A la mañana siguiente, el cansancio acumulado de la semana de exámenes y las largas noches en el local me pasó la factura. Me desperté muy tarde, a las once de la mañana. Tras un baño relajante que terminó de espabilarme, tomé el teléfono y le envié un mensaje a Julián para proponerle que nos juntáramos a las tres de la tarde. Su respuesta no tardó en llegar: me preguntó si podíamos vernos antes para ir a almorzar juntos. Le respondí que no había ningún problema y que pasaría por él a su hotel.
Para la ocasión, decidí esmerarme en mi aspecto. Me puse unos jeans bastante ajustados que abrazaban mis caderas y mis muslos, combinados con unos tacones de aguja que estilizaban mi figura. Completé el conjunto con una polera negra básica y una chaqueta de mezclilla. Como siempre, dejé mi melena lisa y larguísima suelta, cayendo libre por mi espalda. Opté por un maquillaje sencillo; en verano el sol hacía resaltar mis pecas naturales y no quería cubrirlas. En una pequeña carterita guardé lo esencial: mi documentación, algo de dinero, el celular y un par de accesorios femeninos.
Cuando llegué al hotel y lo vi salir, me quedé con la boca abierta. Julián se veía imponente. Llevaba unos jeans negros, una polera de manga corta que dejaba al descubierto sus brazos fuertes y una chaqueta de cuero negra que acentuaba su porte militar. Nos saludamos con un beso en la mejilla, sintiendo de nuevo esa electricidad de la noche anterior.
Como vivía en una hermosa zona costera, decidí llevarlo a un restaurante justo a la orilla del mar. Nos sentamos frente a las olas, disfrutando de la brisa marina mientras conversábamos con una fluidez asombrosa. Degustamos diversos mariscos de la zona, compartiendo risas y anécedotas bajo el sol de enero. Al terminar de comer, pagamos la cuenta y fuimos a pasear por la playa, dejando que la arena y el sonido del mar nos acompañaran.
La tarde avanzó despacio y terminamos sentados en una banca de la plaza principal, disfrutando de un helado. Todo fluía en una calma perfecta, hasta que Julián se levantó de la banca de repente.
Sin previo aviso y manteniéndose detrás de mí, rodeó mi cuello con sus manos grandes. Sentí el frío del metal rozar mi piel. Al bajar la mirada, descubrí una hermosa cadena plateada con un dije en forma de corazón. Con curiosidad, le di la vuelta al dije y descubrí una letra 'J' grabada en el reverso. Su inicial.
—¿Y esto a qué se debe? —le pregunté, tocando el metal con los dedos, con el corazón latiéndome a mil por hora.
Julián regresó a su asiento a mi lado. Se encogió de hombros, mostrando una indiferencia fingida que solo lo hacía ver más enigmático y seguro de sí mismo.
—Lo vi en una tienda y pensé que te quedaría bien —me dijo con su voz ronca, restándole importancia al asunto.
Le sonreí, conmovida, sintiendo que la cadena pesaba sobre mi pecho como un tesoro. En ese momento, atrapada por su caballerosidad y sus detalles perfectos, no fui capaz de entender el verdadero significado de esa joya. No era un simple regalo. Era un candado invisible. Con esa 'J' grabada en mi piel, Julián acababa de reclamarme como suya, iniciando el sutil e implacable proceso de adueñarse de mi vida.