Atenea Salvatore.

Barcos de papel.

Una economía desbaratada. La familia Salvatore estaba al borde del colapso económico. Vendieron sus ovejas, cerdos, tractores, gansos y cabras, todo para solventar los gastos del hogar entre comidas, ropa y los gastos de la escuela de sus dos hijas. El zapato solo parecía ajustarse aún más cada día.

—Te pagaré, pero no ahora. Lo haré, lo prometo —exclama Margaret exasperadamente.

—Las cuentas no se pagan con promesas, Margaret —replica Robert, como todo agente inmobiliario, buscando únicamente dinero, no ayudar—. Lo siento, es mi trabajo —agrega, limpiando con un paño su rostro pálido y sudado. El pañuelo pasa por su enorme nariz roja y su piel grasosa.

Debido a los cambios económicos, Margaret se había retrasado con los pagos del terreno y la casa. Ahora el banco busca embargarles la pequeña finca para destruirla, buscando en su lugar poner plantaciones de cacao que generen más dinero para el banco.

—Por favor, te lo pido, solo necesito tiempo. Más tiempo. —Margaret, al borde del colapso, piensa en sus tres hijas.

—No, Margaret. Tienes el dinero para pasado mañana o te embargamos todo. Y tendrás solo tres días para desalojar —replica Robert sin una miga de empatía en su tono o expresión.

El banco estaba acostumbrado a usar su poder e influencia para hacer más de lo que realmente les corresponde, pero nunca en el buen sentido.

—Debe haber algo que pue...

Robert frena las palabras de Margaret.

—Sí, ya sabes, soy un hombre divorciado. Hace tiempo no convivo con una mujer —insinúa el hombre de nariz roja, bastante peludo y con un estómago inflado de altanería y demasiada cerveza.

Margaret abrió sus ojos grises como platos, sorprendida por el descaro del hombre. Pero quizá tenga razón. Una mujer como ella, ya sin un sustento, ¿qué más podría hacer para sacar adelante a sus hijas? Aunque vacila, Margaret pareciera estar por aceptar su triste y desesperada realidad. A veces los sacrificios son inevitables con tal de salir adelante, piensa para sí misma, como si eso justificase los métodos.

Robert abandona lentamente su asiento de madera, escurriéndose tras la rubia de ojos grises y acariciando sus hombros bajo los finos tirantes del vestido floreado que trae puesto. Inclinándose, roza su nariz rojiza contra la piel del delicado cuello mientras su grasosa piel raspa su rostro.

Margaret, resignada a la cruel realidad, tensa su cuerpo, dándole acceso al hombre con olor a alcohol, tabaco y sudor que invade sus fosas nasales. Gira la cabeza en un intento fallido por evitar aquel repugnante olor que él emanaba.

La mirada recorre desde el piso de mármol pulido, las paredes de madera y los muebles de pintura desgastada, hasta que sus ojos azules se encuentran con un marco colgado de la pared. El marco refleja la foto de sus hijas, de ella sonriendo con inocencia en una época que quizá fue la mejor de sus vidas.

No. Este no es el único camino. Esta no será mi realidad.

Levantándose repentinamente, intenta huir, pero el hombre la toma de los muslos, estampándola contra la mesa. Robert relame sus labios secos, pasando su asquerosa lengua amarillenta mientras desabrocha sus pantalones. La madre soltera, gritando y pataleando, intenta golpear al hombre.




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