Se levanta del suelo, alza la vista hacia el montón de ropa que ahora está empapada. Con sus brazos se abraza a sí misma, cubriendo sus pechos. Gira sobre sus talones y comienza a caminar lentamente, dejando atrás sus prendas sin importarle nada, simplemente... ya no llora, ya no puede. Su cabeza duele, pero entre tanto dolor siente calma.
Recorre las calles y a las escasas personas, pero quienes se la cruzan quedan despavoridos, creyendo que el mal tifón ha despertado a un alma en pena.
Este punto medio tan introspectivo y frágil, incitándola a ceder nuevamente y volver a su patética existencia o simplemente romper los moldes y liberarse. Su visión borrosa y limitada por la lluvia, pero sabiendo de memoria el camino a su casa, al fin llega.
—¡Atenea, por Dios! ¿Qué te sucedió? —Margaret luce sumamente preocupada, conmocionada, estupefacta. No sabe qué acaba de suceder con su hija—. Atenea, ¿Dónde estuviste?
Su madre rápidamente la mete dentro mientras sus dos hermanas la cubren con mantas. La hostigan con preguntas sin respuestas hasta sentarla en el viejo sillón de la abuela. Las tres contienen el aliento al verla. Atenea sostiene los bordes de las mantas con fuerza sin dejar de abrazarse a sí misma. Aún no ha hecho contacto visual, pues luce completamente ida.
—Atenea... —su madre, tomando asiento a su lado, la abraza, repitiendo su nombre no de forma brusca, más bien buscando su atención.
Por instinto recuesta la cabeza de su hija contra su pecho, frotando manos y cálidas contra el frío hombro de Atenea. Sus hermanas se unen abrazándolas. Sin mediar palabras, intentando con afecto físico consolar una pena ajena que no comprenden. Atenea, aún con la mirada perdida, siente sus ojos arder y las lágrimas deslizarse sin permiso alguno junto a silenciosos sollozos.
¿Cómo expresar lo que sientes cuando tu alma, corazón, intestinos, cerebro y toda la locura de tu interior no logran coordinar con tu lengua? ¿Se puede ser luz sin tener brillo? ¿Acaso puede alguien haber brindado hasta destrozar cada parte de sí para llenar otros mundos mientras el suyo caía en pedazos? Mientras ella, al son de una música melancólica, veía los desgarres de sí misma, sus fragmentos cada vez más ajenos. ¿En qué punto se alejó tanto de sí misma?
Los días siguieron su curso, pero en la pequeña casa de las Salvatore, algo había cambiado. Quien antes llenaba la acogedora casa con alegría ahora lucía desconectada, como si alguien hubiera ocupado el lugar de su antes carismática y dulce hermana e hija. Y es que; desde su nacimiento y parte de su infancia, la pequeña Atenea, en su plena inocencia, creyó que con carisma y sacando sonrisas podría disimular el dolor de los momentos más difíciles que su familia por los que su familia había atravesado.
—Atenea, querida, deberías comer algo. Por favor, no has probado bocado en más de tres días. —Margaret, arrastrando cada palabra con preocupación, desde el otro lado de la puerta, pega su oreja a esta intentando captar algún sonido o algo que le dé la pista de que su hija está allí dentro—. Por favor, hija, dime qué te sucede.
Las dos chicas que estaban preparando la cena se percatan de la situación y van con su madre, pegándose a ella y permaneciendo también atentas en silencio, esperando alguna señal.
—Quizá está dormida —dice Emma en un susurro mientras rodea con sus brazos la cintura de su madre, percibiendo y compartiendo una preocupación que solo ellas comprendían.
—Ya, pero no ha salido de ahí en días. Más que dormir, ha entrado en un coma. —Sabrina escupe cada palabra fingiendo fastidio en un intento absurdo de minimizar la situación se recuesta contra la pared cercana, cruzada de brazos.
Sus palabras, aunque frías. Intentan generar algún tipo de respuesta por parte de Atenea o al menos, aligerar el ambiente. Pero aquella postura y tono delatan su genuina preocupación.