Atracción Feroz

V

MARCOS
La mañana del lunes entró en el piso 12 con una luz grisácea y una humedad que prometía lluvia. Me desperté temprano, pero no por energía, sino por una inquietud que se me había instalado en la base del cuello.
Me preparé un café cargado, negro, y me quedé de pie junto a la puerta de entrada, escuchando.
No era un acosador, o al menos eso me decía a mí mismo; era un hombre esperando el sonido de la rendición.
A las 8:15, el mecanismo de la cerradura del 12B giró. Tres vueltas. Siempre eran tres vueltas exactas. Eleanor era un reloj suizo. Esperé diez segundos, ajusté mi chaqueta y salí al pasillo.
Ahí estaba ella.
Si Eleanor esperaba que yo apareciera con una broma cínica o un comentario sobre la bofetada, se equivocaba. Me detuve a un par de metros, observándola mientras esperaba el ascensor. Estaba más "Srita. Johnson" que nunca: el cabello recogido con una precisión quirúrgica, un traje gris marengo que parecía una armadura y el bolso —el maldito bolso que la otra noche escondía el sobre— apretado contra su pecho con los nudillos blancos.
Pero no pudo ocultar las ojeras. Eran dos sombras violáceas que ni el mejor corrector de maquillaje del mundo podría borrar.
—Buenos días —dije. Mi voz sonó tranquila, despojada de cualquier rastro de la insolencia habitual.
Ella se tensó, pero no me miró. Sus ojos estaban fijos en los números dorados sobre la puerta del ascensor.
—Señor Marcos —respondió con una voz que era puro hielo seco.
Las puertas se abrieron. Entramos. El espacio se sintió diminuto, asfixiante.
Eleanor se colocó en la esquina opuesta, manteniendo una distancia que, en su mente, probablemente eran kilómetros de seguridad. El olor de su perfume —algo clásico, flores blancas y polvo— luchaba contra la tensión que emanaba de sus poros.
El ascensor empezó a bajar. Piso 10. Piso 9.
—¿Va a denunciarme por agresión? —soltó ella de repente, sin mirarme. Su voz tembló apenas un milímetro, pero para alguien que la observaba tanto como yo, fue como un terremoto.
—No —respondí, girándome un poco hacia ella—. Las bofetadas duelen menos que las mentiras, Eleanor. Y usted se miente mucho mejor de lo que golpea.
Ella cerró los ojos y apretó los labios. Pude ver el pulso acelerado en su cuello. La máscara estaba ahí, pero las grietas que yo había visto anoche desde el suelo se estaban ensanchando. Ya no había rastro de la mujer altiva que me miraba por encima del hombro; solo quedaba la vergüenza, una capa espesa y pegajosa que la cubría por completo.
—No sabe nada —susurró, y esta vez no era un ataque, era un ruego—. Cree que me ha descifrado porque vio un sobre. Cree que tiene el derecho de juzgarme desde su… su diletantismo.
—No la juzgo —la interrumpí, dando un paso hacia ella. Eleanor retrocedió hasta chocar con el espejo del ascensor—. Me da rabia, que es distinto. Me da rabia que alguien que sabe restaurar la belleza de lo antiguo, no sea capaz de ver que su propia historia está siendo maltratada. Usted no es un pie de página, Eleanor. Y ese tipo la está editando hasta que no quede nada de usted.
El ascensor se detuvo en la planta baja con un pitido suave, pero ninguno de los dos se movió. El peso de la vergüenza de Eleanor era casi tangible. Ella bajó la cabeza y, por un segundo, creí que iba a llorar. Sus hombros se hundieron, perdiendo esa rigidez militar.
—Es complicado —dijo ella, tan bajo que apenas la oí.
—Lo complicado es vivir con la luz apagada —repliqué—. Si alguna vez decide que quiere encenderla, sabe dónde vivo. Y no, no acepto propinas en sobres.
Me adelanté y bloqueé la puerta con el brazo para dejarla pasar. Ella me miró entonces, por primera vez en el día. No había odio. Había un miedo profundo, el miedo de quien ha sido visto de verdad y ya no tiene dónde esconderse.
