Floto.
A las dos de la madrugada,
arropado por el sosiego
y las vibraciones de mis audífonos.
Escribo
mientras me imagino
protagonista de cicatrices ajenas.
Creando
caricias eternas
y finales sombríos.
Mientras el frío se abre paso por la ventana,
siento cómo el lápiz se doblega ante mi fulgor,
marcando el punto final
de un verso nuevo.
El alba se alza.
Y sigo sin hallar descanso en mi paz,
pensando en cómo continuar.
¿Hará falta un beso o algo de sangre para cerrar?
Pero el sueño no me deja pensar.
Ahora,
recostado sobre la almohada,
imagino la ausencia del amanecer,
para que mis textos encuentren por fin su fluidez.
Al oír el primer grito
de un vendedor mañanero,
las ideas mueren
para renacer la noche siguiente.
Quizás,
si el mundo no despertara,
o si el sol decidiera apagarse,
la perfección dejaría de ser una ilusión.
Por ahora,
me conformo con imaginarlo.
Anhelo
tener en mis manos ese poder
y volverme un eterno Morfeo.
Escribiendo mundos etéreos,
viviendo en las epopeyas del papel.
Encendiendo velas de versos mientras converso con dioses fallecidos.
Encontrando el Edén
para recitar y exponer
cada una de mis prosas.
El paraíso se levanta.
La muerte descansa.
Sin calles de oro,
Flora radiante
O luz embellecedora
Solo silencio,
yo,
y mi cuaderno.
Mientras mi nakama desde la distancia,
aprecia los roces de la tinta
en mi dorado pergamino,
Ignorando las quemaduras de su castigo.
Pero la verdad tiene un sabor amargo
que no deseo seguir probando.
Temo cruzar la línea
y no hallar la dulzura prometida.
Solo queda esperar,
con la libreta entre las manos.
Con miedo
y, aun así, paciencia,
aguardo mi momento
frente al umbral.
Esperando que la parca
Me conceda su eternidad