Atrapada

Capítulo 8: El sello del invierno

Esa misma noche, la magia de la tarde llegó a su fin. Julián tuvo que abordar el bus de regreso a la base militar en su ciudad. Nos despedimos con un beso en la mejilla, dejando flotar en el aire lo que había pasado, pero sin ponerle ningún tipo de etiqueta o título a lo nuestro. Ambos teníamos claro que una relación a distancia era un terreno complicado y que, en teoría, no era para nosotros.

Sin embargo, los kilómetros no lograron enfriar lo que se había encendido entre la playa y la plaza. Continuamos enviándonos mensajes todos los días, manteniendo un hilo invisible que nos conectaba a pesar de la distancia. Julián, haciendo gala de su determinación, comenzó a viajar de vez en cuando solo para pasar el fin de semana conmigo.

En una de esas tantas ocasiones que vino a la ciudad, el momento de presentarle a mi familia llegó de manera inevitable. Mis padres quedaron completamente fascinados con él desde el primer minuto. Su porte impecable, su educación rígida y, sobre todo, el hecho de ser militar, le otorgaron un estatus de yerno perfecto a los ojos de mi casa. Incluso mi madre parecía mirar con mejores ojos la situación. Julián se había ganado el territorio completo.

Así transcurrieron tres meses más, entre visitas relámpago, despedidas en la estación y pantallas que se encendían a mitad de la noche.

Fue en uno de esos fines de semana de reencuentro cuando el rumbo de nuestras vidas cambió. Caminábamos a solas cuando se detuvo, me miró fijamente con esos ojos negros almendrados y, despojándose por un momento de su habitual frialdad, me pidió formalmente que fuera su novia.

El corazón me dio un vuelco salvaje. Acepté encantada, casi sin aliento, porque para ese entonces mis sentimientos hacia él ya habían madurado y se habían transformado en algo mucho más profundo y poderoso.

Al escuchar mi respuesta, Julián acortó la distancia entre los dos con la firmeza de un soldado. Me tomó con fuerza entre sus brazos. Colocó una de sus manos grandes sobre mi rostro, acariciando la piel de mis pecas, mientras la otra se afianzaba de manera posesiva en mi cintura, pegándome a su imponente cuerpo. Entonces, me dio un beso apasionado. Su lengua pidió permiso, adueñándose de mi boca con la destreza de todo un experto, dominando el momento por completo.

Lejos de asustarme, cerré los ojos y me dejé llevar por completo por la marea de nuevas emociones que comenzaba a experimentar. Me sentía amada, protegida y, por fin, deseada. En ese instante, con el sabor de sus labios aún fresco, creí que había tocado el cielo con las manos. Estaba perdidamente enamorada de mi novio militar, sin sospechar que ese beso apasionado era el sello definitivo que cerraba las puertas de mi jaula.




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