MARCOS
El Bar 1904 siempre ha sido nuestra zona de guerra y nuestro santuario. Un lugar de madera oscura, luz de bajo consumo y un whisky tan caro que debería venir con un consejo legal gratuito. Thomas, mi socio y el hombre que conoce dónde están enterrados todos mis cadáveres —metafóricamente hablando—, me observaba desde el otro lado de la mesa con una intensidad que empezaba a ponerme nervioso.
Hacía veinte minutos que habíamos llegado y yo apenas había tocado mi copa.
—¿Te encuentras bien, Marcos? —preguntó Thomas, arqueando una ceja—. Llevas diez minutos mirando esa mancha de humedad en la pared como si fuera una prueba crucial en un juicio de apelación.
—Estoy cansado, es todo. Ha sido una semana larga con el caso de los laboratorios —mentí, dándole un sorbo al whisky. Sabía amargo.
—No me vengas con esa basura. Llevamos este despacho juntos desde hace diez años. El caso de los laboratorios lo cerraste el martes y saliste de la oficina silbando —Thomas se inclinó hacia delante, apoyando los codos en la mesa—. Es otra cosa. O mejor dicho, es alguien.
Me acomodé en el asiento, sintiendo el roce de la camisa de seda contra mis hombros. Por un segundo, mi mente viajó al apartamento, al olor de la trementina y al silencio tenso de Eleanor ocupando mi habitación de invitados.
—No sé de qué hablas.
—Marcos, por favor. Hace un momento pasó la rubia de la barra, esa que te ha estado lanzando miradas de "arruíname la vida" desde que entramos, y ni siquiera has parpadeado. El Marcos de hace un mes ya le habría enviado una copa y estaría planeando cómo invitarla a desayunar.
Solté un suspiro corto y me pasé la mano por la cara. Thomas tenía razón, y eso era lo más molesto.
—Simplemente... he perdido el ritmo —dije, tratando de sonar casual.
—No has perdido el ritmo. Has cambiado la frecuencia. Estás distraído. En las reuniones de socios pareces un monje tibetano y sales disparado del despacho a las siete en punto. ¿A las siete, Marcos? Tú solías ser el último en apagar la luz, generalmente con una modelo esperando en el vestíbulo.
Thomas me hizo una seña al camarero para que repitiera la ronda. Luego me miró fijamente.
—¿Es la vecina, verdad? La del piso 12B. La restauradora de papel viejo.
—Se llama Eleanor —corregí antes de poder filtrarlo.
Thomas soltó una carcajada que hizo que un par de abogados en la mesa de al lado se giraran.
—"Se llama Eleanor" —repitió, burlándose de mi tono—. Oh, estás en problemas serios. Te has vuelto protector. El gran tiburón del bufete Ross & Associates ahora rescata damiselas con guantes de látex. Me han dicho que tuviste un... altercado físico con un tal Richard.
—El tipo es un animal —mascullé, sintiendo que los nudillos me volvían a escocer por el recuerdo—. Estaba degradándola en su propia cara. No podía quedarme mirando.
—Ya. Y ahora ella vive contigo. En tu santuario. El lugar donde ninguna mujer pasa más de seis horas sin que tú empieces a buscarles un taxi —Thomas negó con la cabeza, esta vez con una sonrisa más suave—. Te ha cambiado la cara, hermano. Ya no tienes esa mirada de "quién es la siguiente". Tienes la mirada del que ha encontrado un original y ha dejado de buscar copias.
—Ella me odia, Thomas. O al menos, odia necesitarme. Se siente humillada cada vez que le ofrezco un café.
—Claro que se siente así. Le has visto las costuras. Pero eso es lo que te tiene enganchado, ¿no? Por primera vez no estás jugando al cazador. Estás jugando a ser... humano. Y me parece que te gusta más de lo que quieres admitir.
Me quedé mirando el ámbar del whisky. Era ridículo. Yo, el abogado que negociaba cláusulas de rescisión millonarias sin pestañear, estaba perdiendo el sueño por una mujer que me miraba con una mezcla de asco y desesperación.
—Es complicada —dije finalmente.
—Las mejores cosas lo son. Solo hazme un favor —Thomas levantó su copa—. No la espantes con tu arrogancia de socio senior. A veces, a las mujeres como ella no les importa cuánto ganas, sino cuánto estás dispuesto a perder por ellas.
