ELEANOR
El viernes amaneció con una luz más suave, pero mi pulso no lo estaba. La cena de anoche se repetía en mi mente: la forma en que Marcos me miró a la luz de las velas, su mano rozando la mía sobre el mantel y ese silencio en la esquina de la Quinta Avenida que estuvo a punto de romperse. No hubo beso, pero la posibilidad de que ocurriera flotaba en el apartamento como el aroma del café recién hecho.
Salí a la cocina intentando mantener mi fachada de "inquilina profesional". Marcos ya estaba allí, pero no llevaba la chaqueta del traje. Tenía las mangas de la camisa blanca remangadas y estaba concentrado en preparar unas tostadas.
—Buenos días —dijo, y su voz tenía una calidez que me hizo apretar los dedos contra el marco de la puerta.
—Buenos días. Huele bien.
—Es lo mínimo para la nueva consultora de la Colección Beaumont —respondió él, ofreciéndome una silla.
El desayuno fue diferente. Ya no había la rigidez de los primeros días, pero la energía era eléctrica. Cada vez que nuestras miradas se cruzaban, yo sentía que el aire se espesaba. Él me hablaba de un caso de arbitraje, pero yo solo podía fijarme en cómo se movían sus manos. Estaba empezando a acostumbrarme a su presencia, a su café, a su seguridad. Y eso me aterraba. Porque en mi mundo, acostumbrarse a un hombre había sido el preludio de perderme a mi misma.
MARCOS
Pasé el día en el despacho con una sonrisa que Thomas no tardó en señalar como "altamente sospechosa para un abogado de litigios". Tenía ganas de volver a casa. Era una sensación absurda, pero el piso 12 ya no era solo un lugar donde guardaba mis trajes; era donde estaba ella.
Llegué al edificio cerca de las siete de la tarde. Al salir del ascensor, me sorprendió encontrar la puerta de mi apartamento entreabierta. Un escalofrío me recorrió la espalda. Eleanor nunca dejaría la puerta así.
Entré rápido y me detuve en seco.
En medio de mi salón, con una copa de mi mejor vino en la mano y una maleta de diseño a sus pies, estaba Valeria.
—¿Marcos? Cariño, por fin llegas. La recepcionista me dejó subir, sabe que siempre pierdo las llaves—dijo ella, acercándose para darme dos besos en las mejillas que olían a un perfume caro y floral, un aroma que invadió el espacio de inmediato.
Valeria era mi pasado en forma de modelo de pasarela y un divorcio millonario que yo mismo le ayudé a gestionar hace dos años. Nuestra relación había sido intermitente, superficial y perfectamente cómoda. Hasta ahora.
—¿Valeria? ¿Qué haces aquí? —pregunté, tratando de no sonar tan alarmado como me sentía.
—He vuelto de Milán. Y ya sabes que detesto los hoteles cuando tu sofá es tan… acogedor —se rió, pero su risa se cortó cuando Eleanor salió del pasillo de las habitaciones.
ELEANOR
Escuché una voz femenina y el corazón se me subió a la garganta. Al asomarme, la vi. Era la mujer más espectacular que había visto fuera de una revista. Alta, con un cabello castaño que caía en ondas perfectas y una seguridad que solo da el dinero y la belleza incuestionable. Llevaba un vestido de seda que costaba más que mis seis cajas de pertenencias juntas.
—Oh —dijo la mujer, escaneándome de arriba abajo con una curiosidad que rozaba la impertinencia—. Marcos, no me habías dicho que tenías servicio interno ahora. ¿Es nueva?
El impacto de sus palabras fue como un cubo de agua helada. La "Srita. Johnson" que yo intentaba reconstruir se hizo añicos en un segundo. Volví a ser la mujer pequeña, la deudora, la intrusa en un apartamento que no me pertenecía.
—No es el servicio, Valeria —dijo Marcos con una voz gélida que me hizo saltar—. Es Eleanor. Mi amiga… y mi invitada.
—¿Invitada? —Valeria arqueó una ceja, mirando mi ropa sencilla y mi cabello recogido con rapidez—. Vaya. No sabía que el piso 12 se había convertido en un refugio. Mucho gusto, Eleanor. Soy Valeria, la… bueno, Marcos te lo explicará.
Marcos se tensó visiblemente. Me miró, y en sus ojos vi una súplica de entendimiento que no supe cómo procesar. El aire en la sala se volvió irrespirable. Ella se movía por el apartamento como si fuera suyo, dejando su abrigo sobre el sofá donde yo me había derrumbado a llorar noches atrás.
—Tengo trabajo que terminar —dije, sintiendo que la garganta se me cerraba. Mi voz sonó pequeña, débil, exactamente como odiaba sentirme.
—Eleanor, espera —intentó Marcos, dando un paso hacia mí.
—No, está bien. Valeria tiene razón, el sofá es muy acogedor. Disfrutad de la noche.
Me encerré en mi habitación y me apoyé contra la puerta. Los celos no eran una emoción que yo solía permitirme; eran vulgares. Pero lo que sentía no era solo celos. Era la confirmación de mis miedos: Marcos tenía una vida llena de "Valerias", mujeres brillantes, exitosas y seguras de sí mismas. Yo solo era un proyecto de restauración, una página dañada que él estaba intentando arreglar por pura ética profesional.
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MARCOS
En cuanto cerré la puerta tras Valeria, sentí que el apartamento recuperaba el oxígeno. La eché no por un arrebato de caballero andante, sino porque su presencia me estorbaba. Me estorbaba el perfume, me estorbaba su presunción de propiedad y, sobre todo, me estorbaba que Eleanor se hubiera retirado con esa expresión de "aquí no pinto nada".
Me quité la camisa, me serví un whisky y me quedé a oscuras en el salón. No iba a dormir. Mi mente de abogado estaba repasando el caso, pero el caso no era una fusión de empresas, era la mujer que se escondía tras la puerta de invitados. Sabía que estaba despierta. Sabía que estaba analizando la situación como si fuera un pergamino dañado.
ELEANOR
Escuché el silencio tras la partida de la "perfección hecha mujer". Mi instinto me decía que debía quedarme en la cama, pero mi estómago y mi orgullo tenían otros planes. Tenía sed y una irritación sorda que solo un enfrentamiento —o un vaso de agua— podía calmar.
Salí a la cocina con mi pijama de seda azul marino, el cabello algo revuelto y mi mejor cara de "no me importa tu vida".
Pero al llegar al salón, me detuve. Marcos estaba sentado en el sofá, medio desnudo en la penumbra, luciendo insultantemente cómodo para alguien que acababa de echar a una modelo de su casa a las dos de la mañana.
—Se ha ido —dijo él, sin girar la cabeza, siguiendo el ritmo de mi respiración—. Puedes dejar de aguantar el aire, Eleanor. El peligro de las modelos italianas ha pasado.
—No estaba aguantando el aire. Y no representaba ningún peligro para mi —mentí, caminando hacia la isla de la cocina con paso firme—. Solo venía por agua. Y me parece una falta de cortesía que despaches a tus visitas así. La pobre mujer parecía estar muy cómoda en tu sofá.