Atenea Salvatore.

Flores de cerezo.

El cuidado maternal se convierte en un acto de resistencia frente a la muerte emocional. Ella no intenta convencerla con palabras, sino con actos concretos de amor. No busca mediar palabras, ella fue joven, ella es humana, empatiza y comprende con actos. Actos de amor que dicen más que mil palabras.

Sabrina entra varios minutos después y envuelve a Atenea en una toalla, su cuerpo tiembla ligeramente mientras se deja llevar, levanta la vista al llegar a su habitación, ahora ordenada, completamente limpia.

—Te dejé tu té favorito junto a tu escritorio —dice saliendo de la habitación.

Nadie intenta abrazarla, nadie la mira con lástima, ninguna en la habitación intenta consolarla con palabras. No son ajenas al dolor de Atenea, sino lo contrario. Son sumamente conscientes de ello y, por lo tanto, mediar palabras es innecesario, innecesario pedir respuestas, explicaciones; solo buscan consolarla haciéndola sentir que siguen allí.

Atenea se sienta en su cama con sábanas suaves recién puestas y mira su entorno, de a poco esos ojos vacíos van recuperando esencia.

Margaret indica a las chicas salir antes de cerrar la puerta. Conecta miradas una vez más con Atenea, como si sintiera que lo que hizo por un acto desesperado de amor pareciera haber rendido frutos.

La puerta se cierra con un suave clic y Atenea se levanta, camina hasta su armario, luego de vestirse se acerca a su escritorio, esparce nuevamente unas hojas y toma una pluma. Su mente comienza a despejarse, gira la cabeza al oír el canto de los pajarillos revoloteando sobre las flores en su ventana, suelta el bolígrafo y camina hasta recostar las manos. Por primera vez asoma su rostro fuera; la brisa suave la recibe y el néctar de las flores inunda sus fosas nasales con el suave olor del mar que logra divisar a lo lejos.

Baja la vista y nota a los vecinos que pasan mirándola como si vieran un animal exótico. Regresa a su habitación y toma unas pinzas para el pelo, baja las escaleras atándose un moño. Al llegar a la cocina las tres mujeres dejan lo que estaban haciendo y la miran. Sabrina y Emma con la mesa a medio poner, Margaret camino a la mesa con una olla de comida en mano. Luego de un silencio de unos segundos, Margaret sigue su camino y las hermanas, mirándose, siguen la corriente a su madre; todas siguen en lo suyo.

Atenea se acerca al lavavajillas y toma las tazas para luego colocarlas en la mesa. Nada ha vuelto a la normalidad, pero algo se siente diferente, extrañamente reconfortante. Entre tanta locura. Atenea da pistas, empújenme, arrástrenme hacia la luz.

El entorno en la mesa mientras comen es silencioso, no hay risas porque la situación no tiene gracia, pero frases como "pásame la sal" o "¿les gustó la comida?", que pregunta Margaret, forman esporádicas charlas que no son forzadas. Atenea juega con la cuchara observándolas, no le prestan atención pero saben que está allí. De a poco Atenea lleva la comida a su boca, un bocado tras otro, masticando con paciencia.

Cuando nos rompemos comprendemos que los actos de amor más profundos son los hechos, la paciencia con la que te espera, observarte sin lástima, no forzarte a nada, no forzarte a reanudar algo que no entiendes o no sabes cómo retomar.

Al terminar la cena Atenea anda lavando los trastes con sus hermanas en silencio, coordinando movimientos de secado, enjuague y lavado. Cuando terminan, Emma y Sabrina suben a sus habitaciones, pero Atenea camina lentamente, se detiene dos escalones arriba, girando ve a Margaret, quien con toda la fuerza del mundo contiene sus emociones para no atosigarla.

Atenea, sabiendo esto, se regresa y la abraza por la espalda. Margaret siente su corazón acelerarse y todo en su interior revolverse, sigue limpiando la mesa pero más despacio, como dándole tiempo de permanecer allí.

—Te amo, mamá —aprieta su abrazo.

Luego de un silencio cargado de sentimientos Margaret logra mediar palabras.

—Venga a dormir, jovencita, que ya es tarde, con esas ojeras pareces más mapache que mujer.

Atenea regresa a su habitación, se sienta frente a esas hojas en blanco, lo que antes la aterraba, lo que la abrumaba. Toma el boli comenzando a desatarse, escribe con paciencia, tachando errores, aunque al principio le cuesta, pronto comienza a dejarse llevar, plasmando en aquellas hojas su sentir, aunque torpemente lo esclarece lo más posible.

Una vez finalizado deja todo y, a pasos exhaustos, se tira en la cama, estira el brazo apagando la luz. Toda la habitación se sumerge en la oscuridad, pero hay algo diferente, no es una oscuridad como la anterior. Ahora siente cansancio. Los ojos pesados, párpados cerrándose, sumergida en el mundo de los sueños.

En la mañana Atenea decidió dejar su habitación y salir a correr, antes que saliera el sol, con los auriculares puestos comenzó una serie de estiramientos antes de comenzar su recorrido.

Los faroles presenciaban su silueta débil mientras se escabullía entre trote y trote por los callejones de Portofino. Las personas comenzaban a salir, comenzar sus días, sus rutinas. Luego de quince minutos el sol también se asomaba lentamente, todo seguía su curso, nada ni nadie se detuvo por ella. El mundo seguía siendo el mismo.

Aquella noche limpió su habitación, recogió sus cosas y las guardó en cajas, empacó su ropa y abrió las ventanas. Decidió darse otra oportunidad, pero esta vez sería mejor, esta vez comenzaría a vivir. Cerró la puerta de su habitación, bajó las escaleras para ver quién había llegado primero a casa.

Emma abrió la puerta sosteniendo en su mano derecha las compras, entonces ella se acerca para ayudar.

—Gracias, es que ya se me estaba durmiendo el brazo.

Atenea ríe ligeramente ante su comentario y del baño sale Sabrina envuelta en una toalla.

—Venga, ¿Qué has traído? —abre las bolsas sacando puras verduras e ingredientes crudos de cocina—. No me has traído ni un chocolate, qué mal.-Reclama con esa mueca trisre claramente fingida.




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