Eleanor
El jardín de la casa de campo de los padres de Thomas está inundado de risas y el olor a carne asada. Es el segundo cumpleaños de nuestra hija, Esther, y el caos es absoluto.
Observo la escena desde el porche: mi madre, que finalmente recuperó el brillo en sus ojos tras ver que su hija no acabó en la ruina, charla animadamente con la madre de Marcos sobre una receta de familia. Artur y mi padre discuten sobre negocios cerca de la parrilla, unidos por una complicidad que antes me parecía imposible.
—Parece que la "gestión de crisis" ha sido un éxito, ¿no crees? —Marcos se desliza detrás de mí, rodeando mi cintura con esa familiaridad que todavía me acelera el pulso.
—Has estado escuchando de nuevo tras las puertas, Ross —bromeo, apoyando mi cabeza en su hombro.
Él suelta una carcajada y me besa la sien. Marcos ya no es solo el socio senior de un bufete de élite; ahora es el hombre que corre tras una niña de dos años con un sombrero de fiesta torcido. Richard es solo un recuerdo borroso, una nota al pie de página en un libro que él mismo intentó quemar.
—Míralos —dice Marcos, señalando a nuestras familias unidas—. Quién diría que todo empezó con una bofetada en un ascensor y un contrato de préstamo con intereses abusivos.
—Tus intereses siempre fueron abusivos, Marcos —le recuerdo, girándome en sus brazos—. Pero creo que ya he terminado de pagar la deuda.
—Oh, no —él sonríe, esa sonrisa de "Don Juan" que ahora solo me pertenece a mí—. El contrato es de por vida, Eleanor. Y me temo que las cláusulas de amor y lealtad no tienen fecha de vencimiento.
Nuestra hija grita llamandonos desde el césped, y juntos, de la mano, bajamos los escalones para unirnos a la celebración. Ya no hay jaulas, ni de seda ni de oro. Solo hay un horizonte abierto y la certeza de que, sin importar lo que venga, el Piso 12 siempre será el lugar donde aprendimos a volar.
FIN.
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