Atardecer en el Palacio del Sol

Capítulo 43: ¿Todo estará bien?

Mercurio.

Su corazón seguía latiendo rápidamente, pero esta vez no era por un mal sueño. Todo lo contrario, este era otro tipo de sentimiento. No sabía cómo llamarlo, pero era el mismo que sintió la otra noche cuando Ceres volteó su copa de vino sobre él, el mismo que sintió cuando Ceres lo besó en la oscuridad de aquella biblioteca, el mismo que sintió cuando Ceres llevó sus manos hacia los botones de su camisa…

Ceres, Ceres, Ceres.

Sus manos seguían suavemente entrelazadas, y ella pareció notar su inquietud. Levantó su mirada hasta toparse con la de él, y lo observó, indescifrable. Oh, como amaba esos ojos, pensó. Cuando su mirada bajó hacia sus labios, Mercurio casi perdió el aliento.

Sin dejar de observarlo, Ceres se incorporó lentamente, quedando ligeramente por sobre él. Instintivamente, Mercurio llevó una de sus manos hacia su mejilla, acariciando su rostro. Ella se estremeció ante este gesto, inclinándose, suavemente, hacia sus labios.

La besó una, y otra, y otra vez, las respiraciones de los dioses pasaron de suspiros a jadeos, parecían querer competir.

Ceres, Ceres, Ceres.

Sin embargo, los besos y las caricias se vieron interrumpidos cuando la diosa rozó accidentalmente la herida sobre su pierna, haciendo que Mercurio profiriera una queja. Ceres retrocedió instantáneamente, y él la observó brevemente; su cabello se había alborotado, sus mejillas estaban sonrojadas y sus labios levemente hinchados.

- Tal vez no deberíamos…

La interrumpió con un beso.

***

Durante las próximas horas, bajo la tenue luz de las velas, el tiempo transcurrió demasiado rápido y demasiado lento a la vez.
Mercurio temía que lo que estaba sucediendo fuese tan solo un sueño; temía que esa noche, los besos, los suspiros, las caricias, hubiesen sido producto de su imaginación, pero cuando vio los ojos de Ceres supo que no podía haber había nada más real en todo el universo. Pasó sus dedos lentamente por sobre su cabello rojizo y ella suspiró.

Pronto, ambos cayeron dormidos.

***

Mercurio no sabía cuánto tiempo llevaba en esa habitación. Se atrevía a decir que unas cuantas semanas, pero no sabía con exactitud. Sus manos estaban atrapadas en grilletes de hierro que hacían que estuviese en un dolor constante. Miró a su alrededor. Se habían llevado a su compañero de celda, a su amigo. ¿Cuál era su nombre? ¿Por qué no podía recordar?

A lo lejos escuchó un grito agonizante; lo estaban torturando.

***

Despertó súbitamente. Estaba temblando. Buscó instintivamente a Ceres, pero ella ya no estaba en la cama, sino que en su escritorio, concentrada. Parecía no haber notado su pesadilla ni que ahora se encontraba despierto, observándola. Volvió a caer dormido.

***

Pasaron las horas y los gritos no cesaban. Mercurio observó los barrotes de su celda y sintió cómo su respiración comenzaba a acelerarse. Estaba atrapado. No importaba cuánto lo intentara, estaba atrapado.
De pronto, los gritos cesaron. Ahora vendrían por él y no podía hacer nada al respecto para evitarlo.

***

Esta vez, sus pesadillas no lo hicieron despertar a gritos. Miró a su alrededor, estaba en un lugar seguro, ya no estaba en aquella celda tan extraña que lo llevaba atormentando desde hace noches.

Ceres ya no estaba en la cama. Al recordar todo lo que había pasado la noche anterior, Mercurio temió por un momento haber hecho algo mal y que por eso se hubiese marchado, pero sus preocupaciones se disiparon en cuanto advirtió que la diosa seguía en su escritorio, al parecer, escribiendo una nota. No notó que había despertado.

En cuanto terminó de escribir las últimas palabras, la diosa selló el mensaje y lo guardó en un pequeño alhajero. Se incorporó, y Mercurio pretendió rápidamente estar dormido. Con los ojos ya cerrados, percibió el suspiro de agotamiento de la diosa y luego, sus pasos que se dirigían hacia él. Acarició su mejilla suavemente, y susurró:

- ¿Será que tienes razón, será que todo saldrá bien?

***

El día transcurrió más lento de lo habitual. Mercurio intuyó que esto se debía al desequilibrio por la ausencia de aquel Selien. Era como si el tiempo mismo se hubiese detenido, el silencio presidía en cada esquina del palacio. Pese a que sabía que tenía que mantener reposo, decidió merodear. No había acabado de salir de la habitación cuando escuchó una voz familiar en el piso inferior.

- El señor no puede recibir visitas…

- No me puedes restringir el paso.

- Me temo, señor Marte, que en realidad si puedo — habló Prometeo, firmemente —. Este no es su palacio.

Con dificultad, Mercurio logró bajar las escaleras y estrechó el hombro del ayudante.

- Está bien, yo me encargo.

Prometeo suavizó su semblante, no sin antes dedicarle una mirada de desdén a su amigo, y se retiró.

- ¿Qué sucede, Marte?

El dios estaba pálido, su semblante serio. Era evidente que no había descansado mucho más que desde la última vez que se habían visto, cuando le había comentado sobre la inminente guerra. Pensaba que estaba exagerando, pero luego de ver las repercusiones de la ausencia del dios de la Luna en Ceres, y de escuchar sobre el estado inestable de Universo, estaba empezando a caer en cuenta que las cosas podrían estar peor de lo que pensaba.

- Tienes que escoger.

- ¿De qué hablas?

- Se están formando bandos, Mercurio — explicó con severidad —. Venus, Júpiter, Saturno, Urano, todos estamos de parte de Universo, y te necesitamos.

- ¿No crees que se están adelantando? — intentó aliviar la situación —. ¿Quién ha dicho algo sobre una guerra?

- ¿Acaso crees que lo que hizo aquel monstruo no es motivo suficiente? — recriminó —. Desafió el poder de Universo, trastornó la mente de Helia y de los Dioses Menores, incluso la de Neptuno, ¡ha causado innumerables catástrofes en el universo y en la Tierra! ¡Es una amenaza!



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En el texto hay: mitologia griega, romance, enemiestolovers

Editado: 09.01.2026

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