Atracción Feroz

IV

ELEONOR
Hay una luz específica, una mezcla de neón y elegancia impersonal, que solo existe en las suites de los hoteles de cinco estrellas a las siete de la tarde. Es una luz que no calienta, solo ilumina lo que hay: dos copas de cristal, sábanas con demasiada plancha y la sensación de que el tiempo se agota antes de empezar.
Richard se estaba ajustando la corbata frente al espejo. Sus movimientos eran seguros, los de un hombre que sabe exactamente dónde debe estar a cada hora.
—Ha sido una tarde necesaria, —dijo, sin mirarme. Su reflejo me devolvía la imagen de un hombre impecable, el empresario que todos respetan—. Siento que no podamos cenar, pero sabes que los martes son… complicados.
—Lo sé —respondí, sentada en el borde de la cama, ya vestida y con mi carpeta de la Fundación sobre el regazo—. Martes de cena de caridad. Lo entiendo, Richard.
Él se giró, se acercó a mí y me dio un beso en la frente. Un beso casto, casi paternal. Ese es el problema con Richard: me trata como a una joya que guarda en una caja de seguridad. Me cuida, me mantiene brillante, pero solo me saca cuando el mundo no está mirando.
—Te he dejado algo en el bolso —murmuró—. Para que te compres ese juego de plumas que querías.
Me dio un ligero apretón en el hombro y salió de la habitación. El "clic" de la puerta fue el final de nuestra semana. Me quedé allí, rodeada de un lujo que no olía a hogar, sino a lavandería industrial. Abrí mi bolso y encontré el sobre. Dinero. Siempre era dinero o regalos caros. Una forma de llenar el vacío que deja su ausencia.
Salí del hotel por la puerta lateral, como siempre, y tomé un taxi de vuelta al Piso 12.
Cuando llegué al edificio, me sentía sucia, pero no de una forma física. Era una suciedad espiritual, la de saber que mi vida se medía en horas de hotel y sobres en el bolso. Quería llegar a mi apartamento, ducharme y desaparecer entre mis libros.
Pero el destino tiene nombre y apellido: Marcos.
Estaba en la entrada del edificio, despidiéndose de una mujer morena que se reía con una ganas que me resultaron vulgares. Cuando ella se fue, él se giró y me vio bajar del taxi. Sus ojos se fijaron en mi rostro, y luego en el hotel que figuraba en la luz del taxi que se alejaba.
MARCOS
Ahí estaba la Srita. Johnson. Eran las ocho de la noche y su rigidez habitual parecía haber sido sustituida por una fragilidad que no supe dónde colocar. Su cabello estaba perfecto, su traje no tenía una sola arruga, pero sus ojos… sus ojos tenían esa mirada de quien acaba de salir de un funeral.
—Vecina. ¿Investigaciones históricas hasta tarde? —pregunté, intentando mantener el tono ligero, aunque algo en mi pecho se apretó.
—No tengo energía para sus bromas ahora, señor Marcos. Permítame pasar.
Caminamos juntos hacia el ascensor. El silencio era distinto hoy. No era tenso, era pesado. Noté que apretaba su bolso contra su costado como si protegiera un secreto. Y entonces, cuando se giró para buscar su llave magnética, un sobre asomó por la abertura del bolso.
Era un sobre grueso, de esos que solo contienen una cosa.
Sentí un chispazo de comprensión que me dolió. He visto ese tipo de sobres antes. He visto ese tipo de hoteles. He visto esa mirada en mujeres que creen que no valen más que el precio de una noche clandestina.
—¿Él es bueno con usted? —solté. Las palabras salieron antes de que mi filtro de "payaso del edificio" pudiera detenerlas.
Eleanor se tensó tanto que temí que se rompiera como una vara de cristal.
—¿Perdón?
—Richard —dije, mirándola fijamente mientras el ascensor subía—. ¿Es bueno con usted o simplemente es bueno pagando el alquiler de su silencio?

ELEONOR
El impacto de su pregunta fue como una bofetada física. Me quedé sin aire. ¿Cómo se atrevía? ¿Cómo se atrevía este hombre, a cuestionar mi vida?
Las puertas del ascensor se abrieron. Salí disparada hacia mi puerta, con las manos temblando tanto que me costó encajar la llave. Marcos no me siguió. Se quedó en la cabina, mirándome con una expresión que me perseguirá en sueños: no era odio, era una profunda y terrible decepción.
Entré en mi apartamento y tiré el sobre de Richard sobre la mesa. El dinero se desparramó. Billetes de cien dólares sobre la superficie de nogal.
Me miré en el espejo de la entrada. Marcos tenía razón. Mis organizadores, mis títulos, mi "sustancia"... todo era una fachada. En ese momento, frente al espejo, no vi a la Srita. Johnson. Vi a una mujer que acababa de ser rescatada de un hotel por la puerta trasera, mientras el hombre que decía amarla corría a una cena de caridad para ser visto con la mujer legal.
Me derrumbé en el suelo del pasillo y, por primera vez en años, el silencio de mi apartamento no fue suficiente para acallar el ruido de mi propia vergüenza.
Y lo que más me dolía no era Richard. Era que Marcos, el hombre al que yo llamaba superficial, me había visto de verdad. Y lo que había visto le había dado asco.

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ELEONOR
La suite del hotel era espaciosa, pero se sentía pequeña en cuanto Richard entró. Él es un hombre de presencia física rotunda; su perfume, caro y amaderado, llena los espacios de inmediato.
—Estás preciosa, El —dijo, dándome un beso rápido en la frente antes de mirar su reloj—. Solo tengo dos horas. Tengo un compromiso con la junta directiva a las ocho.
—Lo entiendo —dije, sentándome en el borde del sofá de seda. No quería arrugar el vestido.
—He estado pensando —continuó él, sirviéndose un whisky del minibar— que quizá deberías dejar la Fundación. Es mucho esfuerzo por un sueldo que ni siquiera necesitas. Yo puedo duplicar tu asignación mensual, así tendrías más tiempo para... nosotros.
—No es por el dinero, Richard. Es mi carrera. Es lo que soy.
Él se rió, un sonido paternalista que me hizo apretar los dientes.
—Eres una mujer brillante, pero ese archivo es un lugar polvoriento. Tú te mereces la luz.
La luz. Richard siempre habla de la luz, pero me cita en habitaciones de hotel donde las cortinas siempre están echadas para que nadie nos vea desde la calle.




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