Atrapada

Capítulo 15: Advertencias uniformadas en el campus

Julián regresó a su base militar esa misma noche, pero su partida dejó un vacío glacial. El castigo por mi rebeldía comenzó de inmediato. Su actitud dio un vuelco drástico y destructivo: la ley del hielo se instaló entre nosotros. Ya no había llamadas nocturnas, ni mensajes de buenos días, ni una sola palabra a través de la pantalla. El silencio absoluto se convirtió en su forma de asfixiarme a la distancia, desgastando mis nervios y alimentando mis peores inseguridades mientras intentaba concentrarme en mis apuntes.

A mitad de la semana, la promesa del invierno se cumplió. Saliendo de mis clases de Derecho, divisé una silueta conocida esperándome en las afueras de la universidad. Era Alejandro.

Su sonrisa contagiosa y sus ojos café me recibieron como un bálsamo en medio de tanta angustia. Nos subimos a su auto y, mientras dábamos una vuelta, me preguntó con suavidad cómo iban las cosas en mi relación. Incapaz de contener el peso que me aplastaba el pecho, me derrumbé. Le conté todo: el descubrimiento de los mensajes, la palabra "chiquilla", la amenaza de romper si salía, el silencio de castigo en el que me tenía sumida y el control disfrazado de obsequios deportivos.

A medida que hablaba, el rostro de Alejandro se fue transformando. El chico carismático y bromista de la secundaria desapareció, dando paso a un semblante de una seriedad severa, algo que jamás en la vida le había visto. Frenó el auto, se giró hacia mí y me tomó de las manos, obligándome a mirarlo.

—Gringa, ahí no es —me dijo, y su voz sonó firme, despojada de cualquier juego—. Amiga, ese hombre no es para ti. Te lo digo como hombre, como tu amigo y como militar. Conozco a los tipos como él. Abre los ojos de una vez, fíjate en los detalles y no te dejes humillar. Tú vales demasiado y te has esforzado muchísimo por estar donde estás ahora. Enfócate en tu carrera, vas en tercer año de Derecho, no tires tu futuro a la basura por alguien que quiere apagarte.

Me quedé sin aliento, pero Alejandro no había terminado. Sus ojos café se clavaron en los míos con una preocupación genuina y protectora al tocar un terreno íntimo:

—Por lo que más quieras, no vayas a acostarte con él. Él no va a valorar tu primera vez. Escúchame bien, gringa: el siguiente paso de ese infeliz será volver arrastrándose. Tratará de darte el cielo y la tierra, te llenará de promesas y detalles hermosos solo para volver a tener el control sobre ti. Por favor, no caigas en su trampa.

Mientras Alejandro desnudaba la cruda realidad de mi noviazgo, yo no pude soportarlo más. Me refugié en sus brazos, escondiendo el rostro en su pecho, rompiendo a llorar con un llanto amargo que me sacudía los hombros. Me dolía el alma. Lo abrazaba buscando protección frente a sus propias palabras, porque mi mente se negaba a aceptar que Julián fuera el monstruo que él describía. Estaba tan profundamente enemorada, tan atrapada en la red que el instructor militar había tejido a mi alrededor, que todavía creía ciegamente en cada una de sus promesas. Quería que Julián me amara.

Agradecí el abrazo de Alejandro, su paz y su fuerza, sin saber que cada una de las advertencias que el marine me acababa de dar se cumplirían, una a una, de la manera más dolorosa posible.




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