Pasó tiempo.
desde que el destino me apartó, de forma brusca,
de ese cariño efímero,
pero eterno.
Fue sereno.
Un trepidante sosiego
que me clausuró
con un punto cruel.
Ojalá esté bien,
ya sea en la tierra
o en un lejano Eliseo.
Mientras sigo escuchando sus rezos,
aunque desconozco su paradero.
¿Estará desayunando bien para ir al colegio?
¿O habrá llegado su momento de convivir con los muertos?
sigo escuchando sus suspiros,
las lágrimas que ahoga en cada momento.
El cariño es capaz de romper
el imperioso y desconocido laberinto del infierno.
Pero la muerte marca una separación
que limita lo que siente el corazón
tras el último pálpito.
Ese mimo de despedida.
Recuerdo que...
Recostada en la cama,
abrazando su frente bajo mi regazo,
junto a los juguetes arrojados sobre el colchón,
la cena que no le gustó,
los mimos que evitó.
Y la almohada contigua,
con la hendidura de un padre que se marchó,
aunque nunca se presentó.
No olvido que bajo las yemas rosadas de la aurora
mi alarma eran sus ronquidos,
sus quejidos,
los falsos bostezos para engañarme.
Pero yo, con un leve gesto torcido,
le recordaba que, pese a no ser perfecta,
me dotó de cierta omnisciencia
cuando se trata de él.
Sus manos pequeñas.
Su endeble silueta.
El calor.
Pero ese día
mi instinto falló.
Tras la puerta,
entre la penumbra y esos peculiares balbuceos,
una sombra se materializaba.
Iluminada por los rayos recién nacidos
que se colaban por nuestra ventana.
Caminaba suavemente.
Con vergüenza.
Con un aura inusitada
que me dejó paralizada.
Flotaba.
Cubierta por un enorme velo.
Tal vez un gabán.
Distinguí las mangas
cuando le acarició las manos.
No vi su expresión,
pero su frío era tangible.
Me resistí.
No lo quise permitir.
Lo correcto es que la madre
cruce el umbral primero,
para que él, en su momento,
no sienta tanto temor.
Lo abracé con más fuerza,
como si pudiera construir una muralla
capaz de contener la eternidad.
Ella lo notó.
Alzó la mirada
oculta bajo la capucha.
Unas cuencas vacías
que me helaban de temor.
—Llévame a mí.
Le imploré sin palabras,
sin pestañear,
sin soltarlo.
Me lo arrebató.
Lo tomó en brazos.
Pero no se marchó.
Lo contempló un segundo —tal vez dos—
y lo recostó en la almohada contigua,
la que siempre estuvo vacía.
Ella cedió.
Dio la espalda
y flotó hacia la puerta
por la que entró.
Antes de cruzarla, giró levemente.
Modifiqué su voluntad,
pero no la evité.
Mi vida por la de él.
Me levanté.
Antes de irme,
Solo me quedaba una tarea.
Un último beso
que ojalá hubiera sido perpetuo.
Y entonces también floté,
dejando mi cuerpo
y dejándolo a él.
Pero no ascendí.
La bajada fue dura.
Candente.
Larga.
Confusa.
Atravesamos cada círculo con rapidez.
Este es el séptimo.
Un bosque de árboles parlantes,
adoloridos,
torturados por su propia falla:
arrebatar sus vidas.
Ella buscó un espacio apartado
del agónico murmullo.
Algo silencioso.
Hundió mis pies bajo tierra
y en el pasto grabó el nombre
que le escogí a él con fuego.
Escuché por primera y última vez
la benevolente y severa voz:
—Aquí lo esperarás cuando peque
y brote en un tortuoso roble como el resto.
Si no lo hace,
ocuparás el lugar que te corresponde,
en soledad.
Una apuesta.
A cuánto podría dicho niño vivir sin mí.
Y que, si llegase a cruzar la línea,
lo vería sufrir junto a mí.
No sé cuánto pasó desde mi penitencia.
Aún no baja,
y espero que siga así.
El cierre de mi pacto
es no volverlo a ver.
Aunque las raíces comienzan a crecer,
atravesando mi piel.
Me veo triunfante
al ser capaz de que mi hijo
evada a la muerte.
Y el dolor deja de importar
cuando rezo por él.
Por su futuro que desconozco.
Por el tiempo pasado,
aunque lo haya sentido inexistente.
Pareciera que ayer fue cuando lo abracé.
Y por su salvación,
mi tortura se vuelve
reposo.