Capítulo 5: Los Primeros Síntomas
Parte I: La Bendición de la Comunidad
La mudanza fue un evento comunitario.
Porque así funcionaba en la Iglesia Profética Emanuel: cuando uno de los hermanos tenía una bendición, era una bendición compartida. Cuando uno necesitaba ayuda, la comunidad entera respondía.
Roberto había anunciado la compra de la casa en la reunión de oración del miércoles por la noche, frente a la congregación entera. El Pastor Elías, un hombre de cincuenta y ocho años con una voz que podría llenar una habitación sin amplificación, había declarado proféticamente:
"Hermano Roberto, el Señor ha abierto puertas para ti. Esta casa es un territorio que será conquistado para el Reino de Dios."
La congregación respondió con amenes y aplausos.
Dos semanas después, cuando llegó el momento de la mudanza, prácticamente toda la iglesia que podía venir había ofrecido ayuda.
El sábado por la mañana, a las 6:00 AM, un convoy de pickups y autos se estacionó afuera de la casa en San Martín.
Aproximadamente treinta y cinco personas llegaron ese día:
El Pastor Elías y sus dos pastores auxiliares.
El coro de ancianas, mujeres que habían estado cantando en la iglesia durante décadas.
Los jóvenes del grupo de alabanza, cargando guitarras y tambores como si fueran herramientas de construcción.
Familias completas: abuelas, padres, adolescentes, niños pequeños.
Y alguien, Dios sabe quién, había traído pupusas, horchata, tamales y café. Era un festival de bendición disfrazado de evento logístico.
Patricia estaba abrumada.
No de forma negativa, sino de la forma que hace que las mujeres llorar en público. Aquí estaba su comunidad de fe, dedicando su sábado para ayudarla a ella y su familia a transicionar a una nueva etapa de vida.
Mientras los hombres descargaban muebles del camión de mudanza que habían alquilado, las mujeres comenzaron inmediatamente a limpiar la casa.
Barrían, limpiaban, organizaban. Una abuela (Doña Mercedes, una mujer de setenta y cinco años que había criado a trece hijos) fue directamente al piso del sótano y comenzó a limpiarlo sin que le pidieran.
Patricia trató de impedirlo.
"Doña Mercedes, ese trabajo es para después. Descansa."
"Mija, el sótano es lo primero que se debe limpiar. Es donde se afinca el hogar. Dios en lo alto, limpieza en lo profundo."
Nadie estaba seguro exactamente qué significaba eso, pero Doña Mercedes parecía saberlo, así que la dejaron trabajar.
El coro de ancianas comenzó a cantar mientras trabajaban:
"Grandes cosas ha hecho el Señor, Cosas que en mi alma gozo causan, Digno es de alabanza por su amor, Mi corazón en gloria su nombre alza."
Sus voces llenaban la casa, llenaban el patio, parecían llenar incluso el aire. Era un sonido hermoso, un sonido que parecía estar expulsando cualquier cosa oscura que pudiera haber estado presente.
Miguel observaba desde el patio, fascinado por la energía de toda la actividad.
Sofía estaba jugando con algunos de los niños más pequeños que habían venido con sus padres, persiguiéndose alrededor de los árboles frutales.
Daniela y Jonathan estaban en el segundo piso, decidiendo cómo organizar su habitación, qué espacio sería para qué.
Y Roberto estaba feliz.
Verdaderamente feliz, de una forma que su rostro no había mostrado en años.
Esto era lo que la fe podía lograr. Esto era lo que significaba tener una comunidad que te apoyara. Esto era la bendición de Dios en acción.
Parte II: Las Observaciones de los Lugareños
Mientras el grupo de iglesia realizaba su bendición y su celebración, los lugareños de San Martín observaban desde la distancia.
Una vendedora de tamales que pasaba por el camino se persignó cuando vio el convoy de autos iglesia.
Un hombre en bicicleta se detuvo, mirando fijamente hacia las tres propiedades durante varios minutos, murmurando lo que parecía ser una oración, antes de continuar pedaleando lentamente.
Don Esteban, el anciano que había advertido a la familia en la visita inicial, estaba sentado fuera de su pequeña casa a algunos cientos de metros de distancia, observando.
"Qué hubiera sido," murmuró para sí mismo. "Qué hubiera sido si alguien estuviera aquí cuando los vecinos fueron asesinados. Qué hubiera sido si alguien hubiera estado rezando cuando enterraron los muñecos."
Pero nadie estaba rezando entonces. Y ahora, mientras estos buenos cristianos intentaban bendecir una casa que estaba maldita desde sus cimientos, estaban probablemente empeorando las cosas.
Porque bendiciones, Don Esteban sabía, solo funcionaban si el lugar estaba limpio.
Y este lugar nunca había sido limpiado.
Parte III: Noche de la Primera Noche
La familia Mendoza se fue a dormir en su nueva casa alrededor de las 10:30 PM.
Patricia había insistido en que todos se acostaran temprano, que estaban exhaustos de la mudanza, que necesitaban descanso.
Así que los seis (Roberto, Patricia, Daniela, Jonathan, Miguel y Sofía) estaban en sus camas separadas en diferentes habitaciones, en una casa que habían comprado solo una semana atrás, tratando de dormir en un ambiente que era totalmente nuevo para todos ellos.
La casa hacía ruidos nocturnos, como hacen todas las casas nuevas. Crujidos que probablemente eran solo la estructura ajustándose. Sonidos que probablemente eran solo el viento.
Roberto se durmió inmediatamente.
Patricia se durmió después de una hora de dar vueltas, su mente ejecutando listas mentales de lo que aún necesitaba ser hecho.
Daniela y Jonathan se durmieron besándose suavemente, disfrutando de la privacidad que su propia habitación finalmente les daba.
Miguel se durmió pensando en las posibilidades que el patio ofrecía.
Pero Sofía no se durmió.
Sofía estaba acostada en su cama pequeña, rodeada de sus muñecas favoritas, en la habitación más pequeña del primer piso, mirando hacia la nada.
Editado: 29.12.2025