Con el corazón golpeándome con fuerza el pecho y la voz temblorosa, me di la vuelta lentamente. Tenía la intención de rechazar la ayuda, de decir con cortesía y firmeza que no era necesario, dispuesta a salir corriendo si era un desconocido. Pero al levantar la vista, las palabras se me atoraron en la garganta.
Frente a mí, bloqueando la luz de la calle con su metro y noventa de estatura, estaba él. Sus ojos negros y almendrados me miraban con una calma que contrastaba con mi pánico.
—¿Ju... Julián? —tartamudeé, sin poder creer lo que estaba viendo.
—Hola —me dijo, y una leve sonrisa se dibujó en su rostro—. Pensé en venir a acompañarte a cerrar ya que sabía que tenías miedo. Llevo algunos días acá, en la ciudad; me trasladaron como instructor de los nuevos militares.
Al escucharlo, el miedo del robo se desvaneció de golpe. El alivio me recorrió el cuerpo y una extraña tranquilidad me invadió al saber que estaba a salvo. Terminamos de cerrar el local y comenzamos a caminar juntos hacia el paradero para tomar mi bus de regreso. En mi mente, asumí que él solo me dejaría en la locomoción y regresaría de inmediato a la base militar. Sin embargo, para mi sorpresa, Julián subió al autobús conmigo.
Me giré a mirarlo en el asiento, preocupada por la hora.
—¿Cómo vas a regresar? —le pregunté—. A esta hora ya no hay buses de vuelta hacia la base.
Él me miró con total indiferencia, como si recorrer toda la ciudad por mí no fuera la gran cosa.
—No te preocupes. Me quedaré en algún hotel por el centro —respondió con esa voz ronca suya que me hacía sentir protegida.
La hora completa que duró el trayecto se pasó en un paradeo. Dejamos atrás las leyes de la universidad y el cansancio del local. Fuimos hablando de todo un poco, riéndonos y compartiendo anécdotas como si nos conociéramos de toda la vida. Por primera vez en mucho tiempo, sentí que alguien se interesaba genuinamente por mí, por mis largas jornadas y por mi seguridad. Su arrogancia de la nieve parecía haber desaparecido, reemplazada por una atención caballeresca que me halagaba.
Llegamos al centro de la ciudad y lo acompañé hasta la entrada del hotel donde se hospedaría. Antes de darme la vuelta para marcharme a mi casa, él me detuvo con la mirada.
—¿Nos podemos juntar mañana? —me preguntó, sosteniendo el contacto visual.
Con el corazón latiéndome con una emoción nueva y el cansancio completamente olvidado, le sonreí.
—Sí —respondí sin dudarlo.
Me despedí y caminé los últimos pasos hacia mi hogar, sintiendo que flotaba. Pensé que el destino me estaba regalando la historia de amor perfecta con el hombre que me cuidaría del mundo. No tenía forma de saber que, en realidad, le estaba entregando las llaves de mi mente al hombre que terminaría por destruirme.