Atracción Feroz

XV

El contrato estaba guardado en una de mis cajas, firmado y sellado. El dinero de Marcos estaba en mi cuenta, pero no lo había tocado. No podía. Cada vez que abría la aplicación del banco y veía esa cifra, sentía que el fantasma de Richard se reía de mí desde las sombras. Necesitaba dinero "limpio", dinero que oliera a esfuerzo y no a préstamos de caballeros con traje.
Por eso, cuando encontré el anuncio en la pizarra de la lavandería a tres calles del edificio, no lo dudé.
—No necesitamos restauradoras de papel —me había dicho el dueño, un hombre con olor a tabaco y manos callosas—. Necesitamos a alguien que sepa limpiar el desastre de los turnos de noche y que no le haga ascos a las sábanas de los hoteles baratos de la zona.
Acepté en el acto.
Llevaba cuatro días trabajando de seis de la tarde a once de la noche. Mis manos, antes acostumbradas a la seda y los pinceles de marta, ahora estaban rojas y agrietadas por el cloro. Me dolía la espalda de una forma que no sabía que existía, y el cabello se me pegaba a la nuca por el vapor de las secadoras industriales. Pero cada vez que salía de allí con veinte dólares en efectivo, sentía una chispa de algo que se parecía a la libertad.
Esa noche, el turno era especialmente pesado. Estaba de rodillas, fregando el suelo detrás de las máquinas, con un delantal de plástico que me hacía sentir ridícula. Estaba exhausta, pero me obligaba a frotar cada mancha con saña, como si pudiera limpiar también mi currículum.
Entonces, la campanilla de la puerta sonó. No levanté la vista.
—Cerrado —dije, sin dejar de fregar—. Vuelva mañana a las ocho.
—He oído que este lugar tiene el mejor servicio de lavandería de emergencia de la ciudad, pero no esperaba encontrarme a una especialista en códices medievales de rodillas.
Esa voz. Se me cayó el cepillo de las manos. El sonido del plástico contra el suelo fue un eco de mi propia caída. Me puse en pie lentamente, sintiendo cómo el calor de la vergüenza me subía por el cuello, más fuerte que el vapor de las máquinas.
Ahí estaba Marcos. Impecable, con su abrigo largo abierto y una expresión que no pude descifrar: no era burla, era algo mucho más doloroso. Era decepción.

MARCOS
Llevaba tres noches preguntándome a dónde iba Eleanor. Me decía que iba a caminar, que necesitaba aire, pero regresaba con los hombros hundidos y ese olor... un olor químico que no encajaba con ella. Esta noche, simplemente la seguí. No fue por desconfianza, fue por una corazonada que me estaba quemando el estómago.
Cuando la vi entrar en esa lavandería de mala muerte, quise entrar y sacarla de allí de un brazo. Pero esperé. Esperé hasta que la vi de rodillas, con ese delantal espantoso, fregando un suelo que no se iba a limpiar nunca del todo.
Sentí una furia fría y ciega. No contra ella, sino contra la situación. Contra el mundo que obligaba a alguien como Eleanor a humillarse de esa forma solo para no deberme nada.
—¿Qué haces aquí, Marcos? —preguntó ella. Se había puesto recta, intentando recuperar esa dignidad de columna de mármol, pero tenía una mancha de jabón en la mejilla y los ojos inyectados en sangre.
—He venido a buscar mi ropa —mentí, dando un paso hacia el interior—. Pero parece que mi vecina está demasiado ocupada redescubriendo el valor del trabajo manual.
—Vete —susurró, y esta vez no era una orden, era un ruego—. Por favor, vete.
—¿Por qué, Eleanor? ¿Porque esto es real? ¿Porque prefieres estar aquí, rompiéndote las manos por el sueldo mínimo, que usar el dinero que ya hemos acordado? —Caminé hacia ella hasta que el olor a cloro me irritó la nariz—. Tienes un contrato firmado. Tienes crédito. Tienes talento. ¿Y decides que tu "empezar de cero" sea esto?
—¡Es mi dinero! —gritó, y el eco de su voz rebotó en los tambores de metal—. Estos veinte dólares que tengo en el bolsillo son los únicos que no le debo a nadie. Ni a Richard, ni a mis padres, ni a ti. No es humillante si es mío, Marcos.
Me acerqué más, ignorando el charco de agua jabonosa que estaba arruinando mis zapatos. La tomé de los hombros. Estaba temblando de agotamiento.
—Es humillante que desperdicies tu mente de esta manera por puro orgullo —le dije, bajando la voz—. No te ayudo para que seas mi empleada, Eleanor. Te ayudo para que vuelvas a ser tú. Y esta mujer de rodillas... esta no eres tú. Es solo alguien intentando castigarse por haber confiado en el hombre equivocado.
—Tú no sabes quién soy —replicó ella, intentando zafarse, pero no tenía fuerzas—. No sabes lo que se siente al no tener un centavo que no venga con condiciones.
—Sé lo que se siente al ver a alguien que me importa destruyéndose a sí misma por una idea retorcida de independencia —solté, y la palabra "importa" se quedó flotando entre nosotros, pesada y brillante.
Ella se detuvo. Sus ojos buscaron los míos, buscando la trampa, el ángulo legal, la burla. Pero no encontró nada de eso. Me quedé allí, sosteniéndola entre el vapor y el ruido de las máquinas, odiando cada segundo que pasaba en ese lugar.
—Vámonos a casa —dije, suavizando el tono—. No voy a dejar que termines este turno. Si necesitas pagar el préstamo, lo harás con tu trabajo real. Yo mismo te ayudaré a encontrarlo, pero no de rodillas. Nunca más de rodillas, Eleanor.
Ella bajó la cabeza y, por primera vez, no hubo una réplica ácida. Solo un suspiro largo y roto. Se quitó el delantal de plástico y lo tiró sobre el mostrador con un gesto de asco definitivo.
—Mañana tendré que buscar otra cosa —murmuró, casi para sí misma.
—Mañana —respondí, tomándola de la mano por primera vez de forma deliberada—, buscaremos algo que esté a tu altura.
Salimos de la lavandería hacia el frío de la noche. Ella caminaba a mi lado, todavía oliendo a detergente barato, y yo me pregunté en qué momento exacto su orgullo se había vuelto tan valioso para mí que preferiría perder cada centavo de mi cuenta antes que verla fregando un suelo otra vez.




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