El resto del trayecto en el bus transcurrió en un silencio de hielo por parte de Julián, pero para mí, el aire ya no se sentía tan pesado. Mi humor había cambiado por completo desde que entró en escena el mensaje de Alejandro. Miraba por la ventanilla con una chispa nueva en los ojos, incapaz de contener la ligereza que me provocaba saber de él.
Siempre había tenido una afinidad especial y un gusto particular por los hombres de color. Alejandro encajaba a la perfección en ese ideal, pero además, compartía un rasgo con Julián que hacía que el destino pareciera jugarme una broma pesada: él también era un militar. Alejandro se desempeñaba como marine y, al igual que mi novio, era cuatro años mayor que yo. Sin embargo, las similitudes morían en el uniforme. Con su metro y ochenta y cinco de estatura, su cabello negro y crespo, y unos ojos café profundos, Alejandro poseía una sonrisa tan cálida y luminosa que resultaba imposible no contagiarse de su energía al verlo.
En la escuela secundaria, él había sido un chico sumamente popular, pero no por arrogancia, sino por su inmenso carisma. Siempre estaba dispuesto a proteger a los más débiles y a brindar una mano amiga a quien lo necesitara.
Su mayor virtud, irónicamente, era su honestidad. A pesar de tener fama de ser muy mujeriego, Alejandro jamás jugaba con los sentimientos de nadie. Era transparente desde el primer segundo: dejaba la brecha bien marcada a las mujeres que se le acercaban, advirtiéndoles que disfrutaran del momento pero que no esperaran nada serio de su parte, porque a él simplemente no le gustaba el compromiso. Esa honestidad brutal lo hacía mil veces más noble que el hombre que iba sentado a mi lado; un Julián que juraba exclusividad mientras me llamaba "chiquilla" a mis espaldas y me amenazaba con el abandono si osaba salir a divertirme.
El bus frenó frente al centro comercial y el murmullo de la gente nos recibió al bajar. Yo caminaba erguida sobre mis tacones altos, con mi chaqueta de cuero ploma bien puesta y una actitud renovada. Julián avanzaba a mi lado con su imponente presencia de un metro y noventa, envuelto en su ropa oscura. Su mirada de halcón seguía fija en el frente, pero su intuición militar era aguda. Era cuestión de tiempo para que notara que la sumisión que pretendía imponer en su dormitorio se había esfumado en el camino, reemplazada por el recuerdo de un marine de sonrisa contagiosa que sí sabía tratarme con respeto.