Así comenzó formalmente nuestro noviazgo. Para mí, tener un novio militar era un auténtico sueño hecho realidad, el tipo de relación perfecta que cualquier mujer desearía. Estaba flotando en una nube de ilusión. Al ver el enorme esfuerzo que Julián hacía viajando tan seguido para visitarme, mis padres, completamente confiados y fascinados con él, tomaron una decisión: le ofrecieron quedarse en el dormitorio de invitados de nuestra casa. Pensamos que era el gesto ideal para estar más cerca.
No sabíamos que, al abrirle las puertas de nuestro hogar, también le estábamos abriendo la puerta al inicio de mi propio infierno.
Todo comenzó un día cualquiera, mientras yo ordenaba la habitación donde él se hospedaba. Julián se había metido a bañar y, de pronto, el sonido de una notificación rompió el silencio del cuarto. Su teléfono celular estaba sobre la mesa. Movida por una curiosidad inocente, lo tomé en mis manos y miré la pantalla de reojo. El mensaje era de otra mujer, una que le preguntaba con demasiada insistencia en dónde se encontraba.
El estómago se me contrajo en un puño. Incapaz de contenerme, deslicé el dedo y revisé las conversaciones anteriores. Lo que encontré me dejó un sabor amargo en la boca. Julián hablaba de mí con ella, pero no lo hacía con el orgullo de un novio enamorado; me describía con desdén, refiriéndose a mí simplemente como una "chiquilla". Para colmo, el chat estaba lleno de comentarios sobre las múltiples veces que habían salido juntos de fiesta en su ciudad.
El vapor del baño inundó el pasillo cuando la puerta se abrió y Julián salió de la ducha. Intentando mantener una tranquilidad que por dentro no poseía, lo miré fijamente.
—Te están escribiendo —le dije, entregándole el aparato.
Él, con una seriedad imperturbable que me heló la sangre, tomó el teléfono y respondió al mensaje sin inmutarse.
—¿Quién era? —le pregunté, sosteniéndole la mirada miel.
—Una amiga —respondió secamente, restándole importancia, como si no debiera darme explicaciones.
La rabia y la decepción se mezclaron en mi pecho. Si él se creía con el derecho de mantener esa vida nocturna a mis espaldas, yo no me iba a quedar atrás. Estaba cansada de ser la niña sumisa que se quedaba esperando.
—Bien —le contesté, irguiéndome—. Entonces yo también comenzaré a salir a los pubs con mis amigos, o a ir a las discotecas. Ya que tú lo haces, ¿por qué yo no?
Me levanté de la cama dispuesta a salir de la habitación y dejarlo con la palabra en la boca. Pero no alcancé a dar dos pasos. Su mano grande y fuerte me atrapó la muñeca, frenándome en seco. Su agarre era firme, posesivo.
—Estás haciendo un berrinche por nada —dijo, y su voz ronca se volvió fría y cortante—. Te lo advierto: si sales con tus amigos de noche, lo nuestro se termina aquí mismo.
La amenaza me golpeó como un balde de agua fría. Era la primera vez que mostraba sus verdaderos colores: sus reglas aplicaban para mí, pero no para él. Sin embargo, los años de bullying me habían enseñado a defenderme, y la futura abogada en mí no se iba a quedar callada. Lo miré con una calma forceda y le respondí con ironía:
—¿Y cómo te vas a enterar si yo no te cuento? Tú estás a mucha distancia de aquí.
Me solté de su agarre con un tirón firme y salí de la habitación a paso rápido, cerrando la puerta tras de mí. Mientras caminaba por el pasillo de mi casa, una oleada de emociones contrapuestas me invadió. Me sentía profundamente triste por la situación, con el pecho apretado por la decepción de saber cómo se expresaba de mí a mis espaldas. Pero, al mismo tiempo, una pequeña chispa de victoria brillaba en mi interior. Le había plantado cara al imponente militar de un metro y noventa. Le había demostrado que no era una chiquilla fácil de dominar.
Lamentablemente, esa sería una de las últimas veces que tendría la fuerza para ganarle una batalla a su manipulación.