Julián aceptó la mano de Alejandro con una rigidez evidente, intentando mantener una fachada de control y superioridad. Con un tono de falsa cortesía, lo invitó a sentarse con nosotros a la mesa, pero Alejandro rechazó la oferta sin dudarlo. Apartó la vista del instructor militar y clavó sus ojos café en los míos, ignorando por completo la hostilidad de mi novio.
—Mi gringa, me tengo que ir con mis compañeros —me dijo, y su sonrisa volvió a iluminar el espacio—. Me trasladaron a la base de aquí cerca, así que durante la semana te paso a buscar a la universidad. Y no acepto un no por respuesta. Durante mi regreso, serás toda mía.
Una chispa de audacia se encendió en mi pecho al escucharlo. Miré de reojo a Julián, sintiendo cómo la tensión acumulada del día exigía una válvula de escape. Desafiando el silencio y las prohibiciones, le respondí coquetamente a Alejandro:
—No me voy a negar. Solo avísame qué día vas a ir por mí.
Alejandro asintió con complicidad. Se despidió de Julián con un firme apretón de manos, manteniendo su porte relajado de marine, y luego se giró hacia mí. Me depositó un beso cálido en la frente, tal como solía hacerlo en los viejos tiempos, y me envolvió en un abrazo apretado. Fue un instante breve, pero me transmitió una paz y una fuerza tan profundas que me sirvieron de armadura para el tormento que sentía que se me avecinaba de inmediato.
Cuando su silueta se perdió entre la multitud del patio de comidas, regresé a mi asiento. La burbuja de tranquilidad explotó al segundo de mirar al frente. Julián me observaba con una mirada que destilaba una furia gélida y contenida.
—¿Te vas a juntar con él? —me preguntó, y su voz ronca sonó más peligrosa que nunca.
—Sí —respondí en seco, sosteniéndole la mirada miel sin pestañear.
—¿Sabes lo que eso significa? —amenazó, recordando la advertencia que me había hecho en el dormitorio.
Sentí que algo se rompía dentro de mí, pero no era mi seguridad, sino la paciencia. Ya no era la chiquilla asustada. La futura abogada tomó el control y, mirándolo firme y sin un solo rastro de vacilación, le arrojé sus propias verdades a la cara.
—Significa lo que tú quieras que signifique —le solté, cruzándome de brazos—. Tú sales con amigas sin decirme nada. Me tratas de "chiquilla" ante los demás y no como a tu novia. Yo voy a salir con mis amigos te guste o no. Y si te molesta, me da exactamente igual. No hagas berrinches por nada.
Ver la sorpresa pintada en su rostro serio al escuchar sus propias palabras devueltas como proyectiles fue una victoria absoluta. Julián se quedó mudo por un instante, desarmado por la misma medicina que él utilizaba para manipularme. Sin embargo, sabía que un hombre como él, acostumbrado a dar órdenes y a que todos se dobleguen ante su uniforme, no se quedaría de brazos cruzados ante mi rebelión.