Ataques brujos

Capítulo 4

Capítulo 4: La Llegada de los Mendoza

Parte I: El Anuncio

Roberto Mendoza estaba en la cocina de su apartamento en San Salvador, tomando café a las 6:47 AM, cuando vio el anuncio.

No era nada extraordinario. Era simplemente una publicación en un grupo de Facebook llamado "Propiedades y Oportunidades de San Martín" que alguien había compartido. La foto mostraba una casa de dos plantas con un terreno amplio, rodeada de cafetales que parecían estar en mejor estado de lo que típicamente estaría la agricultura en esa zona.

El título del anuncio era simple: "Casa San Martín - Oportunidad de Inversión - Precio Especial"

Pero fueron los números los que capturaron la atención de Roberto.

Precio: $18,500 USD

Roberto casi escupió su café.

A ese precio, por esa cantidad de terreno, en una zona que aunque rural no estaba completamente aislada, debería haber docenas de ofertas inmediatamente. Debería estar vendida antes de que la publicación tuviera veinticuatro horas.

Hizo clic en el anuncio.

El agente inmobiliario era alguien llamado Ricardo Mendez (no relacionado, aparentemente), con un número de teléfono y una dirección de correo electrónico. Las fotos mostraban:

Una sala amplia con techos altos que amplificarían cualquier sonido.

Tres habitaciones en el primer piso, todas de tamaño decente.

Tres habitaciones en el segundo piso, incluyendo una con ventanas que daban hacia ambos lados de la propiedad.

Un baño completo en cada nivel.

Una cocina espaciosa con un fogón de leña original que parecía una reliquia de los años cincuenta.

Y, de manera crucial, un sótano.

El anuncio no proporcionaba fotos del sótano, lo que Roberto encontró vagamente extraño. Pero no lo suficientemente extraño como para detenerse.

Lo que Roberto no sabía, mientras sorbía su café y miraba la pantalla de su teléfono, era que estaba viendo exactamente lo que el universo quería que viera. O quizás lo que la deuda quería que viera.

Parte II: Roberto Mendoza - El Hombre de Fe

Roberto Mendoza tenía cuarenta y dos años.

Era electricista industrial, lo que significaba que pasaba sus días reparando sistemas complejos en fábricas y empresas grandes. Era trabajo que requería precision, atención a los detalles, comprensión de las fuerzas invisibles que corrían a través de los cables y los circuitos.

Pero su verdadera identidad, la que él creía que era la más importante, era que era diácono en la Iglesia Profética Emanuel de San Salvador.

La iglesia no era parte de las denominaciones principales. Era parte de ese mundo evangélico salvadoreño que había brotado en los últimos cuarenta años, iglesias pequeñas que se reunían en espacios improvisados, que predicaban una versión muy literal de la Biblia, que creían que Dios era activo en los asuntos mundanos de una forma que las iglesias más grandes habían dejado de creer.

Roberto era bueno en la iglesia. Era bueno predicando. Era bueno orando por gente. Era bueno siendo la clase de hombre que otros hombres querían imitar.

Y crucialmente, Roberto creía que la fe podía resolver cualquier cosa.

No la fe débil, la fe que dudaba, la fe que hacía preguntas. Sino la fe que declaraba cosas a la existencia. La fe que rechazaba la evidencia contradictoria. La fe que sabía, con una certeza absoluta, que Dios estaba de su lado y que nada podría estar en su contra.

Cuando vio el precio de la casa, su primer pensamiento no fue "esto es demasiado bueno para ser verdad." Su primer pensamiento fue "Dios me está dando una oportunidad."

Parte III: La Conversación con Patricia

Patricia Mendoza era la antítesis de su esposo en formas que había tomado años comprender completamente.

Mientras que Roberto era declarativo y confiado, Patricia era analítica y cautelosa. Mientras que Roberto saltaba primero y hacía preguntas después, Patricia hacía listas de preguntas antes de dar un paso.

Tenía treinta y nueve años y había trabajado como maestra de escuela dominical durante dieciséis años. También vendía productos por catálogo (joyas principalmente, a través de un sistema de ventas multinivel que generaba ingresos marginales pero consistentes).

Era la clase de mujer que preparaba comidas complejas sin recetas, que mantenía su casa impecablemente limpia, que conocía exactamente cuánto dinero tenían en su cuenta bancaria en cualquier momento dado.

Cuando Roberto llegó a casa del trabajo ese sábado por la mañana (había ido a revisar un sistema de refrigeración en una fábrica de textiles) y mencionó casualmente la casa, Patricia estaba en la cocina preparando pupusas para el almuerzo.

"Hay una casa en venta en San Martín," dijo Roberto, como si fuera una observación casual sobre el clima.

Patricia pausó en su tarea de rellenar masa.

"¿En San Martín? ¿Por qué estaríamos mirando propiedades en San Martín?"

"Porque está a precio increíble. Dieciocho mil quinientos dólares. Para una propiedad con más de media manzana de terreno."

Patricia se giró, sus manos aún cubiertas de masa.

"¿Y? ¿Cuál es el problema con ella?"

"No hay problema. Es exactamente el tipo de oportunidad por la que hemos estado orando."

Patricia se limpió las manos en un trapo y se sentó a la mesa. Este fue el señal que Roberto conocía bien: conversación seria.

"Roberto, si es demasiado bueno para ser verdad, probablemente lo es."

"O probablemente es Dios providiendo para nuestro futuro."

"¿Hablaste con el agente?"

"No aún. Pensé que primero hablaría contigo."

Patricia respiró profundamente. En su mente, estaba corriendo a través de posibilidades: Estafa. Propiedad robada. Defectos estructurales importantes. Problemas legales con el título. Ubicación peligrosa.

Pero vio la esperanza en los ojos de su esposo. Esperanza de que finalmente, después de años de trabajar en trabajos que lo dejaban exhausto, después de años de vivir en un apartamento que eran apenas más que una caja, podrían tener algo más grande, algo que fuera suyo completamente.



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En el texto hay: suspenso, terror, mistica

Editado: 29.12.2025

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