Salió disparada hacia la salida, caminando casi al trote hacia la calle, donde el mundo exterior la esperaba para volver a devorarla. Me quedé allí, viendo cómo su silueta se perdía entre la gente.
—Maldita sea, Eleanor —mascullé, frotándome la mejilla que ya no dolía, pero que se sentía extrañamente marcada por ella.
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ELEONOR
En la Fundación Helios, el tiempo siempre ha tenido un olor específico: vainilla, cuero viejo y productos químicos de conservación. Es el único lugar donde me siento en control. Aquí, entre guantes de látex y pinzas de precisión, no soy "la otra"; soy la Srita. Johnson, la mujer capaz de salvar un códice del siglo XVII del olvido.
Pasé la mañana trabajando en un mapa cartográfico desgarrado. El trabajo requería una concentración absoluta, pero las palabras de Marcos en el ascensor se repetían en mi mente como una gotera: “Se está editando hasta que no quede nada de usted”.
Me obligué a ignorarlo. Mojé el pincel. El orden me salvaría. Siempre lo hacía.
—Eleanor, tienes visitas en el vestíbulo —dijo Sandra, la secretaria, asomándose por la puerta—. Dicen que es algo personal. No han querido dar nombres.
Sentí un frío repentino. Richard nunca venía aquí. Richard era un hombre de hoteles y llamadas breves. Me quité los guantes con cuidado, ajusté mi falda y caminé hacia la recepción, tratando de recuperar esa rigidez de Connecticut que Marcos tanto despreciaba.
Pero al llegar al vestíbulo, el aire se congeló.
Frente al mostrador de mármol no estaba Richard. Había una mujer de unos cincuenta años, de una elegancia sobria y letal. Vestía un abrigo de cachemira azul marino y sostenía un bolso de mano con una fuerza que hacía que sus venas resaltaran. A su lado, una chica de unos veinte años —apenas cinco años menor que yo— me observaba con una mezcla de curiosidad cruel y asco. Tenía los mismos ojos que Richard. Los mismos.
—¿Usted es la señorita Eleanor Johnson? —preguntó la mujer. Su voz no gritaba; era un susurro afilado que cortaba el silencio de la biblioteca.
—Sí, soy yo. ¿En qué puedo ayudarla? —Mi voz sonó extraña, como si viniera de debajo del agua.
—Soy Beatrice. La esposa de Richard —hizo una pausa necesaria para dejar que el nombre cayera como una guillotina—. Y ella es nuestra hija, Sophie.
Beatrice me observaba con una calma calculada.
—No hemos venido a dar un espectáculo, sino a ponerle fin. Richard es un hombre de impulsos, Eleanor. Cree que puede comprar museos y personas por igual. Pero lo que él compra, yo lo desecho.
Beatrice sacó un sobre de su bolso. No era un sobre de dinero. Era una carpeta con fotos. Fotos mías entrando al hotel. Fotos mías subiendo al taxi.
—Mañana esta carpeta estará en la mesa del director de esta Fundación —continuó Beatrice con una calma aterradora—. A menos que desaparezca de su vida hoy mismo. No quiero explicaciones, no quiero lágrimas. Quiero que entiendas que para él eres un gasto deducible, y para nosotras, eres simplemente un error de cálculo que vamos a corregir.
El vestíbulo de la Fundación, mi refugio, mi templo, se sintió de pronto como una vitrina donde todo el mundo podía ver mi vergüenza. El silencio de mis compañeros de trabajo se volvió ensordecedor.
—Mamá, vámonos —dijo Sophie, lanzándome una última mirada de desprecio.
Se dieron la vuelta y salieron con la misma elegancia con la que Richard entraba en las suites. Me quedé allí, de pie, en medio del mármol, sintiendo que el suelo se inclinaba. Mi "jaula de oro" no solo se había roto; se había convertido en un arma que acababa de degollar mi carrera y mi nombre.




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