—¿Qué pasó? —me preguntó Julián de golpe, con esa seriedad gélida e imperturbable que lo caracterizaba. Sus ojos negros almendrados se clavaron en los míos, fijos, exigentes—. ¿Quién te escribía?
—Un amigo —respondí con total naturalidad, encogiéndome de hombros.
El rostro de Julián se endureció al instante. Las mandíbulas se le tensaron y no pronunció una sola palabra más, pero extendió su mano grande y me atrapó los dedos. Me tomó de una forma tan posesiva y con tanta fuerza que una mezcla extraña de emociones me sacudió por dentro: por un lado, sentí una pequeña satisfacción al ver que lo había puesto celoso con mi indiferencia; pero por el otro, una punzada de miedo real me recorrió la espina dorsal. Su control empezaba a manifestarse físicamente.
Después de recorrer varias tiendas donde él buscó su ropa, fuimos a la zona de comida. Nos sentamos en medio de un silencio sepulcral, una atmósfera densa que amenazaba con arruinar la tarde. Mientras comíamos, una extraña sensación me invadió; me sentí observada desde la distancia, pero decidí no darle importancia y continué con mi plato. De pronto, Julián levantó la cabeza y todo su cuerpo de un metro y noventa se tensó como una cuerda a punto de romperse.
Antes de que pudiera girarme, una voz profundamente familiar y cargada de diversión rompió el aire:
—Disculpa... pero la jerarquía manda.
No alcancé a reaccionar. Unas manos fuertes y seguras me tomaron de la mano y, con una facilidad pasmosa, me levantaron en vilo del asiento. Me vi suspendida en el aire, dando vueltas en mitad del restaurante. Por puro instinto para no caerme, me afirmé del cuello de Alejandro mientras soltaba una carcajada limpia y sonora, riendo con una felicidad que no experimentaba desde hacía muchísimo tiempo.
—Hola, mi gringa —me dijo Alejandro con su voz cálida, depositando un beso sonoro en mi frente mientras me bajaba despacio y me envolvía en un abrazo reconfortante.
Sostenerle el saludo fue como regresar a casa. En un segundo, nos encerramos en nuestra propia burbuja, borrando por completo el restaurante, los problemas y el silencio castigador de mi novio.
—Qué cambios has tenido, estás hermosa —me soltó Alejandro, recorriendo mi nueva figura con una mirada de genuina admiración que me puso los nervios de punta.
—Y tú estás más guapo y más musculoso —le respondí, sintiendo que las mejillas me ardían bajo mis sombras rosadas.
El idilio de nuestra burbuja estalló en mil pedazos cuando Julián se levantó de la silla. Su presencia militar se hizo sentir; serio, frío como el hielo y con una mirada que pretendía aniquilar, dio un paso al frente.
—Hola —dijo Julián, midiendo la situación con desprecio—. Soy Julián, el novio de Salomé. ¿Y tú quién eres?
Alejandro no se dejó intimidar por el porte del instructor militar. Al contrario, lo miró de arriba abajo con esa sonrisa de lado que yo conocía perfectamente bien desde la escuela. Sus ojos café detallaron y estudiaron a mi acompañante, midiendo su arrogancia sin inmutarse. Con una calma absoluta, Alejandro extendió la mano hacia él, manteniendo intacto su carisma.
—Hola —le respondió con voz firme y segura—. Soy Alejandro, un muy buen amigo de mi gringa, Salomé.