Atracción Feroz

VII

ELEONOR
Habían pasado cuarenta y ocho horas desde que Richard envió a sus emisarios a sellar mi vida anterior. El martes amaneció con una lluvia fina que golpeaba los cristales del piso 12, un sonido rítmico que me recordaba que el mundo seguía girando, aunque el mío se hubiera detenido en seco.
Durante esos dos días, me había convertido en un fantasma dentro del apartamento de Marcos. Me movía con una cautela casi patológica, tratando de no dejar huellas, de no alterar el orden de sus libros o el brillo de su cafetera. La vergüenza no había disminuido; se había transformado en una especie de estática constante en mi piel.
Marcos no me presionaba. Salía temprano y regresaba tarde, siempre con ese aura de eficiencia silenciosa. A veces dejaba una bolsa con comida en la encimera o un periódico abierto en las páginas de empleo, pero no decía nada. Su discreción era un recordatorio constante de que él sabía exactamente qué profundidad tenía mi caída.
Al mediodía del segundo día, la curiosidad —o quizá el masoquismo— pudo conmigo. Me acerqué a la puerta y miré por la mirilla. En el pasillo, dos operarios de mudanzas sacaban el sofá de terciopelo azul que Richard y yo habíamos elegido en una galería de arte. Lo llevaban envuelto en plástico, como un cadáver.
Me aparté de la puerta de un golpe, sintiendo un vacío gélido en el estómago. Ver mis cosas salir de allí era ver cómo se borraba mi rastro del edificio. Richard no solo quería el apartamento; quería desinfectarlo de mí.
—Ya no queda nada—dijo una voz detrás de mí.
Me sobresalté tanto que casi tiro un jarrón de la entrada. Él estaba allí, acababa de entrar. No lo había oído llegar. Llevaba su abrigo oscuro todavía húmedo por la lluvia y me miraba con una mezcla de cansancio y una atención que yo no sabía dónde colocar.
—Han sacado todo —respondí, bajando la vista a mis pies descalzos. Me sentía pequeña, ridícula, parada en su recibidor como una intrusa sorprendida—. He visto el sofá.
—Richard ha dado órdenes de vaciarlo por completo hoy mismo —Marcos dejó sus llaves sobre la mesa—. Sus abogados me llamaron esta mañana. Querían saber si ibas a presentar alguna reclamación por los objetos personales que quedaron dentro. Les dije que no.
—No hay nada que reclamar —susurré—. Nada de lo que habia ahí me pertenece de verdad. Solo eran… préstamos de largo plazo.
Caminé hacia la cocina, huyendo de la conversación, pero Marcos me siguió. Se detuvo en el umbral, observando cómo yo intentaba ocupar mis manos lavando una taza que ya estaba limpia.
—Eleanor, deja la taza.
—Estoy ayudando, Marcos. Es lo menos que puedo hacer mientras ocupo tu espacio.
—No estás ayudando, estás desapareciendo —su voz fue firme, despojada de la suavidad de los días anteriores—. Llevas dos días disculpándote con la mirada por existir. Ya no hay abogados en la puerta, ya no hay muebles que sacar. Richard ha ganado la propiedad, pero tú estás dejando que se lleve también tu capacidad de estar presente.
Me giré, con los ojos ardiendo de una indignación repentina. La vergüenza, cuando se siente durante demasiado tiempo, acaba convirtiéndose en rabia.
—¿Y qué quieres que haga? —le espeté—. ¿Quieres que celebre que estoy viviendo de tu caridad? ¿Quieres que salga al pasillo y vea cómo se llevan mi vida en camiones de basura? No tengo trabajo, Marcos. No tengo casa. Mi familia cree que sigo en mi "maravilloso apartamento" y no me atrevo a decirles que su hija es el escándalo de la semana en la Fundación.
—Quiero que dejes de mirarte como si fueras un error legal —él dio un paso hacia mí, invadiendo ese espacio de seguridad que yo intentaba mantener—. Richard no te quitó nada que fuera tuyo. Te quitó el decorado. Sigues siendo la misma mujer que me dio una bofetada por decir la verdad. Úsala ahora.
—Esa mujer era una arrogante que no sabía nada del mundo —dije, bajando la cabeza—. Esa mujer creía que era superior a ti porque tenía un apellido y un apartamento caro. Me doy asco, Marcos. Me da asco haber necesitado que tú, precisamente tú, me recogieras del suelo.
El silencio que siguió fue denso. Marcos no respondió de inmediato. Lo escuché suspirar y, por el rabillo del ojo, vi cómo se pasaba una mano por la cara.
—Si el precio de tu libertad era que yo te viera caer, entonces ha sido una ganga, Eleanor —dijo él, volviendo a su tono profesional pero con un matiz de ironía—. Porque ahora que ya te he visto en lo más bajo, ya no tienes que fingir nada conmigo. Y créeme, la Eleanor que no finge es mucho más interesante que la Srita. Johnson.
Se dio la vuelta y fue hacia su estudio, dejándome sola con el sonido de la lluvia y el peso de sus palabras. Me quedé allí, mirando mis manos, dándome cuenta de que él tenía razón en algo: el decorado se había ido. Y lo que quedaba, aunque me diera asco, era lo único real que había tenido en años.
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ELEONOR

