Eleanor
El aire de la terraza era gélido, pero no tanto como la voz de Richard. Se acercó a mí invadiendo mi espacio personal, ese que ahora solo le pertenecía a mis propias reglas. Su perfume, el mismo que antes me hacía sentir protegida y que ahora me provocaba náuseas, lo inundó todo.
—Mírate —escupió, recorriendo mi vestido con una mirada que intentaba desnudarme de mi dignidad—. Siempre fuiste buena fingiendo, Eleanor. Pero Ross no es un tonto. Sabes que en cuanto se canse de la novedad de "rescatar a la desvalida", volverás a donde perteneces. A la sombra. A esperar mis migajas.
—Te equivocas, Richard —respondí. Mi voz no tembló. Fue un sonido limpio, como el cristal tallado—. Ya no espero nada. Ni tuyo, ni de nadie. Lo que ves no es un disfraz, es lo que queda cuando por fin estás fuera de la vida de una mujer.
Él soltó una carcajada seca, carente de humor. Se adelantó, acortando la distancia hasta que pude ver las venas marcadas en su frente.
—No me vengas con discursos de empoderamiento de salón. Fui tu primer hombre, Eleanor. Cada vez que él te toque, vas a recordar que yo estuve allí primero. Fui el que te enseñó todo lo que sabes. Eso no se borra con un nuevo empleo o un contrato de préstamo. Siempre serás mía en alguna parte de tu memoria.
Sentí una punzada de asco, pero en lugar de encogerme, me eché a reír. Fue una risa genuina que lo dejó descolocado.
—¿Tuya? Richard, me tomó cinco años entender por qué me conformaba contigo. Y en poco más de dos meses viviendo con Marcos, he descubierto la respuesta: no sabía lo que era tener a un hombre de verdad al lado. Lo que tú me "enseñaste" fue a ser pequeña, a pedir perdón por existir. Marcos me enseña a ocupar mi espacio.
Me acerqué a él, bajando la voz pero cargándola de veneno.
—He vivido con él en estas semanas lo que no viví contigo en media década. Él es superior a ti en cada aspecto imaginable: en el intelecto, en la ética y, sobre todo, en la cama. Me conformaba contigo porque eras lo único que conocía, mi único referente. Pero ahora que sé lo que es la pasión sin propiedad, la protección sin control... jamás, ni en mil vidas, volvería a elegir a alguien tan pequeño como tú.
Richard se puso lívido. La arrogancia fue reemplazada por una furia ciega. Sus manos volaron hacia mis brazos, apretándolos con una fuerza que buscaba dejar marca, un último intento de reclamar territorio.
—Repite eso, maldita... —siseó, sacudiéndome apenas un centímetro.
MARCOS
Había estado observando desde el umbral de la puerta acristalada en cuanto vi a Jane regresar a la mesa con el rostro pálido y los ojos esquivos. Mi instinto de protección rugió, pero me obligué a frenar. Eleanor no necesitaba un caballero de brillante armadura que diera puñetazos; necesitaba al abogado que desmantela imperios con una sonrisa.
Escuché sus palabras. Cada una de ellas. "Él es superior a ti en cada aspecto imaginable". Si no estuviéramos en medio de una crisis, me habría puesto a celebrar allí mismo, pero ver los dedos de Richard hundiéndose en su piel hizo que mi sangre se convirtiera en plomo líquido.
Caminé hacia ellos con paso lento, relajado, con las manos metidas en los bolsillos del esmoquin. No grité. No corrí.
—Richard, suéltala —dije, mi voz era un susurro letal que cortó el aire—. Ahora mismo.
Richard se giró, todavía sujetando a Eleanor, con los ojos desorbitados.
—No te metas, Ross. Esto es entre ella y yo.
