Puertas adentro, en la habitación iluminada solo por la tenue luz de una lámpara, la silueta de Atenea se cierne entre las sombras. Sentada frente a su escritorio, con lápiz en mano y una hoja en blanco, la observa fijamente.
Han pasado tres días desde el incidente en la costa. Siente que cosas profundas suceden en su interior, cosas que no comprende, pero que se sienten como un nudo de emociones sumamente intensas que refleja en el exterior con arrebatos de ira y llanto. Entonces se aísla. Se aísla para no lastimarse a sí misma o al resto. Se encierra en un intento torpe de protegerse mientras los nudos afilados de emociones reprimidas comienzan a desatarse.
No escucha voces. Está perdida en sí misma, desconectada, disociada. Quizá loca. Completamente loca.
Así los días pasaron y las tres mujeres no tuvieron más opción que darle su espacio. Todas alzaban la vista hacia su ventana, que se cerraba de noche y se abría de día. Era su única señal de vida. La única esperanza que tenían, el recordatorio de que ella seguía allí.
Algunos días las aves se posaban en aquella ventana como visitándola. Los picaflores mañaneros solían robar el néctar de las flores que colgaban allí, contrastando con el interior de su habitación, que podría marchitar cualquier planta si permaneciese más de dos minutos dentro. La podredumbre de las personas rotas.
Tirada en su cama boca arriba, disociando, su cuerpo y entorno desprenden un olor profundamente fétido, aunque ella misma no logre percibirlo o simplemente ya no le dé importancia. Qué rota. Qué vacía. Qué vacía parece ser la vida. Una existencia tan efímera, llena de reflexiones desconectadas, llena de nada.
Su madre y hermanas siempre le dejan bandejas con comida en la puerta, aunque estas aparecen a medio comer, como si luego de las primeras tres mordidas simplemente se hubiera rendido antes de intentar la siguiente.
—Ya, madre, déjala, que solo la vas a aturdir. —Sabrina y Emma retienen a su madre, quien, decidida y desesperada, ya no soporta más.
No soporta el dolor de su hija. Lo siente suyo. La hace llorar, la hace sentirse desesperada. Siente que la pierde y eso la lleva a un delirio desesperado por ayudarla.
—¡Que me suelten o por Dios que no respondo! —soltándose abruptamente, camina decidida.
Atenea, desde su habitación, oye cada paso como un estruendoso ruido que llena su silenciosa existencia. Margaret toma las llaves de su delantal y abre la puerta torpemente. Sus hermanas, curiosas, asoman la cabeza.
Al entrar, las tres son recibidas por el olor nauseabundo que emana el entorno. Margaret la observa sorprendida. La primera emoción que Atenea muestra en mucho tiempo. Margaret contiene las lágrimas mientras camina decidida hacia las ventanas, arranca las cortinas y la habitación se llena de luz.
Atenea se cubre los ojos intentando adaptarse nuevamente a la claridad.
—¿Pero qué crees que haces? ¿Cuánto más vas a seguir así? Dime, ¿en qué podría ayudarte encerrarte como un puto muerto? —Margaret adopta una postura firme, contrastando con el tono alto y alterado con el que se expresa, reflejando su exasperación.
Mira el estado de Atenea, quien aún no levanta la mirada del suelo. Sus hermanas la observan expectantes.
—Solo dinos qué tienes, Atenea. Vamos, que te podemos ayudar. —Emma se acerca intentando brindarle consuelo, aunque Atenea sigue sin responder.
—Sabrina, prepara la tina. Emma, ve por las cosas para asear esta habitación.
Sin esperar permiso, Margaret ordena y toma a Atenea, guiándola al baño mientras las otras cumplen la orden.
Margaret desviste a su hija menor con sumo cuidado. Su cuerpo casi desnutrido la hace romper en llanto. Un llanto torpemente controlado. A medida que se deshace de la ropa, destellos de recuerdos cruzan su cabeza. Recuerda lo regordeta y dulce que fue al nacer, cómo se sentía verla reír torpemente al crecer.
Es demasiado. Demasiado dolor reflejado en sus ojos.
Atenea se siente culpable mientras su madre frota su cuerpo delicadamente con una esponja.
—Lamento causarte tanto dolor, mamá. Es mi culpa.
Esas palabras, aunque frágiles, hacen que Margaret se rompa. Suelta la esponja mientras rompe en llanto. Se desmorona al verla en tal estado. Las hermanas escuchan desde la habitación que están aseando, pero deciden no intervenir.
Margaret sigue llorando hasta contenerse. Limpia sus lágrimas mirándola. Sin mediar palabras vuelve a su labor, limpiando su cuerpo con delicadeza, deshaciéndose de toda mugre. Masajea su cuero cabelludo mientras el agua cae sobre su cabeza, reconfortando a Atenea.
Esta cierra los ojos, disfrutando del cuidado maternal que, por más simple que parezca, va arrastrándola lentamente hacia la luz.