En cuestión de segundos, la pantalla parpadeó con una respuesta que me dejó helada:
«Soy Julián. Estaba buscando a tu prima».
El aire pareció escaparse de mis pulmones por un instante. Rápidamente, aclaré la confusión en un mensaje de texto. Le expliqué que el día de la escapada a la nieve ella se había quedado sin batería o había olvidado su teléfono, y por eso le había escrito desde el mío. Pensé que ahí terminaría todo, pero Julián tenía otros planes. Tras un intercambio de varios mensajes donde su tono arrogante parecía haberse suavizado un poco, me preguntó si podíamos seguir en contacto. Miré el teléfono, dudosa. Al final, pensando que no había nada de malo en tener un amigo a la distancia, le respondí que no tenía ningún problema.
Así comenzamos a hablar. Los mensajes se volvieron parte de mi rutina diaria desde ese día hasta el mes de enero.
Para entonces, mi vida era un caos absoluto. Estaba terminando la semana de exámenes finales en la universidad, devorando códigos legales hasta la madrugada, y el trabajo en el local de comida rápida estaba más exigente que nunca por la temporada. Estaba exhausta, al límite de mis fuerzas; lo único que mi cuerpo y mi mente suplicaban era que llegaran por fin las vacaciones.
Aquella noche me tocaba el turno de cierre. El reloj marcó las 23:00 horas cuando terminé de limpiar y apagar las luces. El local quedó en completo silencio. A esa hora, la calle estaba desierta y me tocaba caminar sola para tomar la locomoción de regreso a casa. El miedo comenzó a treparme por el cuello. Sabía lo peligroso que era estar sola a esas horas, así que apreté los puños y me encomendé a Dios, rezando para llegar sin ningún problema a mi hogar.
Con el corazón latiéndome con fuerza, salí al frío de la noche y me dispuse a echar el candado. Justo en ese momento, divisé una silueta. Un hombre enorme y robusto se acercaba a mí desde la penumbra de la acera.
El pánico me congeló la sangre. Reaccioné por puro instinto de supervivencia: apreté las llaves metálicas con fuerza en mi mano derecha, lista para usarlas como arma si intentaba robarme, mientras calculaba mentalmente los pasos que me costaría abrir la puerta de nuevo para refugiarme dentro del local. El hombre acortó la distancia rápidamente, devorando el espacio con sus zancadas.
Estaba a punto de gritar cuando su silueta bloqueó por completo la poca luz de la calle y una voz ronca, profunda y extrañamente familiar rompió el silencio de la noche:
—Yo te ayudo a cerrar.