Iván
Después de tanto buscarte… Su voz era un dulce susurro que no salía de mi cabeza.
Me volví hacia la tarima. No importaba cuánta máscara cubriera su rostro. Ambas llevaban el mismo vestido, el mismo antifaz. Miré a la cantante…, no, a Summer y luego a Ivy, esta irguió su cuerpo tenso y me observó. No podían existir tres; no había dudas de que se trataba de Summer, mi Sum.
Di un paso al frente cuando bajó de la tarima y comenzó a caminar por el lugar. Sostenía el micrófono con gracia frente a sus labios mientras pronunciaba cada verso, interpretando con una voz que cala profundo dentro del alma y te hace sentir.
—No vayas tras ella, Iván —su voz temblaba en el aire. Ivy agarró mi brazo, deteniendo mis pasos al tiempo que removía su antifaz. Aunque sus palabras se escuchaban como súplica, el desafío estaba latente en su mirada. Percibí una sonrisa asomar en mis labios.
Bajé la mirada hasta el lugar donde había posado su mano. Luego volví a su cara.
—¿Y me lo vas a impedir tú?
—Supongo que no quieres un escándalo delante de toda esta gente —contestó mordaz.
—Atrévete. Tienes mucho más que perder.
—¿No crees que es un buen momento para que todos conozcan a tu esposa? —abrió los brazos y sonrió con bigardía, llamando la atención de todos los que se encontraban a nuestro alrededor. Mendoza y su esposa no podían evitar contemplarnos con una expresión de desconcierto en el rostro, y el murmullo de los presentes incrementaba a cada segundo. Ella también reconoció la identidad de la cantante, y eso la puso nerviosa.
—¿Qué pasa, Iván? —la mano de Eric se posó en mi hombro—. Llévatela antes de que arme una escena, eso no nos conviene.
Un escándalo ya era inevitable. Summer estaba aquí.
—Pasa que la encontré —dije sin dejar de mirar a Ivy—. A la mujer que yo amo.
—¿De qué hablas, Iván?
—Summer está aquí.
Apareció justo detrás de su hermana, quien se volvió en su dirección.
Mírame, amor, amor, estoy aquí otra vez,
A pesar del tiempo, sigo atada a ti.
Un lazo del destino que nadie ha de romper,
Nos une en el recuerdo de un eterno amor.
Era como si la letra de la canción contara nuestra historia. Mis piernas flaquearon al verla tan cerca de mí después de cinco años, a solo unos pocos pasos de distancia. Quería ir hasta ella, abrazarla y decirle lo que nunca pude. Sin embargo, mi cuerpo perdió toda conexión con mi cerebro, y desobedeciendo mis deseos, cayó sentado en mi antiguo lugar.
Para cuando terminó la canción, llevó una mano a su rostro y se despojó de su antifaz, provocando la sorpresa de todos a nuestro alrededor. Sentí el alivio dentro de mí al ver su rostro, tan hermoso como lo guardé en mi memoria.
Ella permaneció allí, de pie, sin apartar los ojos de Ivy. Esta Summer no sonreía, intentaba ocultar el nerviosismo que le provocaba toda aquella escena. Su mirada no era alegre, más bien era la entrega misma de un odio incontenible. No había rastros de la mujer tierna que mostraba bondad ante todos.
—Hola, hermanita. ¿Te queda algo de conciencia después de lo que hiciste?
—Tú no puedes… no puedes… estar… aquí.
—¿Sorprendida de verme? ¿Pensaste que desaparecería para siempre?
—Summer —murmuré, y nada más pude decir. Mi garganta se cerró impidiéndome el habla. Aunque eso no importó, ella no volteó a verme.
—¡Lárgate, fuera de aquí! Sal de nuestras vidas —En un acto desesperado, Ivy la tomó del brazo e intentó sacarla de allí. Summer rio, Ivy alzó su mano con toda la intención de golpearla, pero fue la misma Summer quien la detuvo.
—Summer, ¡qué sorpresa!
Eric se acercó, pero a él tampoco le prestó atención. Era como si solo viese a su hermana. Cuando por fin tomé control de mi cuerpo y de mi voz, me acerqué a ella, tomé su mano y pronuncié su nombre. Un respingo fue todo lo que recibí de su parte. Su mano, fría y sudorosa, temblaba en la mía.
—Suéltala, Iván. Largo de aquí, Summer Lennox —Ivy intentó, en vano, alejarme de ella. Entonces, agachó la mirada y apretó levemente mi mano antes de decir:
—No puedes arruinarle la vida a una persona y esperar que no haga nada, ¡qué ilusa, señora Harper!
Sabía. Ella sabía.
Una media sonrisa apareció en su rostro, sin gracia ni luminosidad. Si ella estaba al tanto era porque…
—Sum, mi amor. Mírame.
Llevé mi mano libre a su rostro y la obligué a enfrentarme. Sus ojos oscuros, iluminados por lágrimas contenidas, me dañaron más que todo lo que sucedió conmigo a lo largo de estos años. Y vi en ellos su dolor, su rencor y decepción hacia mí.
No dudé en acercarla a mi pecho y rodearla con mis brazos. Es increíble el poder del cerebro. Cómo guarda cada detalle que pareciera ser eliminado, y luego los arroja, como si se tratase de la primera vez. La pequeñez de su cuerpo entre mis brazos, el calor de su piel, su olor a… Summer. No había rastros de perfume en ella. No míos, tampoco de alguien más. Era solo ella.