Atrapada

Capítulo 2: Un halcón en el invierno

El aire helado de la montaña quemaba las mejillas, pero dentro del refugio el ambiente ardía. Mi prima había venido de visita y me había arrastrado a una escapada a la nieve con su grupo de amigos. Para mí, no era un viaje cualquiera: era la celebración de mi mayoría de edad. Dieciocho años. La edad perfecta para demostrarle al mundo que la niña asustada y acomplejada había quedado atrás, sepultada bajo mis tacones, mis vestidos ajustados y esa seguridad impostada que usaba como escudo.

La música retumbaba, los tragos pasaban de mano en mano y el ambiente de fiesta era embriagador. Fue ahí donde lo vi por primera vez.

Julián no me causó una buena impresión. Al contrario, desprendía una arrogancia tan densa que me pareció insoportable desde el primer segundo. Mientras todos bailaban, él permanecía sentado, envuelto en su ropa negra, fumando y bebiendo con una parsimonia calculadora. Sus ojos negros y almendrados escaneaban el lugar como un halcón. Ningún detalle se le escapaba; parecía estudiar los puntos débiles de cada persona en la sala.

A mí no me importó. Decidí ignorar su presencia oscura y concentrarme en su amigo, David.

David era todo lo contrario: atento, divertido y magnético. Bailamos y bebimos durante horas. Entre las luces difusas y el efecto del alcohol, mis inseguridades se disolvieron por completo. Me sentía la reina de la noche, la chica atractiva que todos miraban, el centro de atención que siempre quise ser. Mi prima ya había desaparecido en la multitud, disfrutando de un romance de una sola noche, y yo decidí dejarme llevar. Entre risas y confidencias a medias, David y yo nos dimos un par de besos. Sabíamos las reglas del juego: era un romance de invierno, un idilio pasajero entre la nieve. Vivíamos en ciudades muy diferentes y ninguno de los dos creía en las relaciones a distancia. Era perfecto, sin compromisos.

A mitad de la noche, me separé de David para ir al baño. Al salir, el pasillo estaba semivacío y la música se escuchaba más lejana.

Entonces, una sombra cortó mi camino.

Me detuve en seco. Julián estaba ahí, blocking el paso con su imponente metro y noventa de estatura. De cerca, su presencia era todavía más intimidante. Me miró desde arriba, con esa calma fría que me erizó la piel.

—Deberías tener cuidado —dijo, y su voz ronca vibró en las paredes del pasillo—. David no es tan atento ni tan protector como aparenta.

La advertencia me tomó por sorpresa, pero mi mecanismo de defensa se activó de inmediato. No iba a permitir que este tipo arrogante arruinara mi noche ni que viera el más mínimo rastro de mi vulnerabilidad. Levanté una de mis cejas rubias, sosteniéndole la mirada miel a sus ojos negros. Escondí mis nervios detrás de una risa falsa, forzando una pose de mujer fatal y segura de sí misma.

—¿Acaso tú lo eres? —le espeté, dando un paso hacia él—. ¿O también tienes una máscara como tu amigo?

No esperé respuesta. Con la dignidad intacta y la cabeza en alto, caminé a paso firme esquivándolo, dejando el sonido de mis tacones grabado en el suelo mientras lo abandonaba a solas en la penumbra del pasillo.

Me sentí victoriosa. Pensé que le había dado una lección al tipo más engreído del lugar. Lo que mi mente de dieciocho años no pudo comprender en ese momento, fue que mi respuesta desafiante no lo había alejado. Al contrario, había picado su curiosidad de depredador. Esa pequeña pizca de rebeldía había sido, sin saberlo, el boleto de entrada a mi propia tortura.




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