Loki
Es dulce,
los abrazos del resto mañanero.
Ese iris naranja y mi alarma me levantan
para no dejar mi propósito en pausa.
Uno que ni conozco;
pero lo tengo.
Pararme es complicado.
La cobija se siente más suave de lo normal,
el colchón parece hundirse un poco más
y mis almohadas me atrapan,
quizás así vuelva a soñar.
Pero es lo que toca.
Camino al baño y me topo con mi retrato.
Entraría a la ducha, pero gana la pereza;
solo lavo mi rostro
y me unto crema
para que la piel no siga tan seca.
Si el agua no me levanta,
uso una polvorienta magia
y voilà,
tengo energía suficiente
para delirar un día más.
Disimulo el olor con algo de loción.
Arde un poco cuando me rocío;
será algo normal,
al final lo podrido no se va
y ya.
Para desayunar, algo simple:
café amargo
y un cigarro.
Lo hago con afán,
pues la gente interesante
nunca sale tarde.
Pero antes de cruzar el umbral
tengo que hacer el último ritual.
Mamá me lo enseñó.
Decía que no puedo mostrarme al mundo
como un libro abierto,
que debemos protegernos.
Pocos tienen el privilegio de leernos.
Que a veces es mejor
usar un rostro distinto.
Por eso me acompaña,
para cuidarme
y no ser leído.
Me ama.
No me insulta ni me juzga.
No habla ni pestañea.
Le gusta estar recostada
en el suelo del apartamento,
fría,
siempre quieta.
Lo importante es que me
protege,
desde donde sea que esté ahora,
incluso me presta su rostro
de vez en cuando
para poder salir.
Y, al ser un buen hijo,
sigo su consejo
como mi único mandamiento.
Uso su cara sobre la mía,
firme,
con un buen hilo
y pegamento.
Odiaría que cayera
y me descubrieran.
¿Descubrir qué?
Ni idea.
Aunque la gente se sorprende
cuando me ve.
Mirarán otra cosa:
mi cuerpo,
el gabán desgastado.
Lo que hay bajo el disfraz no importa,
porque no se ve.
Lo que sí debería preocuparme
es no llegar tarde.
¿A dónde?
No sé.
Será la inercia:
levantarme,
organizarme,
salir a la calle.
Creo que así
me volveré importante.
Estoy condenado a triunfar.
Mientras eso sucede,
me relajo estando acá.
A nadie le importa si finjo.
Sería hipócrita:
ellos hacen lo mismo.
Diluyen sus almas,
crean personalidades.
Y no soy tan iluso.
Para eso uso la de mi madre.
Superando el teatro.
Pero nunca entendí
para quien actuamos,
ni qué no debo dejar leer.
Aunque por algo aprendimos
a disfrazarnos,
¿no crees?