Atlas: un inventario que trata de leer el mundo con poesía

Omega

Me siento sucia.

Es el pecado por el que el representante me castiga, aunque nunca lo vi escrito en centenas de libros.

¿Acaso blasfemo?

Trato de meditar y dudar en mi habitación, donde su mirada no logra traspasar la reja de mis ventanas.

Quizás respete mi privacidad, aunque no sé si nos observa cuando el cura me acompaña a "rezar".

Sigo sin entender su ritual.

No hay luz, ni calma, ni una esperanza visible. Tal vez escuche los profundos versos que expulsa en su lento aliento.

A veces pienso que el límite se diluye. Hay algo en el acto que aún no comprendo. Tal vez llore por eso, por no entenderlo.

Quizás existan lugares como este, escondidos tras paredes impecables, donde no observa, no castiga, no interviene.

Su mirada parece ir más allá, y su presencia habitar fuera de su propio hogar. Quizás por eso no pueda escucharme.

Recostada en el marco de mi ventana, sostengo una vela entre las manos. Trato de pensar mientras observo cómo la flama se desvanece.

El pabilo, aquello que le da vida, se consume lentamente, y la cera quema con suavidad mi palma.
Tras su tenue resplandor, distingo una sombra reposando en la pared más distante.

Al perderme en el fuego y saltar cada pensamiento incorrecto, hay uno que persiste. Es contradictorio, seco, incorrecto.

¿Estará muerto?

No se puede matar a lo eterno. Se necesita algo aún más perfecto. Es como una llama etérea, capaz de resistir los soplidos de un niño y, al mismo tiempo, quemar sus yemas cuando intenta tocarla.

Pero puede ser encerrada.
Sobre la fibra que la creó:

solo se consume y resucita hasta que vuelve a ser necesaria.

Él le teme a la oscuridad.

La flama no muere.
Se contiene.
Se limita ante el poder de su captor, inocente y arrogante a la vez. No es solo ego: también hay miedo.

Una voluntad frágil sostiene un fulgor caótico e imparable.

No es solo un infante.
Es barro manipulando la omnipotencia.

Se aprovecha de la benevolencia, transformando lo inevitable en herramienta. Víctima de una petulancia hecha a su imagen y semejanza.

Ahora la vela agoniza, casi apagada, y aun así ilumina mis lágrimas con el ocaso, con mis manos como su mausoleo.

Moribunda ante lo mundano, sigue otorgando luz al rostro que, con sus suspiros, la condenó.

La sombra baja, pero persiste. Implora en silencio que se la mantenga con vida, porque sin ella no tendría forma de justificar su existencia.

Yo, con mi encendedor, vuelvo a levantar su incendio. Sin la brasa, no podría colocar mi sufrimiento bajo el reflector.

Y rezo para seguir manteniendo con vida a mi eterno padre, aunque no esté. Su idea, su norma desconocida y la fe evitan el dominio de un propósito impío.

Haciendo que el verdadero Omega sea el retrato de lo imperfectamente humano.



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En el texto hay: poesia, filosofia, psicologia

Editado: 17.01.2026

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