Brindamos en silencio. Thomas empezó a hablarme de un nuevo contrato inmobiliario, pero mi mente ya no estaba en el Bar 1904. Estaba imaginando la luz de la cocina encendida, el sonido de las páginas de un libro pasando y la posibilidad de que, al llegar, Eleanor no me mirara con vergüenza, sino con algo que se pareciera, aunque fuera un poco, a la bienvenida.
Thomas tenía razón: el Marcos que entró en ese bar era una versión que ya no me quedaba bien. El traje era el mismo, pero el hombre que lo llevaba estaba empezando a desear cosas que no se podían comprar con una firma en un contrato.
—Solo no metas la pata, Marcos —añadió Thomas mientras pagaba la cuenta—. No estás ante un jurado al que puedas convencer con un discurso brillante. Estás ante una mujer que sabe leer entre líneas.
Me despedí de él con un gesto vago y salí a la calle. El aire de la noche en Nueva York estaba fresco y la ciudad rugía a mi alrededor, pero yo me sentía extrañamente desconectado de ese ruido. Subí al coche y manejé hacia el edificio con una urgencia que me resultaba nueva. Thomas tenía razón: antes, mi casa era solo el lugar donde guardaba mis trajes y dormía unas pocas horas. Ahora, era el lugar donde estaba ella.
Al llegar al piso 12, me detuve un segundo frente a mi propia puerta. Respiré hondo, ajustándome la chaqueta, sintiéndome como un adolescente antes de una primera cita, lo cual era patético considerando que solo iba a entrar en mi propio salón.
Abrí con cuidado. El apartamento estaba en penumbra, a excepción de una pequeña lámpara en la esquina de la biblioteca.
Eleanor no estaba en el sofá, ni en la cocina. El silencio era absoluto, pero el ambiente no se sentía vacío. Había un rastro de ella: un libro de historia del arte abierto sobre la mesa con un trozo de papel haciendo de marcador, y el aroma sutil de su perfume que parecía haberse instalado en las cortinas.
Caminé hacia su habitación —la que solía ser mi cuarto de invitados— y vi un hilo de luz por debajo de la puerta. Me quedé allí, con la mano suspendida antes de llamar. Las palabras de Thomas resonaron en mi cabeza: “A las mujeres como ella no les importa cuánto ganas, sino cuánto estás dispuesto a perder por ellas”.
—¿Eleanor? —susurré, apenas audible.
No hubo respuesta inmediata. Estaba a punto de darme la vuelta cuando escuché el sonido de algo cayendo al suelo y un pequeño jadeo contenido. No era un jadeo de dolor, sino de frustración, de esa rabia silenciosa que ella guardaba bajo llave.
—¿Todo bien? —insistí, esta vez apoyando la mano en la madera.
—No entres, Marcos. Por favor —su voz sonó ahogada, como si estuviera hablando desde el fondo de un pozo.
Esa era la señal que mi "viejo yo" habría ignorado para evitarse problemas, pero el Marcos que acababa de tomarse tres whiskies con Thomas no podía darse la vuelta. Giré el pomo lentamente. La puerta no estaba con llave.
Lo que vi me detuvo en seco.
Eleanor estaba de rodillas en el suelo, rodeada de sus cajas. Tenía una de sus herramientas de restauración en la mano —un bisturí pequeño y afilado— y estaba intentando separar con desesperación el marco de una fotografía pequeña. Sus manos temblaban tanto que el metal chocaba contra la madera con un sonido errático. Estaba llorando, pero de esa forma en que lo hace la gente que odia llorar: sin ruido, con los ojos muy abiertos y la mandíbula apretada.
Se giró hacia mí, con el rostro desencajado por la sorpresa y la vergüenza de haber sido descubierta en su momento de mayor quiebre.
—Te dije que no entraras —siseó, tratando de ocultar la foto tras su espalda, pero era tarde.
Había visto la imagen. Era ella, mucho más joven, con sus padres en lo que parecía ser un jardín de Connecticut. La Eleanor que Richard no había comprado, la que todavía no sabía que su valor se mediría en metros cuadrados en el Upper East Side.
—Solo quería... —empezó ella, pero se le quebró la voz—. Solo quería ver si todavía quedaba algo en esta caja que no me recordara a él. Pero todo está manchado, Marcos. Todo.
Me acerqué y, sin pedir permiso, me senté en el suelo frente a ella, ignorando que mi traje de tres mil dólares se llenaba del polvo de sus cajas. Thomas tenía razón: el escenario ya no importaba.
—Entonces quema las cajas —dije con suavidad, mirándola a los ojos—. Pero no te rompas las manos intentando salvar un marco que ya no encaja con la foto.