Tras la discusión, me encerré en el baño. No iba a permitir que me viera derrotada. Me arreglé siguiendo mi propio ritual de guerra: me puse mis típicos jeans ajustados, mis zapatos de tacón alto, una polera de manga corta y una chaqueta de cuero ploma. Me apliqué mi maquillaje sencillo de siempre y recurrí a un truco que había aprendido a la fuerza con los años: ponerme gotas en los ojos. Esas pequeñas gotas transparentes eran mi mejor secreto; borraban el rojo del llanto y de la rabia, ocultando cualquier rastro de vulnerabilidad. Así, ante los demás, parecía que nada en el mundo era capaz de afectarme.
Bajamos a desayunar con mis padres actuando como si estuviéramos en la escena de una película perfecta. Sonrisas fingidas, tonos de voz amables; nadie en la mesa notó la tormenta que acababa de pasar en el piso de arriba. El plan para ese día era ir al centro comercial, ya que Julián quería comprar algo de ropa.
Salimos de la casa tomados de la mano, pero era solo una farsa para mantener las apariencias. El aire entre los dos se sentía denso, gélido, cargado de una tensión que cortaba la respiración. No nos dirigimos la palabra en todo el camino. Al subir al bus, la incomodidad se volvió insoportable, así que le solté la mano con naturalidad y saqué mi teléfono. Necesitaba escapar de su silencio castigador. Comencé a responder mensajes de mis compañeros de la universidad sobre los trabajos pendientes y a ponerme al día con mis amigos del local de comida rápida.
En ese preciso momento, la pantalla parpadeó con una notificación que me hizo dar un vuelco al corazón. Era un mensaje de alguien a quien no había visto ni hablado en muchísimo tiempo: Alejandro.
Alejandro era el chico que me había robado los suspiros durante toda la secundaria. Alto, moreno y dueño de una caballerosidad innata. Él siempre me había gustado, y lo más valioso era que, a diferencia del resto del mundo, jamás se había fijado en mi peso ni me había menospreciado por mi contextura física cuando estaba rellenita. Al contrario, siempre me saludaba con una sonrisa amable y me llamaba cariñosamente "gringa" por el color claro de mi pelo.
Y ahí estaba, apareciendo de la nada a través de la pantalla, preguntándome dónde estaba.
Una sonrisa genuina, la primera del día, se dibujó en mi boca. Sintiendo una calidez en el pecho que Julián me había arrebatado horas antes, le respondí feliz que iba camino al centro comercial. Por instinto de conservación, o tal vez por orgullo, en ningún momento le mencioné con quién iba acompañada. Alejandro me preguntó de inmediato si nos podíamos juntar en ese momento. Con el corazón latiéndome a un ritmo diferente, le respondí que este fin de semana se me hacía imposible, pero que podíamos vernos sin falta durante la semana. Él aceptó de inmediato.
Bloqueé el teléfono con una extraña sensación de ligereza. A mi lado, la figura imponente y oscura de Julián seguía sumida en su silencio militar, sin sospechar que el recuerdo de un trato amable del pasado acababa de entrar en escena para recordarme que yo merecía ser valorada, no controlada