Atenea Salvatore.

La sentencia del cerebro martiriza al corazón.

Francia... 28 de enero del 2019.

Las olas pintaban un perfecto paraíso rodeado de cimientos antiguos que guardaban más recuerdos que cualquier mente humana. ¿Por qué, en un lugar de tanta paz, siento una tormenta en mi interior? Oh Lord... ¿Qué debería hacer para terminar con esta tristeza? No me siento mía, no soy mía. Paso más tiempo pensando en el miedo que me da morir, olvidándome de vivir. ¿Qué debo hacer si mi mediocre existencia no cumple ningún fin, si no encuentro el propósito por el cual existo? ¡Dios mío! me estoy rindiendo, si es que ya no lo he hecho viviendo una vida mediocre. Fingiendo que estoy bien, fingiendo que cada broma, sonrisa, momentos tontos y este maldito; Maldito! corazón que perdona demasiado rápido y es tan sensible... Finjo. Finjo que no me duele, pero algo se quema poco a poco; mi alma se harta de no fluir y mi mente de pensar.

Uñas mordisqueadas, mechones largos de su cabello dorado y ondulado alborotándose con la fría brisa del invierno, labios secos y ojos ligeramente rojos e hinchados, marcados con ojeras. Aquellos ojos verdes intensos perdidos en la lejanía donde el mar no dibujaba nada. Un cielo gris, tan gris como su sentir. El cemento bajo sus pies descalzos tenía una extraña vibración, y sus pies comenzaron a moverse solos, al igual que sus manos, arrancando su ropa de invierno pieza por pieza mientras una tenue sonrisa, casi imperceptible, se formaba en aquellos labios finos y agrietados y las lagrimas escurrían rápidas, ligeras como aquella llovizna.

Nadie pasaba. Todas las personas estaban encerradas, resguardadas del frío de -7 grados. Resguardadas en sus hogares, pero ella sin pertenecer, sin ser, sin querer... sola. Sola decidió tomar impulso y seguir la electricidad que recorrió su espina dorsal mientras se alejaba del borde lentamente, hasta detenerse un momento mirando de forma vacía el mar. Tomó impulso y corrió hasta que las puntas de aquellos pies descalzos se despegaron del cemento que la arrastraba, y, por unos segundos su cuerpo suspendido en el aire la hizo sentir viva; viva y aún más viva cuando cayó en las profundidades de aquel helado mar.

Su cuerpo deteriorado sintió alivio. El alivio de ser envuelta por el mar, como un abrazo cálido que sintió con cada fibra externa e interna de su desconectada y absurda existencia. Cerró los ojos y sonrió ampliamente, sin ningún esfuerzo por flotar o nadar. Comenzando a hundirse, abrió los ojos. Las burbujas del oxígeno que escapaba de sus pulmones cubrían su escasa visión. Con un movimiento fluido y suave de las manos esparció aquellas burbujas y vio la luz de la superficie cada vez más tenue. Sus senos endurecidos por el frío intenso y el vello erizado sobre su piel pálida.

A punto de rendirse, se sentía viva. Nada dolía, nada temía. Nada. Un vacío absoluto, como si el mar hubiera tomado sus pensamientos, sus penas, lo más profundo que la aturdía, dejándola limpia. Sintió una electricidad recorrer desde la punta de los dedos de sus pies hasta la coronilla de su cabeza. Los peces, ajenos a todo, nadaban cerca de ella rozando su extrañamente cálida piel.

¿Qué es este existir sin miedo?, pensó. ¿Qué es esto? Señor... no siento miedo, angustia. Nada duele. Me siento ligera, como si la presión que ejerce el mar sobre mi cuerpo fuera un ligero masaje a mis intestinos podridos. Y nadie, nadie grita mi nombre. Nadie ha saltado en mi rescate, nadie llega. Me consume el océano cada vez más oscuro; siento que me voy lentamente, cada vez más profundo. Pero, por alguna razón, esta sensación no es nueva. Nada nueva.

Luego de estar sumergida, con los ojos cerrados, cada vez más rendida ante la vida, sus pupilas se dilatan y siente que cae sin detenerse, aunque cada vez más rápido, hasta que de repente comienza a mover sus brazos, ondeando ligeramente, seguido de sus piernas. Con un ligero giro toma impulso, pateando el mar e impulsando sus brazos comienza a nadar. Nada sin pensar. Por primera vez en quizá demasiado tiempo solo piensa en una cosa: llegar a la superficie.

Los peces aturdidos comienzan a alejarse mientras ella lucha con el poco aire que queda en sus pulmones. Lucha, nada y nada, cada vez más cerca y a la vez tan lejos. El mar le roba las lágrimas, volviéndolas parte de sí. Hasta que al fin... al fin.

Lo primero en asomarse son sus ojos cerrados con fuerza y su boca completamente abierta tomando una bocanada de aire que parece nunca ser suficiente. Comienza a toser y flotar. Pasando sus manos por su rostro, tosiendo residuos de agua salada, peinando su cabello hacia atrás, siente las gotas de lluvia que han comenzado a azotar el mar y todo a su alrededor.

Ríe mientras intenta respirar, ríe mientras llora, grita y llora mientras se mantiene a flote. Entre lágrimas y gotas de agua mira al cielo. Sus ojos cafés, antes muertos, tienen un destello. Un maldito destello de algo que su ahora confundida existencia no logra captar.

La vida termina. Nadie vendrá a salvarte. Nadie comprende cómo realmente te sientes. Vivir es más que dejarse fluir; es sentir. Sentir la presión de un jodido mar ahora tenso rozando tu piel desnuda con frialdad. El mar, antes sereno y suave, ahora se muestra fiero. Se deleita con ella, incitándola a salir, obligándola a nadar con dificultad hacia tierra firme. El frío no la afecta y, aunque le está costando todas sus fuerzas nadar, no parece importarle.

Nada hasta que sus brazos emergen del agua por completo. Sus dedos se enganchan con fuerza al borde de cemento y, de un impulso, sale del mar. Su piel desnuda, sus pechos y su vientre son recibidos por el frío pavimento mientras se arrastra hasta quedar completamente fuera. Gira sobre sí misma, quedando tumbada allí, sintiendo las gotas azotar y acariciar su cuerpo al mismo tiempo mientras su espalda y trasero asimilan el frío intenso.

Su vientre sube y baja. Siente calma. Joder... ¿he muerto o estoy viviendo? Se cubre el rostro y vuelve a llorar, sentándose mientras sus pies aún cuelgan de la orilla. Llora, llora desconsoladamente. Llora por lo que no lloró en su momento, llora por lo que le duele, llora por lo que la hace feliz, llora por las cosas tan profundas que siente y no entiende.




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