—¡Maldita sea, puta, quédate quieta! —grita Robert, salpicando saliva, cual perro rabioso peleando un pedazo de carne.
Margaret grita y patea. Sus delgados brazos se extienden sobre la mesa mientras los labios secos del hombre devoran su yugular. Entre llantos, Margaret siente un metal rozando sus finos dedos.
—¡SUÉLTAME!
Soltando un grito estruendoso, Margaret toma el acero y, con un fuerte impacto, este se estampa contra la cabeza del hombre.
Consumida por la adrenalina, toma el mango de la olla y la estrella dos veces más contra su cabeza. El hombre cae inconsciente. La silla de madera se desploma sobre la espalda del sujeto oloroso, mientras la olla cae al suelo con el tintineo del metal contra el mármol.
—Maldita sea...
Margaret se cubre la boca, abriendo los ojos como platos.
—Señor... señor...
El hombre suelta un gemido inconsciente, lo que asusta y sorprende a la mujer, haciendo que tropiece y caiga sentada al suelo. Con movimientos torpes logra ponerse de pie y salir corriendo del comedor.
Corre hasta su habitación. Con ojos desesperados busca a sus hijas y, al abrir el armario, las ve acurrucadas con la bebé en brazos.
—¡Stela, Aba... corran, corran!
Las niñas obedecen al instante. Margaret toma a la bebé entre sus brazos.
—Dámela... dámela... —ordena a Aba con voz temblorosa.
—¡Regresa, maldita sea! ¡Me las pagarás!
Las puertas del comedor se azotan, indicando que el hombre ha recobrado la conciencia.
Margaret, con la bebé en brazos, sale de la habitación abriendo la puerta mientras sus hijas corren para salir de la casa.
—Ahí estás, maldita perra.
Limpiando la sangre caliente que escurre de su cabeza, Robert se echa a correr. Pero la rubia, incluso con su bebé en brazos, es más rápida. Abraza con fuerza a su recién nacida, quien, en su inocencia, aunque aturdida por la situación, no llora; en cambio, sus enormes ojos marrones observan el rostro de su madre mientras su pequeño cuerpo es agitado bruscamente a causa de la persecución.
—¡Corre, mamá! ¡Mamá! —gritan las niñas desesperadas desde la puerta.
Margaret llega justo a tiempo para azotar la puerta sobre el rostro del hombre. Apoya el hombro izquierdo contra la madera cerrada, recargando su peso encima, mientras las niñas bloquean la manija con una silla.
—¡Corran! —les grita Margaret.
Robert, aún dentro de la casa, golpea la puerta con una furia desmedida.
Margaret corre tras sus hijas hasta alcanzarlas. Su mano derecha toma la de Stela, y Stela replica la acción con Aba. Margaret voltea hacia las niñas aun con la bebé en brazos, quien ya ha comenzado a llorar por la fuerza ejercida por su madre para evitar que cayera al suelo.
La silla se rompe.
Un ruido estruendoso.
Pedazos de madera caen por doquier mientras el hombre alto, de barriga pronunciada, sale echando humo de pura ira.
Las ve correr a lo lejos por el camino de tierra que lleva a otra finca unos kilómetros más adelante. Ya están bastante lejos. Sabe que, si llegan a esa finca, su libertad estaría en juego.
Sube a su vehículo, girando la llave una y otra vez. El motor solo hace un ruido seco antes de apagarse nuevamente. Robert golpea el volante y gira la cabeza una y otra vez hacia las mujeres, cada vez más lejos. Su respiración agitada y sus gruñidos guturales llenan el silencio hasta que el automóvil finalmente arranca.
Y mientras Margaret y sus hijas corrían, ella pensaba:
¿Por qué la vida es tan dura? ¿Por qué no puedo simplemente vivir siendo feliz? Siempre algo nuevo azota mi destrozada puerta. En mi alma ya no quedan más que escombros de la mujer que algún día fui. ¿Y si la vida no es más que una ilusión? ¿Un sueño? Qué pesadilla más dolorosa. Casi puedo sentir cómo mis manos se desgarran cada vez más mientras intento escalar este absurdo muro para ver más allá.
La mujer corrió con sus hijas lo más lejos y rápido que pudo. El automóvil se escuchaba cada vez más cerca, así que las mujeres sostuvieron con más fuerza la mano de quien tenían al lado, corriendo desesperadamente.
De pronto, Margaret logró divisar la finca vecina. Apretó más fuerte a la bebé contra su pecho mientras esta seguía llorando.
Las niñas saltaron el cerco que rodeaba la propiedad y ella replicó la acción. El automóvil estacionó justo al frente.
Robert, sudado y rojo de ira, contempló por un instante la idea de dejarlas ir o no, pero sus piernas tomaron la decisión primero y comenzó a correr tras ellas.
Stela llega alterada primero, azotando la puerta de aquella que ahora era su única esperanza.
Eliza, la vecina, abre la puerta. Traía puesto su acostumbrado delantal blanco, con manchas de harina adornando sus mechones rubios y su piel clara.
Aba pasa tras ella y toma a su hermana del brazo. Margaret las alcanza y, con el brazo libre, empuja débilmente a su amiga, cerrando la puerta tras ella con un estruendoso portazo que hace temblar los cuadros colgantes de aquellas paredes de madera.
—Dios mío, querida, ¿pero qué sucede...?
La puerta es azotada una y otra vez.
El esposo de Eliza deja sus trabajos de cultivo en el patio trasero y entra en la casa atravesando la puerta posterior. Toma su escopeta y la carga. Con largas zancadas, sin dudarlo, ya se encuentra frente a la puerta con un gesto severo. Las demás se alejan aún más.
Al abrir la puerta, Robert siente el frío metal golpear su frente y retrocede al instante. Tropieza sobre sus propios talones y cae sentado al suelo, asustado.