Espera, esto no tiene nada que ver con ustedes; yo solo busco a las damas. - Afirma cobardemente, aunque los llantos desgarradores de la bebé y los ojos llorosos de Margaret afirman lo contrario.
Eliz, llama a la policía ahora. - Dice Jhoseph, poco convencido de la inocencia de Robert.
La mujer obedece y, tras ella, Margaret guía a sus hijas a la cocina, donde las tranquiliza y verifica que su bebé esté segura, tratando de calmar sus llantos. Eliza se comunica por el teléfono fijo con los policías; luego termina la llamada y se acerca a la madre asustada con sus hijas.
Por un momento todo se detiene para Margaret: mira fijamente a su bebé. Atenea ha dejado de llorar; en cambio mira a su madre mientras gorgojea, abriendo de par en par sus ojitos. Margaret la acurruca contra su hombro, tomándola con amor; su pequeña e inocente presencia llena el corazón de Margaret, encontrando consuelo en sus hijas. La vida estaba siendo tan dura que ella supuso que las cosas mejorarían con el paso del tiempo, después de todo creyó que con trabajo duro podría seguir sosteniendo aquello que llamaba propio. Recordando el pasado, Margaret revivió aquellos momentos llenos de osio al lado de su esposo; él la hacía inmensamente feliz. Y es que eso es lo amargo de los momentos tan inefables: con un suspiro pueden esfumarse. Tan rápido y a la vez eterno. Meciendo a su hija, miraba su rostro pequeño y delicado. Tenía algunos rasgos de su padre, especialmente esos ojos marrones, tan oscuros como el café que ambos disfrutaban bajo el pórtico de la casa que construyeron juntos. Las lágrimas brotaban por sí solas cuando Margaret recuerda a quien ella creyó el amor de su vida.
Oh, Margaret, no llores, querida, tranquila. - La voz de Eliza era solo un eco borroso en los recuerdos dolorosos de Margaret.
Los días siguieron su curso, pero había algo que ella tenía claro: sus lágrimas no solucionarían su economía, ni criarán a sus hijas. Decidió limpiar esa finca y metieron en cajas los objetos invaluables, minuciosamente empaquetaron los objetos más frágiles, y con los días... Las paredes, antes inundadas de retratos felices, los rincones llenos de muebles adornados, fueron arrasados por la nada, y las paredes de madera quedaron vacías; todo era un reflejo doloroso de lo que Margaret, a su vez, limpió en su interior. De cómo guardó los recuerdos, los fragmentos más felices de su pasado para seguir con su vida, como si un huracán hubiera azotado los rincones más profundos de su alma, de su corazón solitario, destrozando todo a su paso, ahogando sus penas dejando sumergido su corazón. Lanzando un ancla en lo más profundo para que su barco quedara varado. No más sueños demasiado grandes, no más aventuras, no más locas hazañas. Solo ella, anclando ese barco en tierra firme aunque aislada. Anclando su vida en un segundo.