Intentamos continuar con la tarde de compras, pero el ambiente ya estaba irremediablemente roto. Para mi sorpresa, Julián me guió con paso firme hacia la sección de ropa para mujeres. En un primer instante intenté no darle demasiada importancia, pero por dentro sentí cómo me clavaban un puñal helado. Las sombras del pasado y mis peores inseguridades, aquellas que creía haber sepultado junto con mis cincuenta kilos perdidos, volvieron a emerger con una fuerza brutal. Una oleada de preguntas comenzó a asfixiarme: ¿Le estará buscando algo a su supuesta amiga? ¿Habrá pasado algo más entre ellos en esas salidas nocturnas que tanto me ocultaba?
Recordé, con una repentina amargura, que desde hacía un tiempo Julián ya no quería salir conmigo a ninguna parte. Cada vez que venía a visitarme, prefería encerrarse en el dormitorio de invitados o quedarse en el living tomando una copa con mis padres y conmigo. Yo le suplicaba de mil maneras que saliéramos a caminar, a cenar o a bailar para poder estar solos y disfrutar de nuestra intimidad, pero él siempre me esquivaba con la misma respuesta desgarradora: me decía que solo quería disfrutar de la calidez de un hogar verdadero, alegando con melancolía que él siempre había carecido de eso en su vida. Yo, atrapada por la culpa y la compasión, terminaba cediendo, sin ver que su supuesta necesidad de refugio era solo la excusa perfecta para aislarme del mundo.
El sonido de su voz ronca me trajo de vuelta a la cruda realidad del centro comercial. Julián se plantó frente a mí y, con un movimiento seco, me entregó un conjunto deportivo completo y una caja con unas zapatillas.
—¿Y esto? —le pregunté, mirando las prendas con extrañeza.
—Para ti —respondió él, con una seriedad que no admitía réplicas—. Para que cuando salgas conmigo vayas cómoda, ya que siempre te estás quejando de que te duelen los pies por culpa de tus zapatos altos.
Abrí la boca para rechazar el regalo de inmediato. Sentí que esas prendas deportivas no eran una muestra de afecto, sino un intento directo de despojarme de la armadura que tanto me había costado construir; quería quitarme mis tacones de aguja, mi ropa ajustada y todo aquello que me hacía sentir atractiva, segura y mirada por los demás. Pero antes de que lograra articular una sola palabra de protesta, Julián dio un paso hacia mí, recortando el espacio con sus mil ochocientos cincuenta milímetros de estatura, y me sentenció con una frialdad que me congeló la sangre:
—No discutas conmigo.
La orden militar flotó entre nosotros como una amenaza silenciosa. Su mirada fija y oscura me obligó a tragarme mis argumentos y a sostener la bolsa contra mi pecho, sintiendo que no estaba aceptando un obsequio, sino las primeras prendas del uniforme de mi propia sumisión.