La "tregua" de esa noche se había convertido en una rutina de silencios compartidos que yo, en mi miopía emocional, clasificaba como incomodidad pura. No sabía interpretar la forma en que Marcos me seguía con la mirada mientras yo revisaba los clasificados en la mesa de su cocina; para mí, esa atención era el recordatorio de mi fracaso. Me sentía observada como un espécimen bajo un microscopio: la mujer que lo tenía todo y ahora no tenía ni para el metro.
El tercer día, decidí que no podía seguir siendo un mueble más en su sala. Me puse el único traje que no me gritaba "propiedad de Richard" y salí a la calle.
Pasé seis horas recorriendo bibliotecas municipales, archivos históricos de segunda categoría y pequeñas librerías de viejo. En todas partes recibí la misma respuesta: “No tenemos presupuesto para una restauradora con su perfil” o, lo que era peor, el silencio incómodo cuando reconocían mi apellido vinculado al reciente "incidente" en la Fundación Helios.
Regresé al piso 12 cuando el sol ya se ponía, con los pies ardiendo y el alma en los huesos. Al entrar en el 12A, el olor a café recién hecho y el sonido de Marcos hablando por teléfono desde su estudio me golpearon. Era un entorno de éxito, de gente que tiene un lugar en el mundo.
Me quité los tacones en la entrada, tratando de no hacer ruido, pero él apareció en el pasillo antes de que pudiera esconderme en mi habitación. Se había quitado la chaqueta de la firma y tenía las mangas de la camisa remangadas.
—¿Alguna suerte? —preguntó. Su voz era casual, pero sus ojos escaneaban mi rostro, detectando la derrota antes de que yo abriera la boca.
—El mercado de los manuscritos antiguos no parece estar pasando por su mejor momento —respondí, intentando usar una pizca de mi antigua altivez para cubrir la grieta en mi voz. Pasé por su lado hacia la cocina para beber agua—. O quizá es que mi nombre ahora tiene el mismo valor que un pergamino podrido.
—Roma no se construyó en un día, Eleanor. Ni se reconstruyó tras un incendio en tres jornadas —Marcos me siguió. Se apoyó en el marco de la puerta, invadiendo ese espacio que empezaba a sentirse peligrosamente estrecho—. He estado pensando... mi firma necesita a alguien para organizar el archivo histórico de los casos de los años setenta. Es un desastre y...
—No —lo interrumpí, dejando el vaso sobre la encimera con un golpe seco. Me giré hacia él, sintiendo que la vergüenza se transformaba en una chispa de rabia—. No me des un trabajo por lástima, Marcos. No voy a ser la empleada de caridad del bufete de mi exvecino.
—No es lástima, es una necesidad técnica —replicó él, dando un paso hacia el centro de la cocina. Su cercanía física era una presión constante, un calor que yo me empeñaba en llamar "molestia"—. Pero si prefieres seguir pateando las calles para que te miren por encima del hombro, adelante. Tu orgullo siempre ha sido tu mejor accesorio, aunque ahora esté un poco pasado de moda.
—¡Tú no entiendes nada! —le espeté, dando un paso hacia él también. Estábamos a menos de medio metro. Podía ver el rastro de cansancio en sus ojos y la sombra de su barba de final del día—. Tú estás aquí, con tu firma, tu apellido intacto y tu apartamento de lujo. Yo no soy más que el chisme del pasillo. Cada vez que me miras, siento que estás contando los días para que me largue y dejes de tener que cargar con el despojo de Richard.
—¿Eso es lo que crees que veo cuando te miro? —Su voz bajó una octava, volviéndose peligrosa, vibrante—. ¿Crees que estoy contando los días?
La tensión en la cocina cambió de frecuencia. Ya no era la humillación de la mantenida, era algo mucho más antiguo y visceral. Me quedé sin palabras, con la boca entreabierta, atrapada en su mirada. Mi cerebro me gritaba que era incomodidad, que era la vergüenza de deberle la vida, pero mi cuerpo… mi cuerpo estaba registrando algo que no sabía archivar por colores ni tamaños.
—Eres una mujer imposible, Eleanor —susurró él, y por un segundo creí que iba a acortar la distancia. Su mano se movió, como si fuera a tocarme el mechón de pelo que se me había escapado del recogido, pero se detuvo en el aire.
Se echó hacia atrás, rompiendo el hechizo, y una sonrisa cínica, de esas que yo solía odiar, volvió a sus labios.
—Cena algo. He dejado comida en la nevera. Y por favor, deja de intentar ser una mártir. No te pega nada el papel de víctima.
Se dio la vuelta y me dejó sola en la cocina, con el corazón acelerado y una confusión que me quemaba el pecho. No era solo vergüenza. Era el miedo aterrador de darme cuenta de que, en medio de mi ruina, el hombre al que yo despreciaba era el único que me hacía sentir que todavía había algo debajo de la máscara que valía la pena salvar.
Me senté en el suelo, rodeada por el lujo discreto de su cocina, y por primera vez no pensé en Richard, ni en la Fundación, ni en el dinero, ni en mi futuro incierto. Pensé en la mano de Marcos suspendida en el aire y en cómo, por un instante, deseé que no se hubiera detenido.
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