—En realidad —dije, sacando una mano para ajustar mi reloj con parsimonia—, es entre tú y el Código Penal. Y posiblemente entre tú y tu junta de accionistas. Verás, mientras estabas aquí tratando de recuperar un orgullo que perdiste hace mucho, Beatrice, tu esposa, estaba hablando con Artur en la mesa principal. Parece que Artur no está muy contento con los rumores de las irregularidades en la gestión de tus fondos de fideicomiso... esos que usabas para pagar el alquiler de "ciertos" apartamentos.
Richard palideció, su agarre en los brazos de Eleanor flaqueó.
—¿De qué hablas? Eso es confidencial.
—Nada es confidencial para un socio senior con acceso a los registros de auditoría de la Fundación Helios —sonreí, dando un paso más, colocándome justo al lado de Eleanor, sintiendo su calor—. He pasado las últimas seis semanas revisando los cabos sueltos que dejaste cuando intentaste hundirla a ella. Si no sueltas a la señorita Johnson y te retiras de esta gala con lo que te queda de dignidad, mañana a primera hora presentaré una demanda formal por acoso, agresión y malversación. Y créeme, Richard, yo nunca pierdo.
Richard soltó a Eleanor como si quemara. Miró a su alrededor, dándose cuenta de que algunas cabezas empezaban a girarse desde el interior. Estaba acorralado. Con un gruñido de pura impotencia, se ajustó el traje, lanzó una última mirada de odio y desapareció entre las sombras de la terraza, huyendo hacia la salida como el cobarde que siempre sospeché que era.
ELEONOR
El silencio que quedó tras su partida fue reparador. Me froté los brazos, no por dolor, sino para limpiar su rastro. Marcos se giró hacia mí. No había rastro del tiburón legal de hace un momento; sus ojos ardían con algo mucho más peligroso.
—¿Estás bien? —preguntó, su mano rozando mi mejilla con una delicadeza que me hizo temblar.
—Sí —respondí, recuperando el aliento—. Gracias por no golpearlo. Habría sido demasiado fácil para él hacerse la víctima.
Marcos soltó una risita baja, y de repente, una chispa traviesa iluminó su rostro. Se acercó un poco más, rodeándome la cintura con un brazo, pegándome a su cuerpo de esmoquin impecable.
—Así que... ¿"superior en todos los sentidos"? —susurró contra mi oído, su aliento cálido enviando escalofríos por mi columna—. ¿"En menos de dos meses lo que no vivió en cinco años"? Vaya, Eleanor. Si llego a saber que tenías esa opinión de mí, te habría cobrado menos intereses en el préstamo.
Sentí que mis mejillas se encendían, pero no bajé la mirada. La adrenalina de la victoria todavía corría por mis venas.
—No te dejes llevar por el ego, Ross —bromeé, pasando mis manos por sus solapas—. Solo estaba usando argumentos legales. La hipérbole es una herramienta retórica muy útil.
—Oh, no fue hipérbole —Marcos me apretó más contra él, su mirada bajando a mis labios con una intención que me dejó sin aire—. Te escuché, Eleanor. Me elegiste. Incluso antes de que yo apareciera para asustar al lobo feroz, tú ya me habías elegido.
—Tal vez —admití, enredando mis dedos en su cabello, ignorando por completo que estábamos en una gala llena de gente poderosa—. Tal vez eres un buen referente después de todo.
—Soy el único referente que vas a necesitar —sentenció él.
Ya no hubo más palabras. Marcos acortó la distancia y me besó con una pasión que lo reclamaba todo: mi pasado, mi presente y ese futuro incierto que ya no me daba miedo. Fue un beso hambriento, victorioso, un sello de propiedad mutua que nada tenía que ver con contratos o deudas. En medio de la terraza, bajo la mirada invisible de la élite de la ciudad, el Piso 12 se sintió más cerca que nunca.—Sí —respondí, recuperando el aliento—. Gracias por no golpearlo. Habría sido demasiado fácil para él hacerse la víctima.
Marcos soltó una risita baja, y de repente, una chispa traviesa iluminó su rostro. Se acercó un poco más, rodeándome la cintura con un brazo, pegándome a su cuerpo de esmoquin impecable.
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