Atrapada

Capítulo 3: Hilos invisibles y falsas promesas

Los meses pasaron y el recuerdo de la nieve comenzó a derretirse en mi memoria. Tras regresar a nuestras respectivas rutinas, el contacto con los chicos de la montaña se cortó por completo. No volvimos a saber nada de ellos, o al menos eso era lo que yo creía.

Un día cualquiera, mi prima olvidó su teléfono en casa. Con un tono de urgencia, me pidió el mío prestado para enviar un mensaje importante. Se lo entregué sin ninguna mala intención, confiando plenamente en ella. La vi escribir de lo más animada, con una sonrisa cómplice dibujada en el rostro, pero en ningún momento le aclaró a la persona del otro lado de la pantalla que ese no era su teléfono. Dejó mi número registrado en algún lugar, abriendo una puerta que yo había intentado mantener cerrada.

Pronto llegó el momento de enfrentarme a mi verdadero desafío: la universidad. Decidí inscribirme en la carrera de Derecho, dispuesta a convertirme en abogada.

Las reacciones en mi hogar no me sorprendieron, pero no por eso dolieron menos. Mi madre, fiel a su costumbre de menospreciarme, no creía en mí. Recordaba mis años escolares, cuando la depresión por el bullying me impedía ser una alumna aplicada, y usó eso como arma. Me soltó con frialdad que para qué iba a gastar tiempo y dinero en estudiar si, al final, terminaría rindiéndome y dejando la carrera a medias.

Pero esta vez, alguien se puso de mi lado. Mi padre, un policía jubilado, decidió creer en mí. Aunque su pensión era muy baja y apenas alcanzaba para los gastos básicos del hogar, hizo malabares con las cuentas y comenzó a pagarme la universidad. Al ver el enorme sacrificio económico que él estaba haciendo y lo complicado que se le ponía el dinero cada fin de mes, no me quedé de brazos cruzados. Busqué empleo y conseguí trabajo en un local de comida rápida. Entre el olor a aceite, los turnos a contrarreloj y atender a clientes apresurados, logré ganar lo suficiente para ayudar a mi papá con la mensualidad y comprar mis propios libros de derecho. Estaba exhausta, pero orgullosa. Sentía que, por fin, tenía el control de mi vida.

Un día cualquiera, la rutina universitaria me daba un breve respiro. Estaba en mi receso de clases, sentada en uno de los bancos del campus con un libro pesado sobre las piernas, disfrutando del silencio.

De pronto, la pantalla de mi teléfono se encendió. Un número desconocido me había enviado un mensaje de texto. Lo abrí sin esperar nada especial, pero las palabras en la pantalla hicieron que el corazón se me diera la vuelta en el pecho:

«Hola, preciosa. No he sabido de ti en mucho tiempo, ¿cómo estás?»




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