Atenea Salvatore.

Un horizonte autentico.

De pronto, los rayos de sol atraviesan los árboles que danzan alrededor, mientras las risas inocentes inundan aquel jardín. Una niña de cabellos dorados, ojos azul cielo y sonrisa deslumbrante corre entre los adornos del patio; una pequeña tela ondea aferrada a su espalda. La sostiene con fuerza mientras imagina un mundo de fantasía, con hadas que peinan sus rizos bajo la luz del amanecer. El aire puro atraviesa sus pulmones mientras corre con los brazos extendidos. ¿Será esto la vida? ¿La felicidad? Correr entre criaturas mágicas y mariposas que parecen impulsarla hacia el cielo.

Cuando Margaret era pequeña, solía seguir a su madre por toda la casa.

—Mami, algún día seré astronauta —dice la niña, recostada en el regazo de su madre mientras la máquina de coser resuena por toda la casa.

—Ah... ¿sí? ¿Y por qué quieres ser astronauta? —pregunta su madre, hablando con dificultad debido a la aguja que sostiene entre los labios. Sus manos callosas trabajan la tela con destreza.

—Para ver las estrellas y tocar una. Te traería cientos de ellas. —La pequeña apoya el mentón sobre el regazo materno. La mujer deja lo que estaba haciendo y baja la mirada, encontrándose con los ojos brillantes de su pequeño universo.

—Oh, mi dulce Geti... —Geti era el apodo cariñoso que siempre usaba con ella—. Mi delicada Geti, mami no necesita estrellas. —La toma por las axilas, acomodándola sobre sus piernas, y apoya el mentón en su coronilla antes de besarle la sien.

—Pero, ma, de verdad puedo traerte todas las que quieras. —El puchero en los labios de Margaret arranca una risa cálida de su madre, llenando a la niña de alegría.

—¿Para qué querría tantas si tengo a la mejor estrella de toda la galaxia aquí mismo? —La dulzura de su voz envuelve el corazón de la niña. Margaret se aferra a su hombro y la mujer la rodea con los brazos, acariciando su cabello en una escena sencilla, pero profundamente conmovedora—. Geti, sueñas muchísimo, pero voy a contarte un secreto.

Margaret levanta la vista, llena de curiosidad.

—Sí, mami.

—Lo más valioso por descubrir no está en las estrellas, los agujeros negros ni en la Vía Láctea. Está aquí. —Coloca una mano sobre el pecho de su hija, que la observa completamente absorta—. En el corazón, mi Geti. Allí viven las mejores aventuras y los misterios más grandes que puedas imaginar. Justo aquí. —Sonríe con ternura—. En tu corazoncito.

De donde venimos, a donde vamos. Cual será nuestro propocíto en esta vida, quizá solo nacimos para seguir un camino en concreto, quizá hayan más, quizá todos sean la suma de uno solo; Sea cual sea el caso en algún punto deja de importar solo caminas siguiendo un sendero impredecible. Así es la vida, impredecible. Y los adultos fueron niños, los niños serán adultos que alguna vez fueron niños, los adultos serán ancianos y los ancianos serán ancianos que alguna vez fueron adultos. El mimo fin. diferentes personas y tiempos.

La dulce muchahita, de rizos dorados, la dulce niña con sueños soñadores. Como podria algun dia fragmentarse aquel corazón tan puro si eso es siquera pocible.

En el apretujado corazón de la madre de Margaret, ella era su esperanza, su niña, su cielo sin importar el camino que decida tomar en esta vida ella siempre estaría orgullosa de su hija, de su cielo.

El barco seguía balanceándose sobre un mar tranquilo. Aquellos recuerdos de la infancia trajeron a Margaret una calma inesperada. Tal vez vaciarse por dentro y dejar atrás lo superficial le permitió comprender qué era realmente importante. Y había estado frente a ella desde el principio.

Sus hijas.

Y es que desde el fallecimiento de James las niñas así como ellas debieron dejar atrás los lujos tanto como aquella sensación de calidez que James brindaba a su familia. Sin su compañero leal todo se había ido a la mierda. Nuestra mami luchona intento cuanto pudo pero sostener aquella finca criando a sus hijas sola se había vuelto una tarea imposible.

Con una leve sonrisa, observa a las tres pequeñas: sus pedazos de estrellas. Ellas eran su hogar, su galaxia, la razón por la que seguiría adelante.

Apoya la mejilla sobre la cabeza de Stela mientras contempla a la bebé dormida en la carriola. Rodea a sus hijas con el brazo y permanece despierta el resto de la noche, pensando en todo lo ocurrido, en toda su vida .

Cuando el amanecer comienza a teñir el horizonte, las niñas despiertan y corren hacia la barandilla del barco. La mayor saca unos sándwiches de una cesta mientras Aba sirve té desde un termo.

—¿Quién quiere un poco de maní? —pregunta Margaret.

Las niñas corren enseguida hacia ella con los sándwiches en la mano.

—¡Yo primero! —grita Aba, empujando apenas a Stela.

—¡No, yo! —responde la otra, devolviéndole el empujón.

La discusión provoca una sonrisa en Margaret, quien aprovecha para darle un mordisco a su desayuno mientras carga a Atenea en brazos.

La bebé había despertado varias veces durante la madrugada, pero Margaret la alimentó y cuidó en silencio para no incomodar a los demás pasajeros. Aun así, no logró dormir, permaneciendo alerta por sus tres niñas.

Atenea extiende sus regordetes brazos hacia su madre. Con los ojos abiertos de par en par, observa la pelea de sus hermanas mientras patalea en el aire, hasta que Margaret la acomoda contra su pecho.

—Bien, basta ya. Stela, ponle mantequilla también al de tu hermana.

Las niñas se sacan la lengua, aunque obedecen sin protestar. Margaret ríe suavemente. Atenea continúa chupando su pequeña mano como si fuese un dulce, y eso le arranca otra sonrisa. Con cuidado, retira el diminuto puño de su boca y vuelve a acunarla.

Luego toma unos lentes de sol de la canasta y se los acomoda sobre la cabeza antes de contemplar el amanecer. Una sonrisa ilumina su rostro mientras señala el horizonte con entusiasmo.

—Miren, niñas... miren.

Las pequeñas vuelven la vista hacia el mar y comienzan a contemplarlo asombradas. Era sumamente hermoso, directamente sacado de un cuadro. El destino... pues la casa de la Tata Charlot. En porto fino esperan los padres de Margaret más que conformes con el echo de poder rencontrarse con su tesoro luego de años compartiendo cartas y unas cuantas visitas.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.