No recordaba haberlo escondido tan bien. Por aquí debe de estar: no se pierde algo tan grande así como así. El ático está hecho un caos: pilas de libros, cajas de ropa, muebles viejos y polvo por doquier.
—¡Jack, ya dime si lo moviste!
—¡No, querida! ¡Ya sabes que yo no me meto ahí! —grita desde abajo.
Hurgo tras una pila de libros y mis dedos chocan con algo metálico. Lo saco con esperanza, pero solo es una bandeja de plata.
Al ver mi reflejo en el metal, me quedo pasmada: tras de mi una de las cajas que acababa de revisar se abre de golpe.
Dejo la bandeja y me aproximo a la caja. Al asomarme, solo hay papel periódico arrugado. Meto la mano hasta el fondo y mis dedos rozan un borde metálico con relieve. Por fin, aquí está. Saco el gran espejo ovalado de marco dorado que tanto me gusta, aún cubierto por una manta.
—¡Jack, lo encontré! —grito con entusiasmo.
No hay respuesta.
—¡Ya puedes dejar de buscar, cariño!
—¡De acuerdo, linda! —su voz suena extraña. Debe ser por la distancia.
Destapo el espejo y el destello de la luz me encandila un segundo. Cuando aclaro la vista, un escalofrío recorre todo mi ser.
En el reflejo veo a Jack parado tras de mí, haciendo una señal de que guarde silencio con su mano.
—¡Querida, ¿ya vas a bajar?!
Si Jack está abajo ¿Quién es el que está tras de mí?
Giro para verlo y, entre susurros me ordena que le diga que ya bajaré.
—¡En un segundo, cariño! —contesto, intentando que no se note el temblor en mi voz.
Este Jack es idéntico a mi marido, a excepción de sus ojos heterocromáticos: uno verde olivo y el otro gris. Además, tiene una cicatriz profunda que le cruza la mejilla izquierda.
—No tengas miedo, soy Dan. Tú casi no estás por aquí, ¿verdad? —susurra con tono infantil—. Jack siempre sube solo, no me deja ver a nadie. Excepto aquella vez que me llevó a ese edificio con personas de batas blancas.
Me quedo pasmada. No sé qué decir, ni qué pensar.
—¿Querida?!¿Ocurre algo?—la voz de Jack suena cada vez más cerca—. ¿Necesitas ayuda? —ya está en el último peldaño.
Dan me hace señas desesperadas para que guarde silencio.
—No, cariño. Estoy buscando un soporte para colgar el espejo. No te preocupes, bajo en un segundo. —mi voz suena torpe, pero extrañamente calmada.
—¿Por qué estás aquí? ¿Por qué eres igual a Jack? —balbuceo, retrocediendo hasta tocar la pared.
—¿Jack no te ha hablado de mi? —susurra con tristeza—. Es mi gemelo. Mamá decía que yo era el más guapo... —sonríe, pero su gesto de tristeza vuelve—. Por eso me hizo esto —se toca la mejilla y en sus ojos solo hay terror—. Ya no quiero estar aquí solo, por favor... —se hinca y junta sus manos—. Llévame contigo. Jack dice que nadie quiere ver a su otra mitad siendo tan feo, pero ya me cansé de estar aquí solo.
El picaporte gira seguido del estruendo de la puerta. Dan suelta un grito de terror al ver a su hermano.
Intento correr, pero Jack es más rápido; me arrincona empujándome hacia la pared, con una fuerza que no sabía que conservaba. Empuña la bandeja de plata, la alza y el destello del metal me encandila un segundo antes del impacto.
Siento un estruendo en mi frente...
La habitación da vueltas...
Dan llora...
El suelo se acerca...
—¡Corre...! —un intento de susurro sale de mis labios.
Antes de que todo se vea negro, escucho la voz de Jack con una ternura escalofriante:
—Tranquila, querida. Cincuenta años de secretos por fin acaban hoy —alza de nuevo la bandeja y...