Atlantis: Guerra del Imperio Perdido.

4

—Me sorprende que aceptaras tan rápido — se colocó la capucha otra vez cuando salimos del hospital.

—Me has salvado la vida, me insistes varias veces y cuando acepto me lo preguntas. Ni quien te entienda — rodé los ojos y seguí caminando.

Tenía suerte de que Halstead estuviera ahí y las enfermeras me hicieran el favor de adelantar mi alta. Nos quedamos un rato ahí Landon y yo buscando la manera de hacer las cosas. Claramente no salió como teníamos planeado, pues el interno entró sorpresivamente y lo vio ahí.

Nos dejó salir después de unos chequeos más y de amenazar al rubio de que me cuidara. Las cosas hasta ahí habían sido algo incomodas, y digo algo porque esa no es la peor parte.

Me habían despojado de mi ropa toda húmeda y no tenía nada más que ponerme, lo único que no quedó empapado fueron los tacones, estos se habían secado durante todo este rato, así que llevaba puesto era una sudadera que me dió el doctor Halstead y mis zapatos.

Caminamos por las aún húmedas calles de Chicago, no era sorpresa para mi la clase de miradas que estaba recibiendo. La gran hija del futuro alcalde de la ciudad vestida como si fuera verano y saliendo del hospital unas horas después del aparatoso accidente que se volvió viral hace unas horas.

Me detuve de golpe y lo miré cuando el imitó mi acción.

—¿Qué ocurre?

—Necesito despedirme.

No sabía porqué pero algo me estaba pidiendo a gritos que regresara al hospital y buscara a Lexie. Me despediría únicamente de ella, la única a quien realmente le he importado este tiempo, y creo que merece saber que me iré por un tiempo. No puedo hacer esto de manera tan sorpresiva para ella.

Vi como Landon pensó un segundo las cosas y asintió lentamente. Me di la media vuelta y comencé a caminar por la misma ruta de donde veníamos.

—¿A dónde vamos?

—De regreso al hospital, no me iré sin despedirme de Lexie —. Le di una última mirada y regrese la vista al frente.

A los pocos minutos volvimos a ingresar a las heladas instalaciones médicas. Subí al piso donde estaba mi amiga con el chico, pero cuando entré a su habitación estaba vacía. No estaba ni la cama.

Sentí una oleada de preocupación.

—Debe de estar en los chequeos o alguna quimioterapia —intentó darme esperanza el rubio.

Negué con la cabeza sin contestarle nada y salí en busca de una enfermera.
 

—Disculpe ¿Lexie Adams? No está en su habitación.

Checó algo en su tabla y me dio una triste sonrisa. Mierda.

—Linda, no se como explicarte eso pero la señorita Adams pidió la eutanasia hace unas horas, deben de estarla preparando... si gustas puedo guiarte y tal vez logres hacerla cambiar de opinión — me coloco una mano en el hombro y me estremecí.

Aborrecía el tacto con extraños.

—Necesito verla una última vez — me trague el nudo en la garganta y la seguí por los blancos pasillos hasta llegar al subterráneo.

La vi ahí, después de mucho tiempo, finalmente lo estaba dando todo para ponerse de pie. Su bata blanca que le asignan en el hospital, las intravenosas en sus brazos y todo su cuerpo temblando en un intento de sostenerse y poderla llevar hacia el cuarto donde le darán su descanso eterno.

Quería gritar y detenerla, pero ya era muy tarde. Con las manos temblorosas de la adrenalina caminé por todo el cuarto hasta pararme en la ventanilla que nos daba vista a ella. Sus padres y Florian estaban aquí.

El último levantó la vista del sueño y vi como se le iluminó un poco la mirada. Puede que yo no me permita derrumbarme, pero si podía sería el sostén de otros en este momento.

—Creí que tú estabas grave en el otro lado del hospital... — dijo casi en un susurro.

—No fue tan grave como la gente pensó — respondí de la misma manera.

Una enfermera se acercó a ella tras la ventana y le susurró algo al oído a lo que mi mejor amiga asintió. Lentamente el vidrio comenzó a bajar y pude verla con mayor claridad.

Sus ojos se cristalizaron cuando nos vio a todos y finalmente posó su vista en mi, dándome una sonrisa triste.

Sin saber que hacía, seguí mis impulsos y atravesé la puerta por donde ella antes había entrado y me abalancé sobre ella.

La rodee con mis brazos fuertemente sin querer soltarla.

—No olvides que te amo — me susurró aún en la misma posición.

—Lexie... no quiero que pienses mal, pero me alegra que tomaras esta decisión, estoy muy orgullosa de ti y ya no te quiero ver sufriendo cada día más. No se lo que se siente, pero se lo mucho que te duele. Quiero que te vayas en paz y que sepas que nadie jamás va a poder reemplazarte — la voz casi no me salía gracias al constante nudo en la garganta —. Gracias por todo... por cada sonrisa, por cada lagrima, por cada momento bueno o malo que vivimos juntas. Eres la única persona en este mundo que me conoce de verdad, la que no me juzgo y la que se tomó el tiempo de escucharme cuando estuve sola. Prometí que te acompañaría hasta el final y aquí estoy. Te amo.

—Yo no tengo palabras que decirte, así como yo contigo, tú también me acompañaste en cada momento duro. En mi primera quimioterapia, cuando me raparon, la única que no me abandonó aún sabiendo que iba a morir un día. Gracias por apoyarme en esta decisión.

Sentí la mano del doctor tocarme el brazo y entendí la orden. Debía de alejarme, era hora.

Me limpié las lágrimas que me habían salido involuntariamente y volví a la sala con los demás.

Sus padres se notaban destruidos, perder a su única hija, si a mí me dolía no me imaginaba a ellos que era su sangre. Ver a aquella persona a la que creaste y criaste irse, carajo se me volvía a partir el corazón nada más de pensar en eso. 

Me acerqué a Florian y me posicione a su lado. Él siempre se había caracterizado por ser alguien fuerte decidido y siempre se mantenía de pie fuera lo que fuera que le pegaba. Pero esta vez fue diferente, sus ojos rojos y sus mejillas llenas de lágrimas observaron el vidrio subirse, sabíamos que Lexie necesitaba su privacidad para hacer esto y se lo daríamos.




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