Siempre miré el amor como se mira un tren que nunca se detiene en tu estación.
Veía a las parejas caminar tomadas de la mano bajo la lluvia, compartiendo un paraguas, y me preguntaba qué se sentiría ser el centro del universo de alguien.
Para mí, el amor era una mentira bien contada. Pensé, con una resignación amarga, que moriría sin conocer ese amor del que todos hablaban.
Hasta que llegó ella, y nos convertimos en el hogar del otro.
Pero todo, de la noche a la mañana, cambió...
Una mañana, después de años de perfecta sincronía viviendo juntos, abrí los ojos y el lado derecho de la cama estaba vacío. Camila no estaba.
Al principio, la costumbre me hizo mantener la calma. Pensé que habría salido temprano a la librería o por el pan del desayuno. Pero las horas, implacables, empezaron a correr. El desayuno se convirtió en almuerzo, y la luz de la tarde comenzó a teñir las paredes del departamento.
Esto se estaba saliendo de control.
Compartíamos una vida entera en ese lugar pequeño que siempre olía a café y a los libros viejos que ella coleccionaba, pero, de pronto, el espacio se sentía inmenso y vacío. Para cuando la noche cayó por completo sobre la ciudad, el silencio ya no era pacífico; era extraño. No había notas, no había llamadas perdidas. Su teléfono daba tono directamente al buzón de voz.
Desesperado, salí a la calle con el abrigo a medio abrochar.
La busqué y la busqué por cada rincón de la ciudad, loco por un presentimiento oscuro que me oprimía el pecho.
Mientras recorría las calles con los ojos ardientes por el viento helado, mi mente no dejaba de retroceder al principio de todo.
Recordé aquel doloroso 13 de junio en que la conocí. El viento de esa tarde era tan afilado que cortaba la respiración, y yo me refugiaba en la cafetería de siempre. Cuando la puerta se abrió, entró un soplo helado.
Era ella. Tenía el cabello negro azabache cayéndole en cascada sobre los hombros, y una piel morena que parecía retar la palidez del invierno. Sus ojos eran destellos brillantes; me detuvo el corazón inesperadamente.
El destino decidió acercarla a mí.
El único asiento libre estaba frente a mi mesa. Desde ese día, la ciudad no volvió a ser la misma. Aprendí que su risa era el único antídoto contra el clima hostil. Sentir la calidez de su mano morena entrelazada con la mía hacía que todo el frío del mundo fuera un simple decorado. Ella era la prueba viviente de que mi mala suerte no había sido más que una larga espera.
¿Cómo era posible que todo eso se estuviera acabando?
Recorrí las avenidas donde solíamos caminar, entré en las cafeterías que frecuentaba, pregunté a extraños, a conocidos, a cualquiera que se cruzara en mi camino. Caminé durante horas, esperando ver su silueta aparecer en alguna esquina, con ese presagio de que algo le había pasado. Pero nadie sabía nada.
Nadie la había visto. Camila había desaparecido.
El tiempo no cura; solo lija las esquinas de los recuerdos para que no corten tan profundo.
Pasaron las semanas, luego los meses, y finalmente los años. Tres largos años. El mundo seguía su curso: la gente iba a trabajar, los inviernos iban y venían, pero yo continuaba atrapado en el mismo día de su desaparición, estancado en una incertidumbre maldita. Me pasaba las noches en vela desarmando cada una de nuestras últimas conversaciones, buscando un indicio que se me hubiera pasado por alto.
Hasta que una noche, mientras el invierno golpeaba las ventanas del departamento como aquel día en que la conocí, la duda me quemó por dentro. Me quedé de pie en la habitación, mirando fijamente las puertas del armario de Camila.
Habían pasado tres años en los que ni siquiera me atreví a acercarme allí; me daba pánico tocar sus cosas o romperme más de lo que ya estaba. Pero esa noche fue diferente.
Con las manos temblorosas, agarré la manija y abrí las puertas de par en par. El aroma de su perfume todavía se conservaba levemente entre la ropa colgada. Empecé a revisar sus abrigos y sus prendas, buscando desesperadamente cualquier pista, un papel, una nota, algo que explicara por qué se había ido sin decir adiós.
Fue en ese preciso instante cuando el timbre del departamento resonó en el pasillo, rompiendo el silencio de la noche.
Me quedé helado. Nadie venía a buscarme a esas horas, y menos en medio de una tormenta. Con el corazón en la garganta, corrí hacia la entrada y abrí la puerta de golpe.
Pero no era ella.
Tiritando de frío y con la mirada en el suelo, se encontraba un hombre joven. Tardé unos segundos en reconocer sus facciones bajo la luz del pasillo, pero el parecido familiar era innegable. Era el primo lejano de Camila.
Al levantar la vista y mirarme, supe que algo andaba muy mal. Su rostro reflejaba una荒凉 (devastación) absoluta; las manos le temblaban visiblemente, no solo por el frío, sino por el peso de lo que cargaba. El silencio entre los dos fue más pesado que los tres años de su ausencia.
—Franco... —su voz se quebró, casi ahogada por el viento helado que se colaba desde el pasillo—. Lo siento mucho. Lamento aparecer así después de tanto tiempo, pero... no podía guardarme esto más.
El presentimiento oscuro que me había acompañado todo este tiempo se convirtió en un nudo asfixiante en mi garganta.
—¿Qué pasa? —logré articular, sintiendo cómo el miedo me congelaba el pecho-. ¿Sabes algo de Camila? ¿Dónde está?
El primo de Camila tragó saliva, incapaz de sostenerme la mirada. Dejó escapar un suspiro tembloroso, lleno de dolor, y me miró con una lástima que me heló la sangre.
—Vengo de muy lejos, Franco... y lo que tengo que decirte es algo terrible. Traigo una noticia muy mala sobre ella.
Nota del Autor:
¡Hola a todos! Soy David Ross.
Primero que nada, quiero darles las gracias de todo corazón por tomarse el tiempo de acompañarme y leer este primer capítulo. Ha sido un capítulo bastante intenso de escribir y me emociona mucho saber que ya están aquí, descubriendo la historia de Franco y Camila junto a mí.