El zumbido del ascensor se sintió más fuerte de lo normal esa noche. Yo solo deseaba que las puertas se abrieran para llegar a mi apartamento, servirme un trago y olvidar el día agotador que había tenido.
Entonces ella apareció.
La Srita. Johnson. Iba blindada en una blusa de seda color crema, con cada onda de su cabello rubio perfectamente en su sitio, como si se negara a permitir que la gravedad o el viento la despeinara. Era la imagen viva de un protocolo andante.
Le sostuve la puerta, un gesto automático. Sus ojos claros se encontraron con los míos por un segundo y, en lugar de la chispa que cualquier otra mujer me habría devuelto, recibí una mirada de inspección técnica.
—Buenas noches, vecina —dije, desplegando mi sonrisa de "puedo convencerte de cualquier cosa".
Ella entró, manteniendo una distancia tan precisa que parecía haber calculado los centímetros exactos para no rozar mi abrigo. Presionó su botón con una elegancia quirúrgica.
—Buenas noches, Marcos —respondió. Su voz tenía la temperatura de un sorbete de limón: ácida y helada.
El silencio se instaló, denso. El aroma de mi colonia, que generalmente recibía elogios, parecía estar librando una guerra territorial contra su perfume floral, que olía a biblioteca antigua y jabón caro. Me recosté contra la pared, intentando inyectar algo de aire al ambiente.
—Noche tranquila —comente.
Ella soltó un suspiro apenas perceptible, sin quitar la vista de los números digitales.
—Tan tranquila como puede ser cuando uno se ve obligado a compartir el oxígeno con el bufón oficial del edificio.
Sonreí de verdad. Un dardo directo. Mi sonrisa se volvió más traviesa.
—¿El bufón? Eso duele, vecina. Yo me considero más bien un servicio de entretenimiento gratuito para los que viven demasiado… estresados.
Finalmente me miró. Sus ojos desafiantes eran una fortaleza difícil de asaltar.
—Me gustan las personas con las que puedo tener una conversación sustancial. Los espectáculos de variedades me aburren antes del intermedio.
Justo cuando iba a preguntarle si yo era el acto principal o el telonero, el ascensor anunció nuestro piso. Ella salió con una zancada firme, sin mirar atrás, como si el simple hecho de hablar conmigo le hubiera hecho perder puntos de coeficiente intelectual, mientras yo me quedaba un segundo extra apoyado en la pared, procesando el insulto antes de seguirla por el pasillo hacia mi propia puerta.
Dos días después.
En la zona de buzones, el caos matutino era el de siempre. Estaba revisando un fajo de facturas e invitaciones a eventos que probablemente olvidaría cuando ella apareció. Llevaba una caja de cartón mediana. Se veía pesada, pero ella la sostenía con la dignidad de quien carga una corona.
Casi chocamos. Ella esquivó mi cuerpo con una agilidad que solo alguien acostumbrado a evitar "molestias" podría tener.
—Cuidado, Marcos —dijo con ese tono educado que lograba que "buenos días" sonara como una orden judicial.
—El vestíbulo es un espacio público, Srita. Johnson —respondí, bajando la intensidad de mi carisma a un nivel más manejable—. Y ese paquete parece tener intenciones de enviarla a fisioterapia. ¿Me permite ser su caballero andante o prefiere seguir sufriendo en nombre de su independencia?
Ella se detuvo y me miró con una justicia innata que me resultaba fascinante y exasperante a partes iguales.
—La cortesía, Marcos, no requiere de comentarios sarcásticos sobre mi salud física. Puedo manejarlo.
—Veo que su testarudez es tan eficiente como su capacidad para ignorar mis chistes —comenté con una sonrisa genuina. Siempre era divertido verla intentar mantenerme a raya.
Ella suspiró y sus ojos claros brillaron con un fastidio genuino.
—Veo que su tiempo libre es tan abundante como su necesidad de atención —replicó, y pasó a mi lado sin un roce.
Me quedé allí mientras ella se dirigía a los ascensores, manteniendo la espalda tan recta que me pregunté si dormía en una percha. Miré mi correspondencia: el sobre de arriba estaba ligeramente arrugado por el choque. Lo alisé con un gruñido, irritado no por el papel, sino por la sospecha de que ella jamás tendría algo tan desordenado en sus manos. Definitivamente, la mujer era un manual de urbanidad con patas.
Era oficialmente la única persona en tres estados a la que no le hacían gracia mis chistes. Un récord personal, supongo.
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La lavandería del edificio a las once de la noche tiene el encanto de una película de terror, pero ahí estaba ella. No llevaba su traje de seda, sino un conjunto de yoga gris que, para mi desgracia, le quedaba incluso mejor. Estaba peleando con la secadora número 4 como si fuera un testigo hostil en un juicio.
—Esa máquina tiene un doctorado en desobediencia, Srita. Johnson —dije, apoyándome en el marco de la puerta con mi bolsa de ropa sucia—. Si la mira con más odio, es probable que implosione.
Ella se tensó, recuperando su postura rígida en un segundo.
—Está tragándose mis sábanas de hilo egipcio, Marcos. No es momento para su comedia en vivo.
Me acerqué, invadiendo su burbuja personal solo lo suficiente para verla fruncir el ceño.
—A ver, hágase a un lado. Las máquinas, como las mujeres difíciles, solo necesitan un toque experto —le guiñé un ojo y le di un golpe seco al panel de control. La secadora volvió a zumbar mágicamente—. ¿Lo ve? Un chiste y un golpe suave. Mi filosofía de vida.
Ella sacó sus sábanas con una rapidez envidiable, evitando cualquier contacto visual.
—Su filosofía de vida es un atentado contra la mecánica y el sentido común. Gracias por el... golpe.
Pasó a mi lado con el aroma a suavizante y victoria gélida, dejándome allí solo con mis calcetines.
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ELEONOR
La reunión de consorcio era un ejercicio de paciencia, hasta que Marcos decidió que era el momento de convertir la queja por la presión del agua en un monólogo de sátira. Todos en la sala reían; es ese tipo de hombre capaz de contar un chiste en medio de un velorio y lograr que hasta la viuda le pida el teléfono.
—Entonces, si la presión baja más, sugiero que el edificio nos proporcione esponjas y nos envíe al parque cuando llueva —dijo él, y la sala estalló en carcajadas.
—Estamos aquí para soluciones técnicas, no para un especial de Netflix, Sr. Ross—intervine, mi voz cortando la risa general como un bisturí.
Él se giró hacia mí, con esa sonrisa que parece diseñada por un publicista para vender pecados.
—Oh, Srita. Johnson. Me preguntaba cuánto tardaría en aparecer la voz de la razón para arruinarnos el viernes. ¿No le han dicho que la risa mejora la hidratación de la piel? Debería probarlo, le ahorraría una fortuna en cremas.
—Lo que me ahorraría es tiempo si usted tratara los problemas del edificio con la mitad de la seriedad con la que cuida su peinado —respondí, cerrando mi libreta con un golpe seco.
Por un segundo, su sonrisa vaciló. Fue casi imperceptible, pero sentí una punzada de triunfo.