspeé, saliendo de mi trance.

—¿Viven aquí?

—Soy nuevo aquí. Mi casa es muy grande, y bonita. Aunque no tan grande como la casa del abuelo en París.

Él hacía gestos con las manos, queriendo enfatizar cuan espacioso era su departamento. La señora sonrió ante la comparación.

—Sí, señor. Nos mudamos hace muy poco a la ciudad —contestó ella mientras me sentaba detrás del volante y prendía el motor.

Recordé a la señora que se presentó como Lorie del día en que nos encontramos por primera vez y, al igual que en aquel entonces, no dejaba de mirarnos al niño y a mí, como si intentara resolver un acertijo.

Accedí a jugar con el muchacho porque no tenía nada más interesante que hacer aparte de encerrarme en el laboratorio. Era bueno despreocuparme de los problemas por un rato, sobre todo, del futuro de Bespoke Fragance. A pesar de que este comportamiento en mí, no dejaba de parecerme extraño.

Platicamos muy poco durante el trayecto. Central Park estaba bastante cerca y no había mucho tráfico. Al niño le llamó la atención el cambio de ambiente que existía entre Upper East y Central Park. La mujer, en cambio, estaba fascinada porque, según dijo, era la primera vez que visitaba una ciudad diferente a las típicas francesas.

El pequeño pasajero iba más que listo para una buena partida. Me tendió la bola en cuanto pisamos el terreno, y yo ni siquiera estaba seguro de si recordaría cómo agarrar una pelota de béisbol. Pero como dicen por ahí, lo que bien se aprende no se olvida.

Hablamos de técnicas mientras jugábamos, de peloteros y de cuán grande era el estadio de París. El niño francés no tenía conocimientos de béisbol americano, así que le conté varios datos que se me ocurrieron relevantes. Corrió como loco por el terreno, y deduje que lo que más le gustaba era el bate.

—¿Satisfecho, muchacho? —pregunté revolcando su mata de pelo negro.

—¡Estoy cansado! —exclamó, con la voz sofocada de tanto andar de aquí para allá al tiempo que Lorie, se acercaba con una botella de agua para cada uno. La abrí al instante y bebí, debo confesar que yo también estaba un poco agotado y sediento. Me pasé la toalla por el rostro para limpiar el sudor y miré el reloj para ver cuanto tiempo tenía hasta la cena de la noche.

—Gracias por jugar con el niño, fue una sorpresa encontrarlo aquí —murmuró Lorie de camino al coche.

—No se preocupe, señora, necesitaba relajarme un rato. Y, a decir verdad, yo tampoco esperaba encontrarlos aquí.

—Le dije a mamá que no te volvería a ver y te encontré. Tienes que venir a casa y conocerla, es muy linda —dijo con orgullo al mencionar a su madre. Yo también solía referirme así de la mía cuando vivía—. ¿Verdad, Lorie?

—Así es, puede venir a casa cuando quiera, a la señora le encantará conocerlo. Está muy agradecida con usted, ¿sabe? —enarqué una ceja en desconcierto—. Por el día en que salvó al niño.

Asentí, recordando ahora a qué se refería.

—Está bien, lo haré —afirmé, pellizcando suavemente el cachete del pequeño.

La noche se acercaba a paso rápido. Me metí en la ducha para darme un baño y arreglarme antes de que Eric llegara a recogerme. Opté por un traje de tres piezas que había comprado en Francia y no había usado hasta ahora: blanco con detalles en plata, chaqueta de corte clásico, pero moderno, con solapas de satén plateado. Me puse una camisa blanca y un chaleco plateado. Me situé frente al espejo y miré mi reflejo mientras anudaba la corbata en un tono gris perla. Sonreí ante el recuerdo de aquella criatura corriendo por el campo, al que otra vez olvidé preguntarle el nombre.

Seguro lo volveré a ver si vive aquí —pensé mientras metía los pies dentro de los zapatos de cuero negro.

Ajusté los gemelos de plata con pequeños diamantes en ambos puños y el pañuelo de seda gris en el bolsillo de la chaqueta y me la tiré encima del hombro. Comprobé por última vez que todo estuviese en orden delante del espejo y salí de mi habitación.

Me detuve en la cocina para tomar un vaso de agua antes de irme, pero me detuve en seco al pasar por la mesa del comedor. Un ramo enorme de Centifolias se encontraba sobre la mesa. Su fragancia fresca con esencia a miel perfumaba el ambiente del comedor. Miré a todos lados en busca de Rose, pero no estaba. Sobre el ramo descansaba un sobre de color rojo con mi nombre escrito en letras grandes. Lo tomé y saqué la nota; apreté los dientes mientras leía el contenido.

Las rosas del pasado vuelven a perfumar el presente. El tiempo no ha borrado lo que sentimos y su aroma siempre trae consigo viejas promesas. Espero que estas rosas te devuelvan al ayer. Te veo en el baile, donde todo comenzó.




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