Atado a ti

Capítulo 17: Reencuentro

Iván

Nos detuvimos en la esquina de Central Park y 5.ª. Avenida, frente a la opulencia del hotel Plaza, allí donde se efectuaban la mayoría de estos eventos de alta sociedad. El valet parking se acercó por las llaves del coche y entramos. Cruzamos el vestíbulo en dirección al salón de baile, sin necesidad de mostrar nuestras invitaciones. El eco de las conversaciones se escuchaba desde la entrada, acompañado del sonido de la música en un volumen muy bajo.

—Sr. Harper, Sr. Sanovan, bienvenidos —saludó el recepcionista indicándonos las amplias puertas dobles que daban entrada al sitio.

Entré seguido por mi amigo, escuchando el sonido de nuestras pisadas sobre el mármol, saludando a varias personas en el trayecto. Sentí una sensación extraña recorrer mi cuerpo, como si una mirada quisiese perforarlo. Giré la cabeza a todos lados, hasta encontrarla, la expresión despectiva de Vladímir Grant mientras alzaba su copa en mi dirección cuando conectamos. A su lado, la malicia hecha mujer —no, esa la tenía en casa—, me observaba con unos ojos que destilaban malevolencia y su típica sonrisa sarcástica y autosuficiente.

—Harper, Eric —se acercó Mendoza para estrechar nuestras manos—. Buenas noches, muchachos. Hagan el favor de sentarse con nosotros. A mi esposa le dio por llegar temprano.

—¿Muy aburrido, Mendoza? —preguntó Eric riéndose.

—Lo suficiente como para querer escapar de una mesa rodeado de viejas hablando de moda. ¿Averiguaron algo de esta nueva empresa? —preguntó arreglando sus gemelos—. Vlad anda como pollo de feria, anunciando por todos lados que estaba a punto de cerrar el contrato del siglo.

Gruñí mientras tomábamos asiento. Yo tenía mi plan B, mi sustento. Dado el caso de que Bespoke Fragance cerrara sus puertas para siempre, también sería el de los trabajadores que tantos años dedicaron a mis sueños. Pero eso no significaba que me agradara la idea de perder la empresa que mi madre me ayudó a construir. Lamentablemente, no podía hacer mucho por ella, excepto oponerme a lo que más temía, aunque en el fondo sabía que era la única salvación. Y ni Eric ni yo contábamos con el capital disponible para adquirirla en estos momentos, tampoco para invertir.

—Tranquilo muchacho —dijo el anciano palmeando mi espalda—. No hay guerra que dure cien años.

—No, si se pierde —la esperanza a punto de abandonarme.

Llevábamos cerca de media hora allí, participando en toda clase de actividades que te exprimen el bolsillo… por caridad: subastas silenciosas, rifas, donaciones en línea. Un año después de que Vlad asumiera la presidencia, Bespoke Fragance dejó de patrocinar este tipo de eventos, ya no estábamos ante los ojos del mundo como antes, más que para chismes y noticias filtradas. Me aburrí de manera apoteósica de ver a todos usar esas máscaras en la cara. Las detestaba y eran obvias las razones.

Las puertas dobles se abrieron, dejando ver a la mujer que más detestaba entrar al lugar mientras el animador anunciaba que Glamoré había donado ochocientos mil dólares —no había escuchado antes el nombre de esa empresa—. Ella caminó hasta mí, el retumbar de sus pasos opacado por las voces y la música. Eric me observaba con los ojos muy abiertos, haciendo gestos en su dirección mientras yo hacía un gran esfuerzo por conservar la calma.

—Hola, buenas noches —tendió la mano hacia Mendoza y su esposa. Su voz un poco temblorosa—. Soy la señora Harper. Disculpen el retraso, pero me surgió un imprevisto.

Mendoza y su mujer se miraron con asombro antes de verme a mí. Cerré los ojos con fuerza. Podía respirar tan profundo como quisiera que nada lograría calmarme. Me quité el lazo que, de pronto, estrangulaba mi garganta y lo dejé encima de la mesa. No la miré, en su lugar le di un largo trago al alcohol en mi vaso.

—¿Qué estás haciendo aquí? —Por más bajo que hablara, era imposible evitar que los demás presentes en la mesa me escucharan. ¡Pero qué carajos! Ya había tenido la desfachatez de aparecerse aquí a pesar de que le dije que no viniera. ¡Se presentó como mi esposa!

—Acompañar a mi esposo. Es de mala educación ser invitado y no asistir, ¿verdad? —se dirigió a los demás.

La agarré del brazo con fuerza, y la acerqué un poco más.

—Ivy desaparece por donde viniste. No es un buen lugar para hacer uno de tus shows, hay cámaras. Te dije que no vinieras.

—Pero alguien sí me quiere aquí. Tanto que se tomó el atrevimiento de regalarme este vertido e invitarme. ¿No te da celos, Iván?

Mis ojos ardían al punto de echar chispas.

Ella me observó sonriendo, como si todo esto no fuese ya lo suficientemente enfermizo e irracional. Introdujo la mano en su bolso y dejó sobre la mesa una invitación idéntica a la mía, con la única diferencia de que solo figuraba su nombre en el papel, como la señora Harper. Arrugué la invitación, iba a partirle la cara al imbécil de Vlad por esto.

—Me importa una mierda, nos vamos.

Aun agarrándola del brazo, me puse de pie y la obligué a hacer lo mismo. No era consciente de lo que sucedía a mi alrededor desde que Ivy llegó. No me percaté de que las luces habían bajado tanto su intensidad, al punto de la penumbra. Una suave música se escuchaba de fondo y el murmullo de las conversaciones se detuvo cuando una voz de mujer entonó las primeras notas de una canción.




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