Decían que lo hacían por mi bien. Mis profesores en los pasillos de la escuela, cuando bajaban la mirada con lástima o asco al verme pasar; mis compañeros en el aula, cuyas risas resonaban como agujas en mis oídos cada vez que me tocaba salir a la pizarra; y, sobre todo, mi familia. En la mesa familiar, cada plato de comida venía acompañado de un suspiro de decepción o de un comentario pasivo-agresivo. El hogar no era un refugio; era el epicentro de mi humillación.
Pasé años atrapada en un cuerpo que el mundo consideraba un error.
Por eso, cuando cumplí dieciséis años, decidí destruirme para volver a nacer. El dolor de los músculos quemándose en el gimnasio a las cinco de la mañana no era nada comparado con el peso de sus burlas. Las dietas estrictas que me dejaban la cabeza temblando eran mi declaración de guerra contra sus críticas. Perdí la cuenta de las lágrimas, de los días de ayuno y de los kilómetros corriendo bajo la lluvia, pero funcionó.
Cincuenta kilos menos.
Sin embargo, los kilos se fueron, pero mi estructura no cambió. Mi cuerpo se esculpió de una forma que jamás imaginé: me quedé con unas caderas anchas y un culito respingón que desafiaba la gravedad, aunque mis senos seguían siendo pequeños. Mis muslos se mantuvieron anchos y fuertes, pero ahora eran puro músculo atlético. Con un metro y sesenta y cinco de estatura, mi piel blanca seguía salpicada de pecas, coronada por una melena larguísima, de un tono entre rubio y colorín, que me caía indomable hasta las nalgas y que siempre llevaba suelta.
Quería que me miraran. Necesitaba que lo hicieran para convencerme de que la antigua yo ya no existía. Por eso empecé a vestirme con ropa muy apretada que marcara cada una de mis nuevas curvas, subida siempre a tacones altos que me hacían sentir poderosa. Mis ojos color miel los destacaba con sombras de tonos rosados pálidos, un delineador negro muy marcado que estiraba mi mirada y un toque de brillo en los labios. Quería comerme el mundo.
Y entonces, con la guardia baja y el espejo finalmente a mi favor, conocí a Julián.
Él era la antítesis de mi luz y mis colores rosados. Julián era una sombra imponente. Con su metro y noventa de estatura, me obligaba a levantar la cabeza por completo para sostenerle la mirada. Su cabello era negro como la noche, a juego con unos ojos negros y almendrados que parecían analizar cada uno de mis movimientos. Siempre vestía de negro, una armadura oscura que, combinada con su porte militar, transmitía una seguridad absoluta. Una seguridad que yo, en el fondo, todavía no tenía.
Cuando sus ojos negros se clavaron en mis ojos miel, sentí un escalofrío. Pensé que por fin alguien poderoso me veía, me elegía y me protegía.
Lo que no sabía era que Julián no buscaba a una mujer fuerte. Buscaba las grietas que el bullying había dejado debajo de mi ropa ajustada y mi maquillaje. Y no tardó mucho en encontrarlas.