MARCOS
Eran las ocho de la noche y yo estaba en mi hábitat natural: luz tenue, un disco de vinilo de Chet Baker girando a revoluciones melancólicas y una copa de cristal de bohemia en la mano. Estaba probando un nuevo ahumado para el Old Fashioned. Si vas a ser un soltero codiciado, al menos hazlo con estilo.
Justo cuando estaba por decidir si el toque de naranja era excesivo, un golpe en la puerta interrumpió mi liturgia. No fue un timbre. Fue un golpe seco, rítmico… militar.
—No puede ser —dejé la copa sobre la mesa de nogal (sin dejar marca, por supuesto)—. La Reina ha venido a reclamar sus tierras.
Abrí la puerta y, por primera vez, la imagen me dejó sin palabras durante tres segundos exactos. Eleanor Johnson no lucía como la bibliotecaria de hierro. Tenía el cabello ligeramente fuera de su sitio y, lo más impactante, sostenía una sábana de seda blanca contra su pecho como si fuera un escudo de batalla.
—Señor Marcos —dijo ella. Su voz era estable, pero sus mejillas tenían un levísimo tono rosado que delataba una furia contenida—. Necesito acceder a su balcón. Ahora.
—Buenas noches, Eleanor. ¿Es una invitación para ver las estrellas o finalmente ha decidido que mi compañía es preferible a la soledad de sus organizadores de cuero? —Me apoyé en el marco de la puerta, disfrutando de su incomodidad.
—Es una emergencia textil —siseó, señalando la sábana—. El viento ha decidido que mi lencería de cama tiene más afinidad con su terraza que con la mía. Ha caído en su macetero de bonsáis.
Me hice a un lado, extendiendo el brazo con una reverencia exagerada.
—Adelante. Mi humilde morada está a su servicio, aunque le advierto que el dragón de la entrada está durmiendo.
ELEONOR
Cruzar el umbral del apartamento de Marcos fue como entrar en territorio enemigo con una bandera blanca de seda en la mano. Esperaba, casi deseaba, encontrar un desastre que justificara mi desdén: cajas de pizza, ropa tirada, el olor rancio de la dejadez.
Pero el destino, como siempre, decidió humillarme.
El lugar era… impecable. Un minimalismo cálido, libros de arte estratégicamente dispuestos y un aroma a madera, naranja amarga y algo peligrosamente masculino que me obligó a enderezar la espalda para no parecer intimidada.
—¿Dónde está su balcón? —pregunté, evitando mirar su colección de licores, que parecía la barra de un hotel de cinco estrellas.
—Por aquí, Srita. Johnson. No se asuste, los muebles no muerden, aunque ese sofá tiene una tendencia a atrapar a la gente y no soltarla.
Caminé hacia el ventanal, sintiendo sus ojos en mi nuca. El viento de la noche agitaba las cortinas de lino gris. Salí al balcón y ahí estaba: mi sábana de 600 hilos, enredada en un pequeño árbol perfectamente podado. Me incliné para alcanzarla, pero el ángulo era imposible.
—Permítame —dijo él, apareciendo a mi lado.
Estaba demasiado cerca. Podía sentir el calor que emanaba de su brazo cuando pasó por encima del mío para desenganchar la tela. Sus dedos se movieron con una destreza sorprendente, evitando dañar tanto la planta como la seda. Por un momento, el silencio nos envolvió, roto solo por el murmullo del tráfico allá abajo.
Él se giró hacia mí, con la sábana en la mano, pero no me la entregó de inmediato. Me miró por encima de sus pestañas, con esa chispa de burla habitual, pero con algo más… una curiosidad genuina.
—Seda de alta calidad —observó—. Parece que bajo esa armadura de urbanidad y reglas, usted también aprecia las cosas suaves, Eleanor.
—La seda es práctica, señor Marcos. Es hipoalergénica y duradera —respondí, tratando de recuperar mi tono gélido, aunque mi corazón había decidido ignorar mis órdenes y latir a un ritmo impropio.
—Claro —sonrió él, y esta vez no fue una sonrisa de catálogo, fue algo más real—. Y yo bebo esto porque tengo sed, no porque me guste el sabor.
Me tendió la sábana. Al tomarla, nuestros dedos se rozaron. Fue un contacto eléctrico, breve, pero suficiente para hacerme sentir que el suelo bajo mis pies no era tan firme como yo creía.
—Gracias —dije, y esta vez la palabra salió sin esfuerzo, casi como una rendición.
—De nada. Aunque, si mañana cae un camisón, espero que al menos me deje elegir la música para la visita.
Me retiré hacia la puerta con toda la dignidad que pude reunir. Al salir, lo escuché decir en voz baja:
—Que descanse, Eleanor.
No respondí. No podía. Solo cuando estuve a salvo tras mi propia puerta, con la cadena de seguridad puesta, me permití soltar el aire que no sabía que estaba reteniendo. Marcos no era un payaso. Era algo mucho peor: era alguien capaz de ver a través de mi orden, y eso me aterraba más que cualquier caos.
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MARCOS
Hay una diferencia fundamental entre coquetear y estar interesado. El coqueteo es un deporte reflejo, como respirar; lo hago sin pensar. Pero el interés… el interés es ese picor molesto que te hace mirar por la mirilla de la puerta más de lo estrictamente necesario.
Llevaba tres días sin cruzarme con la Srta. Johnson. Tres días en los que el pasillo del Piso 12 se sentía extrañamente estéril. Estaba en el ascensor, ajustándome el reloj, cuando la vi. Ella estaba en el vestíbulo, hablando con un hombre que parecía haber salido de un anuncio de seguros: traje gris, corbata perfectamente anudada y una sonrisa de "yerno ideal" que me revolvió el estómago por razones que decidí ignorar.
—Entonces, ¿el viernes a las ocho, Eleanor? —preguntó el tipo.
Me quedé petrificado en la puerta del ascensor, simulando que buscaba algo en mi teléfono.
—A las ocho está bien, Richard —respondió ella con esa voz de seda fría—. Por favor, sé puntual.
¿Richard? ¿Quién demonios se llama Richard hoy en día? Sonaba a alguien que colecciona sellos y tiene un plan de pensiones desde los doce años. Sentí una punzada de algo que, en cualquier otra persona, llamaría celos, pero que en mí debía de ser simplemente una indigestión matutina.
Cuando Richard se fue, ella se giró hacia el ascensor y me encontró allí. Su expresión pasó de la cortesía neutral al fastidio absoluto en un nanosegundo.
—Señor Marcos. No sabía que su agenda incluía escuchar conversaciones ajenas.
—No escuchaba, vecina. Monitorizaba el tráfico del vestíbulo. Es una cuestión de seguridad ciudadana —le sonreí, aunque me salió más forzada de lo habitual—. Así que... Richard. ¿Es un primo lejano o el encargado de auditar su colección de grapadoras?