Atlas: un inventario que trata de leer el mundo con poesía

Manos de santo (Omega ampliado)

Me siento sucia.

Es el pecado por el cual
el portador de la túnica me castiga
con gestos que no se explican
en ninguna biblioteca sagrada.

Quizás sea la consecuencia
de dejarme cortejar
por quien no puede ser nombrado.

Quizás blasfemo
al llorar frente a la ventana
de mi habitación.

Su presencia no se siente.

Y aunque diga representar su mandato,
no puedo evitar percibir sus deseos.

Será su representante,
pero no deja de ser humano.
Ahora me pregunto por qué no está.

¿Respeta mi privacidad
o su omnisciencia se posa
fuera de estas paredes bañadas en oro?
Medito con desdén,
preguntándome
cómo el límite puede diluirse.

¿Cómo puedo llamarme aprendiz
si durante las noches
mi velo es arrebatado
por manos santas?

Quizás es un ritual que no comprendo.
Tal vez lloro por eso:
por no entenderlo.

El frío de la noche me abraza.
Enciendo una vela
para que el calor me dé consuelo.

La llama ilumina mi rostro,
la mesa contigua
y la cama,
testigo de mi silencio.

El pabilo se consume.
La cera quema mi palma
con una aberrante paciencia.
Las llamas retratan mi sombra
en la pared.

Mientras la luz se adelgaza,
se cuela un pensamiento impío:
¿Estará muerto?

—No—, me digo.

¿Cómo se mata a lo eterno?
Se necesitaría algo aún más perfecto.

Como una llama
que resiste el soplido de un niño
y quema
cuando intenta hacer contacto con ella.

Ese fuego no muere.
Se encierra.
Se aviva cuando vuelve a ser necesario.

No es solo ego.

También es miedo.
Lo frágil sostiene a lo imparable.
El barro le da forma
a la omnipotencia.

Tras el cristal,
con la mirada perdida en el vacío,
observo la cruz
que condecora este infierno
disfrazado de iglesia.

Sobre ella se posa un ave.
Una paloma oscura.
Como si el espíritu santo
se hubiese vestido de negro.

Lúgubre.

—¿Acaso serás Satanás?
Sucio, reo e impuro ante mi luz—, digo.

Aletea.
Vuela hasta el marco.
Se queda allí,
observando mi fuego
con una admiración inexplicable.

—¿Pretendes presumirme tu libertad?—
Le pregunto,
como si pudiera responder.

Agita la cabeza,
de un lado a otro.

No.

—Estoy loca—, pienso.
La paloma vuela,
retoma su rutina de animal.

Y yo sigo aquí,
encerrada,
esperando que se repita
lo de cada noche.

El portón está cerrado.
Si lo intento,
las caricias incómodas
se transformarán en algo más.

Y no lo quiero averiguar.

Tras el umbral,
alguien se acerca.

Tal vez sea él.

La llama tiembla.
Se apaga lentamente.
Mi sombra se desvanece.
Pero la vuelvo a encender.

Al menos me servirá
para quemar sus manos
cuando intente acercarse.

La sostengo con fuerza.
Me quemo.
La sombra permanece,
arrinconada.
La puerta apenas abre.

Entra.

No sé si fueron mis lágrimas
o algo más
lo que lo hizo marcharse
con indiferencia.

Afuera,
el aleteo de la paloma
da vueltas
sobre la cruz imponente.

Manchada.

Amanece.
El tacto rosáceo del alba
inunda la habitación
y opaca la flama
que me acompañó.

Pude evadir la petulancia
de ese bastardo
que se cree hecho
a su imagen y semejanza.

El impulso es apagarla.

Pero la dejo sobre la mesa,
procurando mantenerla con vida.

Me arrodillo.

Rezo
bajo el compás de su luz.
Por mi cuerpo.
Por mi libertad.
Y por Él.

Mi eterno padre
que desconozco,
pero mantengo vivo
en cada oración.

Porque su existencia
le da sentido
a mis lágrimas sulfúricas
y a mi sufrimiento
dentro de su propia casa.

El hogar del Alfa y Omega .



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En el texto hay: poesia, filosofia, psicologia

Editado: 04.03.2026

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