Atardecer en el Palacio del Sol

Capítulo 45: Prioridad

Baham.

Un soldado que no había visto antes le dio la orden a Elden de “esposar a la prisionera y llevarla ante Universo”. Elden fingió endurecer su mirada. Baham no puso resistencia.

Durante el camino hacia el Gran Salón, Baham no sintió miedo. Ya conocía la brutalidad en los castigos de Universo, conocía su crueldad; la había conocido aquella noche que había sido manipulada por Hécate para robar la Espada del Tiempo, la había conocido en cada golpe, en cada arañazo, en cada risa cruel. Recordaba el dolor.

Antes de que las puertas se abrieran, advirtió que Sander le lanzaba una mirada nerviosa a su hermano. Antes de que pudiese preguntarse qué ocurría, lo que vio dentro del salón la dejó atónita.

Universo se hallaba sentado en su trono, aun más demacrado que la última vez que lo había visto; sus ojeras estaban aún más pronunciadas, su cabello ya no reflejaba aquel brillo divino, sus ropas estaban raídas… Cualquiera que lo viera podría confundirlo con un simple mortal en desdicha.

La apariencia del salón tampoco era muy digna. Las paredes, antes blancas, estaban marcadas por golpes y sangre dorada, uno de los últimos vestigios de divinidad que aún poseía. A unos cuantos metros se encontraban pergaminos llenos de garabatos y tinta derramada esparcidos por el suelo de mármol.

— Bienvenida — habló Universo. Su voz sonaba destrozada de tanto gritar.

Baham avanzó con la frente en alto. El dios se incorporó y avanzó hacia ella con dificultad.

— Veo que ya estás sanando de los golpes de la última vez — señaló en tono burlesco —. Eso se puede arreglar…

La Estrella guardó silencio pero le sostuvo la mirada sin vacilar.

— Aunque — añadió —, de momento, no perderé el tiempo en ello.

— Sabes que no tienes las fuerzas.

Universo se giró de inmediato y levantó su mano bruscamente, la cual quedó suspendida en el aire al ver que Baham ni siquiera se inmutó en reaccionar.

— No me provoques, Estrella inútil — resopló mientras claramente se contenía.

Pese a su estado deteriorado, Universo seguía siendo imponente en la habitación. De cualquier modo, eso a Baham no le importaba.

El Dios del Tiempo guardó silencio por unos minutos, silencio solo interrumpido por la dificultad en su respiración. Observó su espada junto al trono. Incluso desde la distancia en la que Baham se encontraba, podía notar su reluciente brillo. No entendía cómo algo tan bello había llegado a parar en las manos de alguien como Universo, no entendía todo el poder que se ocultaba detrás de esa arma… El dios se acercó a esta misma y la empuñó.

— No puedo creer que hayas sido tan estúpida como para creer que podías robarla — emitió algo parecido a una risa burlesca.

Baham recordó cómo se había escabullido esa noche en el palacio pese a todo pronóstico, recordó su determinación enfermiza por tener aquella espada entre sus manos para liberar a las diosas de La Mansión Oscura, recordó la sensación de poder que abundó en su pecho al empuñarla. Recordó el sonido de las puertas al abrirse… y recordó el primer golpe.

— Como ya mencioné, no perderé el tiempo contigo.

— ¿Entonces qué hago aquí?

Volvió a aproximarse a ella y empuñó la espada en su dirección, justo sobre su cuello.

— Quiero que me digas qué sabes.

Baham repasó aquellas palabras en su mente. Sabía mucho, de hecho; sabía que La Creación era una farsa, que Universo había asesinado a Cielo con la misma espada que pendía sobre su cuello, sabía que existían estas otras dos diosas de las que nadie más tenía conocimiento de su existencia, sabía que había perdido a alguien importante…

— Tu hermana se parece mucho a ti, tienen la misma mirada — se limitó a decir.

Universo retrocedió como si le hubiesen dado un golpe.Su expresión no reflejaba ira, había algo más.

Preocupación.

— Pero su mirada es dulce — añadió —, incluso estando encerrada, siendo consumida por su propio poder. Gracias a ti.

— ¡YO NUNCA QUISE ENCERRARLA, TODO ES CULPA DE ELLOS!

La espada cayó provocando un ruido sordo. Universo comenzó a caminar de un lugar a otro mientras sostenía su cabeza entre sus manos y susurraba:

  • Todo es culpa de ellos, ellos son los asesinos…

Baham no podía comprender a qué se refería. Creyó haber escuchado mal aquella última palabra pero el dios se aferró a ella mientras la susurraba, fuera de sí, una y otra vez. Pareció olvidar la presencia de la Estrella durante unos minutos así que aprovechó de inspeccionar más a detalle el salón. Los pergaminos llamaron su atención.

Resultó ser que no todos estaban estropeados como creía, algunos dejaban ver bocetos de un paisaje repleto de árboles secos, una figura femenina de largos rizos, una manzana… Otros tenían inscrito palabras como “asesinos”, “malditos”, “culpable”...

¿Qué es todo esto?

De pronto la mano del dios agarró su antebrazo bruscamente.

— ¡SUELTA ESO!

Luego de forcejear, logró liberarse de su agarre y retrocedió.

— Verdaderamente te has enloquecido…

— ¡SILENCIO!

— ¿Ahora quieres que guarde silencio? — preguntó incrédula.

Universo volvió a su expresión natural de ira y frialdad. Levantó la espada del suelo con dificultad.

— Cuando el estúpido de tu amigo recibió su castigo — comenzó —, mencionó que en los túneles del Palacio de la Luna se cruzaron con un encapuchado. ¿Sabes quién era?

— No. Huyó en cuanto nos vio.

Volvió a esconder su cabeza entre sus manos, exasperado.

— ¿Cómo lograron llegar hasta ellas? — No había necesidad de aclarar a quienes se refería.

***

Baham recordó la noche en la que había encontrado las raídas hojas de La Magia del Todo; había faltado a una o tal vez dos jornadas luego del golpe que le había asestado Amaltea mientras discutían, obligándola a quedarse por un tiempo en el palacio de Selien.



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En el texto hay: mitologia griega, romance, enemiestolovers

Editado: 18.08.2026

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